Movimiento


“Hay que seguir adelante teniendo en cuenta lo que hay a nuestro alrededor”.

 

“¡Papá la pierna!” Cuantas veces habré echado la bronca a mi padre por interrumpir mis horas de estudio con ese dichoso ruido. Ese tic nervioso que consiste en mover continuamente la pierna de arriba a abajo como si estuviera tejiendo compulsivamente, aunque su rostro refleje una tranquilidad pasmosa.

 

Y ahora, mientras escribo este artículo, me doy cuenta de que he caído en la misma trampa. En realidad ya lo sabía de antes, desde mi primer trabajo en la Cadena Ser allá por 2010, pero últimamente ese pisoteo se ha vuelto más frecuente, aunque en mi caso, sea más bien por una mezcla de inquietud e hiperactividad .

 

Dicen de Michael Phelps que para aliviar su Trastorno de Déficit de Atención de Hiperactividad, comenzó a nadar desde niño. Yo no soy ningún deportista de élite, voy al gimnasio, salgo a correr, juego al fútbol, nado y hago pilates. Pero también aguanto poco tiempo remoloneando en la cama, desayuno, como, meriendo y ceno cómo si me fuesen a quitar el plato, ando rápido a todos los sitios, hablo a veces sin pronunciar y por supuesto, hago el dichoso ruido con la pierna. Solo que, a diferencia de Phelps, de niño yo era muy tranquilo y ahora, como dice mi madre, el “trastorno” que tengo es el de “Culo Inquieto”. 

 

michael phelps

 

Me cuesta encontrar un punto intermedio; la mezcla entre ser impulsivo o racional, tranquilo -como aparento- o hiperactivo; en definitiva, alcanzar una temperatura de vida ideal como en las Islas Canarias. A veces pienso que es por vivir en Madrid capital, cuando siempre he sido más de pueblo, otras por no tener un trabajo más físico y menos intelectual, y otras, por situaciones y momentos que desconozco muy bien cómo afrontar. Quizás es un poco de todo, y si es así, teniendo en cuenta una vez más que de niño era muy tranquilo y pacífico, me pregunto si he aprendido a crecer. Y no hablo del síndrome de Peter Pan. 

 

El otro día dije a una persona, de las pocas que consiguen pararme la pierna, que a pesar de las circunstancias y de las irreparables malas noticias “hay que seguir adelante teniendo en cuenta lo que hay a nuestro alrededor”, como un soldado avanzado para asegurar un perímetro.

 

cafe

 

El movimiento. Abusando de él físicamente es cuando más activo, útil y vivo me siento. Pero también está presente en la toma decisiones, como aceptar un nuevo rol en tu puesto de trabajo o pasar de vivir en un piso a tener un hogar. Yo me entiendo. Lo que no entiendo, y quizás ahí es cuando no he aprendido a crecer, es por qué la vida priva completamente de disfrutar de ese movimiento a 900 personas al año en España. Personas por las se vaciaron cubos y cubos de hielo hace unos años, reflejando de forma no intencionada el dicho de “un jarro de agua fría” que supone estar en esa situación. Personas que antes veías en los medios de comunicación y ahora están más cerca de lo que nunca pudiste imaginar.

 

Para aliviar esa frustración no encuentro otra salida que seguir moviéndome y si algo he sacado en claro mientras escribo estas líneas es que lo de la pierna, en mi caso, no se trata de un tic nervioso, sino de una forma de expresar que quiero pisar el acelerador. Vivir deprisa. Porque no me importa correr si sé donde voy, aunque por el camino me encuentre con cosas que me dejen paralizado. Seguimos. Movimiento.

 

 

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Año 2000


Año 2.000. Aún me acuerdo de Matías Prats informando del trabajo de los servicios de limpieza en la Puerta del Sol de Madrid después de la celebración de Nochevieja. Era solo un número, pero el inicio de un nuevo milenio suponía un gran cambio para todos, no solo de moneda, sino de mentalidad después de un siglo de guerras, hambre y falta de libertad.

 

año 2000 

Ese verano fue para mi el último en el Colegio Público Jarama de Mejorada del Campo antes de pasar al instituto, pero sobre todo, el último en el piso donde viví los primeros 14 años de mi vida. Para no ser una carga en la mudanza, mis padres me enviaron junto a mi hermana y a mi prima (y también vecina porque se mudó a nuestro lado) a un campamento en la Sierra de Madrid.

 

Cuando volví, me encontré con un chalet adosado recién construido y lo primero que hice fue comprobar que mis ahorros seguían en la hucha donde los dejé. Pocos días después, camino de ver a mis primos en el Ford Sierra rojo, mi madre notó que estaba algo triste: “Eres una persona a la que le cuesta adaptarte a los cambios”, me dijo. Pensé que era algo temporal, ya que en el enorme patio interior del piso (y con un árbol al que dediqué este artículo) no me faltaban amigos con los que jugar; amigos de los que me distancié al cambiar de vivienda. Pero parece que es algo de mi personalidad. 

 

Es cierto que tengo dificultades para adaptarme a los cambios (a veces pienso, ¿quién no las tiene?), pero a diferencia de mi época adolescente, no tengo miedo a ellos. Antes, con 16 años, solía comprar un Cornetto de fresa en las fiestas de mi pueblo y dar una vuelta para hacer ver a mis padres que tenía amigos (más allá de Juancar -al que ya no veo- y Carlos) con los que salir. Ahora y por primera vez en mucho tiempo, celebré mis 29 años rodeado de mucha y muy buena gente, aunque faltaron algunos más por las vacaciones. 

 

amigos

Algunos de los invitados en mis 29 cumpleaños

 

Si tengo esos amigos, es debido a las decisiones que he ido tomando en todos estos años. Decisiones que repercuten en cambios. Cambios en mi personalidad (intentar ser más valiente, voluntarioso, abierto…) y en mi vida (trabajar en Londres, vivir en Madrid…), pero siempre con mi familia a mi lado. Cambios que hacen, 16 años después de ese campamento, que me encuentre finalizando mi tercera mudanza en Madrid y que mi prima (sí, la del campamento) esté ultimando los preparativos de su boda.  

 

Una mudanza, que se case un familiar, quedarme sin trabajo, viajar al extranjero… son cambios y experiencias que me podía imaginar. Lo que nunca pensé, es que en la noche del 5 de agosto de 2016, se iba a presentar sin avisar en mi casa y en mi cumpleaños, el que quizás es el cambio más importante. Un cambio, y al que no me está costando adaptarme, que ha sabido ver todo ese progreso que he intentado conseguir desde llegué del campamento con 14 años y una casa nueva. 

 

la felicidad solo es real cuando se comparte

Tengo la sensación, que la frase a la que tanto me apego para describir la profesión de periodista de “aprendiz de todo, maestro de nada”, va mucho más allá. Vivir, como ocurre con los Pokemon (ahora que está de moda Pokemon Go), es una constante evolución donde la humildad, la paciencia, la iniciativa y las ganas de aprender juegan un papel fundamental para conseguir nuestros objetivos: una buena casa, un buen trabajo, unos buenos amigos… Pero todo eso no se fortalece, no llega a tener todo el sentido si, como dijo el gran Alexander Supertramp, no se comparte. “Porque la felicidad solo es real cuando se comparte“. Y yo, por fin, por primera vez, la estoy compartiendo con alguien muy especial. Que haya llegado más tarde no me importa, solo ayuda a que lo viva con más intensidad. Con la misma intensidad con la que todos los españoles recibimos al año 2000. 

Terima kasih!


Un repaso a mi viaje en Malasia e Indonesia en mayo de 2016

 

Kuala Lumpur (Malasia). 7 y 8 de mayo

 

La humedad de Kuala Lumpur me recordó a las vacaciones de 2003 en Oropesa del Mar (Castellón), donde pasé uno de los veranos más calurosos de la historia.

 

Malasia, según nos contó Peter, el taxista del aeropuerto, se caracteriza por mezclar tres culturas: la malaya – mayoritariamente musulmana-, la china y la hindú, lo que le convierte en un país lleno de contrastes. Desde las omnipotentes Torres Petronas, llamadas coloquialmente allí “Torres Gemelas”, al Helipuerto donde tomamos unas cervezas para disfrutar de las mejores vistas de la ciudad, y siguiendo por algunas calles sin asfaltar, llenas de puestos ambulantes y edificios de dudosa construcción. Una mezcla de ciudad desarrollada y por desarrollar.

 

Helipuerto Kuala Lumpur

Vistas desde el Helipuerto a las Torres Petronas

 

El día y medio que pasamos en Kuala Lumpur nos dio para poco más, aunque destacaría nuestra visita a las cueva de Batu, a la que nos desplazamos en Uber y donde empezamos a entender que éramos diferentes, ya que algunos lugareños se quisieron hacer fotos con nosotros, concentrados en ese momento para que los monos no nos robaran las mochilas.

 

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Cueva de Batu

 

Langkawi (Malasia), 9 al 11 de mayo

 

Aterrizar en Langkawi es algo parecido a la mítica escena de Parque Jurásico al llegar a la isla, solo que en vez de hacerlo en helicóptero y con la banda sonora de John William, yo lo hice en avión y escuchando un documental sonoro sobre Gladiadores.

 

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Aterrizando en Langkawi

El primer día subimos a lo más alto de la isla en teleférico (Langkawi cable car). Por suerte, el cielo estaba despejado y pudimos apreciar la riqueza natural de Malasia, preguntándonos desde la lejanía, si el hombre había puesto su pie en zonas tan agrestes y salvajes. 

 

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Teleférico de Langkawi

 

Después de esta excursión, hubo tiempo para degustar los cocktails y zumos tropicales de la zona en dos bares muy aconsejables: El Mali Mali, y el Thirsday. Apuntad si váis. Y abrid bien los ojos, ya que de camino al hostal nos encontramos con cosas tan increíbles como a un abuelo con sus cuatro nietos subidos en una moto pequeña, quien amablemente nos indicó el camino en medio de la oscuridad.

 

El día siguiente, el último en Langkawi, hicimos la excursión Mangrove, que incluye un viaje en lancha para conocer islas vírgenes donde los monos, ante la falta de alimentos en los árboles, nadan para pescar cangrejos, una visita a una cueva llena de murciélagos y a una piscifactoria en la que se podía meter el brazo entero en la boca de una raya de más de 100 kilos. Aunque lo que más me sorprendió fue como el Capitán de la lancha era capaz de visualizar desde la lejanía a serpientes bien camufladas entre las ramas.

 

Penang (Malasia), del 11 al 12 de mayo

 

Pengang fue posiblemente el sitio menos turístico del viaje, aunque descubrí la riqueza de la gastronomía hindú en un sitio donde tuvimos que comer con las manos, el sueño de cualquier niño.

 

comida hindu en penang


Comida hindú en Penang

 

Por desgracia, apenas atendí en el free tour para conocer la ciudad debido a las altas temperaturas, pero en un momento de lucidez escuché que el arte callejero de Penang -cuyo nombre viene de una fruta- fue iniciativa de un artista lituano hace más de 10 años.

 

arte callejero en penang


Arte callejero en Penang

 

 

Nuestra última parada en la ciudad fue en Penang Hill, donde hay unas vistas espectaculares. Subir fue sencillo, gracias a un innovador tren-teleférico en el que me enamoré de los ojos de una joven con rasgos árabes, aunque más tarde me dijeron mis amigos que llevaba lentillas, toda una decepción para mi; ¡los ojos son el espejo del alma! Pero bajar a pie fue otra historia. 

 

De todas formas, mereció la pena. Sobre todo por la charla que un hombre nos dio desinteresadamente de su religión en un templo hindú. Cómo Shiva representa en la foto el baile del universo, intentamos hacer lo propio en la foto.

 

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Penang Hill

 

Bukit Lawang (Indonesia), una experiencia inolvidable. Del 11 al 14 de mayo

 

El hecho de tener 6 horas de retraso en nuestro vuelo a Medán (Indonesia) con un trekking duro al día siguiente en la selva, bajaron un poco los ánimos del grupo, inconscente en ese momento de todo lo bueno que estaba por venir.

 

Los dos días que pasamos con nuestro guía Johnny (clavado a Mowgli) en la selva de Bukit Lawang fueron impresionantes e inesperados. Vimos 11 orangutanes salvajes; “a ese le he visto 6 veces en 10 años” me dice Johnny, y cuatro especies de monos distintas. 

 

orangutanes en bukit lawang.jpg

 

En el camino hasta el campamento comí la piña más rica del mundo y nos echamos unas risas viendo cómo los guías indonesios intentaban imitarme haciendo el caballo (el propio Johnny me envió un audio al Whatsapp relinchando días después para ver si mejoró su técnica). Ellos, a cambio, nos enseñaron unas cuantas palabras en su idioma y esta canción:

 

Jungle trek, Jungle trek

In Bukit Lawang

See de monkeys, see the snake

See the orangutan

Ey!

 

Una vez el campamento, se puede decir que el esfuerzo tuvo su recompensa. Nos trataron como a reyes, con una cena exquisita y al lado de un río salvaje cuya corriente hacía muy difícil el tomarse un baño, menos para los guías, que se movían como pez en el agua a la vez que fumaban como carreteros. “El tabaco aquí es muy barato. Menos de 1€ la cajetilla”, comenta Johnny, que conforme fuimos ganando confianza nos contó la anécdota más divertida del viaje: “hace dos años ligué con una holandesa y era mi primera vez, por lo que cuando fue a meterse mi banana en su boca la pegué un manotazo pensando que me iba a morder como los monos”.

 

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Uno de los guías, pensativo en el campamento

 

Tras pasar la noche casi en la itemperie, nos bañamos en una cascada antes de bajar al pueblo haciendo rafting en unos flotadores enormes. Tanto Johnny como Jimmy, los más “salaos” de los guías, nos maquillaron con arcilla de las piedras y nos vistieron al más puro estilo hawaiano.

 

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Del 16 al 18 de mayo. Isla Gili Trawangan (Indonesia)

 

Tras pasar la noche en Bali, donde solo nos dio tiempo a ver el barrio de Kuta (similar a Benidorm), cogimos un barco rumbo a la isla Gili Trawangan. A diferencia de Langkawi, Gili es mucho más paradisiaco, con un ambiente festivo y más internacional.

 

gili

Gili Trawangan

Tuvimos la oportunidad de conocer a varios estadounidenses que, como otras personas de Alemania o Australia, dedicaban un año sabático a viajar por Tailandia, Camboya, Vietnam, Malasia e Indonesia. Toda una aventura enriquecedora que desgraciadamente no nos podemos permitir en España.

 

Uno de esos afortunados estadounidenses, de San Francisco, nos contó en el viaje de vuelta a Bali que al ser su cumpleaños, en un curso de buceo scuba, la monitora le dio un beso en la boca debajo del agua para felicitarle. Bonito, ¿verdad?

 

Aunque hicimos una excursión de Snorkel, desgraciadamente ninguno de nosotros vivió una historia parecida. Pero nos hartamos a ver atardeceres, a bailar por la noche con unos indonesios y a matar cucarachas en el albergue. 

 

atardecer en gili

Viendo el atardecer en Gili

 

Del 18 al 21 de mayo. Ubud, pueblo de Bali (Indonesia)

 

Para la última etapa del viaje, la más sagrada, contratamos a unos guías (un matrimonio y su sobrino) que a cambio de un buen precio nos enseñaron muy bien Ubud. Disfrutamos de la Danza Barong y de parte de los más de 10.000 templos hinduistas de la zona; de ahí a que se conozca a Bali (que en indonesio significa “ofrenda”) como la Isla de los Dioses. No en vano, destaca que aunque el 90% de Indonesia es musulmana, en Bali, en cambio, el 80% de sus habitantes son simpatizantes del hinduismo. 

 

 

besakih mother temple

Besakih Mother Temple

 

No es de extrañar que Bali signifique “ofrenda”, ya que es difícil no toparse con alguna en cualquier parte: tiendas, coches, árboles y por supuesto, templos. Esta tradición es considerada como un símbolo de piedad y gratitud.

 

ofrendas

Un hombre pone una ofrenda en un templo de Ubud

 

También tuvimos tiempo de descubrir, gracias a los guías, cómo vive una familia típica en Bali. Es raro no ver un pequeño templo en cualquier casa de clase media e incluso algunas de ellas se permiten vender Café Luwak, es decir, el más caro del mundo y que es obtenido de granos que, tras ser ingeridos por la Civeta, pasan por su tracto intestinal y son expulsados entre sus heces. El precio de un vaso ronda los 3.50€ y para mi gusto es más fuerte de lo normal y un poco afrutado. Merece la pena probarlo. 

 

cafe

Café Luwak

 

Lo último que destacaría de Ubud, además que es de los pocos sitios donde tuvimos oportunidad de comprar algún detalle, son sus gigantes campos de arroz. Al más puro estilo de la película de “El Último Samurai”. Sin embargo, en la última noche de nuestro viaje, no fue arroz lo que cené en Fair Barung Bale, un sitio para cenar altamente recomendado en Tripadvisor y por nosotros. El dueño es un suizo afincado en Indonesia desde hace años que invierte una gran parte de los ingresos del restaurante a su ONG. Una labor social encomiable. 

 

campos de arroz

Campos de arroz en Ubud

 

Conclusión

 

Me acuerdo de hablar con Javi, uno de mis compis de viaje y a quién por cierto rompí sin querer un diente en una fiesta en la selva, que este viaje sería muy reflexivo para tomar decisiones en España. Pero vi tantas cosas, era tan diferente todo aquello, que acaparaba toda mi atención y esa curiosidad infantil que creí perdida. 

 

Si he publicado este post un mes después, fue porque sucedió algo inesperado. Al regresar a Madrid, debido a una reestructuración laboral, perdí mi puesto de trabajo. Y aunque al principio me entristecí, ya que han sido tres años dando mi mejor nivel en la empresa para ser despedido de esa forma, he de decir que estoy feliz. Quién sabe, quizás es la magia de Malasia e Indonesia que empieza a tomar decisiones por mí. Ahora es mi turno. Terima kasih! o en Indonesio, ¡muchas gracias!

 

yo

 

Agradecimientos 

 

Un viaje se recuerda para siempre no solo por el sitio que visitas, sino por la gente con la que vas. Y en este caso, no puedo estar más agradecido a Carlos, por acogernos, aconsejarnos y acompañarnos, a Inés, por guiarnos la mayor parte del tiempo, a Ana, con Inés la gran tesorera del grupo y la número uno en fotografía y a Javi, por su paciencia conmigo todo el tiempo y por invitarme a unirme en esta aventura. Gente TOP!

 

templos

Siento no sentar la cabeza


– “¿Qué tal Jesús?”
 – Bien Diego. Bueno a ver, ¿amor? 100%, ¿salud? 80%, ¿dinero? Ahí vamos… 

 

Hace más de 13 años que conozco a Jesús. Un gran amigo que solía empezar la conversación con este clásico de interrogatorio. Las respuestas no están actualizadas, ya que ahora Jesús va a ser padre de una niña, quiere aún más a su novia, tiene controlada su epilepsia y gana dinero, aunque en unas condiciones bastante malas.
  
Así de “sencilla” es la vida para Jesús: salud, dinero y amor; y sin embargo ha pasado por todo tipo de complicaciones, personales y económicas fruto de la crisis. Tres pilares sencillos muy difíciles de mantener estables y en los que supuestamente nos tenemos que basar para decir la típica frase de: “he sentado la cabeza”.

 

Siento no sentar la cabeza

¿Qué es sentar la cabeza? En ningún momento pensé en ello cuando viví en Londres entre 2012 y 2013, mi particular “Las Vegas”, es decir, donde cualquier cosa es posible, donde puedes dejar tu día a día atrás, ser quien quieras ser, divertirte y pasar tus limitaciones y miedos; un paréntesis en tu vida cotidiana. Pero ahora, con trabajo estable en Madrid desde hace más de dos años, mi formación académica casi completa e independizado, volver a Londres sería como volver al mismo campamento de verano un año después. Nada sería como antes.

 

A veces siento ir un paso por detrás de los demás. Siento hacer lo que se supone que debo hacer y no lo que realmente quiero. No consigo entender por qué el concepto de “sentar la cabeza” va ligado a tener un trabajo, independizarse, tener una pareja, vivir con ella, casarse y tener hijos. Quizás es porque no me ha salido bien la tercera parte, es decir, el encontrar a alguien que complete aún más mi vida. Una vida satisfactoria, siempre rodeado de buena gente, pero insuficiente. Y me enorgullece ser realista, porque lo que me importa es que los míos gocen de buena salud, y al mismo tiempo inconformista, ya que lo mejor siempre está al llegar; al menos que llegue un estado frecuente de éxtasis.

 

Como dijo un profesor en la carrera de Periodismo, “la felicidad no existe, solo existen los momentos de felicidad”. Coincido. Ser feliz es recolectar momentos, experiencias y decisiones, aunque a simple vista parezcan insignificantes. Y en el último año, he decidido vivir todos los posibles: viajar a Nueva York, Washington y Boston, reservar un Viaje para Malasia, operarme de los ojos, hacer un workshop con daneses en las oficinas de Google de Dublín, repasarme un tatuaje, ser portero de mi equipo de fútbol, contratar un nutricionista, ir a Fabrik por primera vez, conocer a todas las personas nuevas que pueda y tener cada vez más respeto, pero menos vergüenza.

 

Leí una vez el caso de una periodista norteamericana que lo dejó todo para irse a vender helados a una isla exótica. Decía que “si estás constantemente pensando que necesitas unas vacaciones, quizás lo que necesitas es una nueva vida”. Aún no quiero llegar a tal extremo, aunque me lo he planteado, pero estoy en busca de esa nueva vida a base de impulsos como los del anterior párrafo. Dejar que la racionalidad no gane en la balanza a los impulsos.

 

Por eso, sin darle dos vueltas, decidí publicar hace unas semanas mi primer rap: Miopía, que resume en apenas minuto y medio los últimos acontecimientos de mi vida, con el broche final de la operación de mis ojos en el momento en que necesitaba ver todo con mayor claridad. Curioso, ¿verdad? 

 

Si alguna vez Jesús (para mi Suso), decide volver a preguntarme: ¿salud? ¿dinero? ¿amor? Diré que de lo primero mi familia ha sido golpeada en 2015, pero miramos 2016 con toda la ilusión del mundo, lo segundo no me importa y lo tercero, que quiero y me quiere mucha gente, aunque aún no haya sentado la cabeza. Y sí, siento no sentar la cabeza. Interpretar ese “siento” como “sentir” o “pedir disculpas”, ya es cosa de los demás.

 

Gracias a la vida


Y a ti. Por enseñarnos. 

 

Reto a cualquier persona a viajar o asistir a un acontecimiento sin hacer fotos, vídeos o audios. No quedará registrado en ningún soporte electrónico, pero hay algo mucho más poderoso: el recuerdo. Esa capacidad de almacenar en nuestra memoria -yo diría más en el corazón- los buenos momentos: una comida para celebrar el cumpleaños del abuelo de la familia en Alcalá de Henares (donde te empezamos a conocer), un paseo dominguero por Riaza (cuya belleza nos descubriste) o la celebración de las fiestas del Pilar en Mejorada del Campo (en las que nos terminaste de enamorar). 

 

En Alcalá de Henares regalaste al protagonista del día una manta que solo daban ganas de tocar. Y ahora nos dejas así, desarropados. En Riaza nos deleitaste siempre con buenos manjares y con los cotilleos de la Familia Real y en las Fiestas del Pilar, cantaste, acompañada de un gran tuno, “Gracias a la vida“, de Mercedes Sosa, con una letra algo más personalizada.

 

No sé si, por el caprichoso destino, “Gracias a la vida” era una ignorante despedida anticipada o simplemente una forma de agradecer a los que estaban a tu alrededor ese momento, sin necesidad de grabar con nada más que con nuestros propios sentidos: la vista para verte con unos ojos emocionados y lagrimosos, el oído para escuchar la pasión con la que cantabas y el tacto para aplaudirte y abrazarte.

 

Por tu profesión, has salvado muchas vidas. Pero no te conformabas. Qué va. Tu rebeldía, dinamismo, actividad e inconformismo nos hicieron ver a todos que algo injusto estaba pasando en España. Y seguíamos con los brazos cruzados. “Si tuviese vuestra edad, iría a las barricadas”, solías decir. Si hay que ir se va, pero lo haré con la chupa de cuero que me regalaste.

 

Ayer supe que te fuiste con una canción pendiente de escuchar. Quizás también con este artículo sin leer. Pero lo que sí se, es que fuimos muy felices contigo desde el día en el que te conocimos. Desde el día en el que empezamos a aprender de ti. D.E.P. 

 

Gracias a la vida que me ha dado tanto

Me ha dado la risa y me ha dado el llanto…

 

Soñar más que un burro


“Petra sueña más que cualquier persona”. Son palabras de un vecino de Valmeo, una pequeña localidad situada en la provincia de Cantabria. Petra no es su mujer, ni su madre o nieta. Es una burra feliz, porque acaba de ser mamá de Romero y según su dueño, sueña, como el resto de los burros, mucho más que los humanos.
Lagos de Covadonga

Lagos de Covadonga

El día siguiente, en los Lagos de Covadonga (Asturias), di con un puente rodeado por una intensa neblina. El enclave invitaba a soñar tanto o más que Petra, pero, porque soy humano, lo primero que pensé fue qué habría al otro lado.
¿Somos más felices que los animales?

¿Somos más felices que los animales?

Ser racional es lo que nos convierte más inteligentes que los animales. Pero, ¿de verdad nos hace también más felices? A pesar de mi convencido ateísmo, dejé de hacerme estas preguntas en el cementerio de Maeztu (Vitoria), donde visité, por primera vez, las tumbas de mi tatarabuelo Leoncio y de mi bisabuelo Julián. Los dos vivieron una larga vida, pero afrontaron momentos muy duros en la historia española, como la Guerra Civil.
tumba de mi bisabuelo

Tumba de mi bisabuelo

tumba de mi tatarabuelo

Tumba de mi tatarabuelo

¿Con qué soñaban Leoncio y Julián? Y sobre todo, ¿qué preguntas se hacían? Mi pregunta, evidentemente por delante de por qué sueñan tanto los burros, es en realidad una reflexión: lo que (no) hemos vivido y lo que nos queda por vivir. La llama de dos seres muy queridos se está apagando (una se apagó mientras terminaba este artículo, la otra ojalá que siga con mucha luz) por causas que, a pesar de nuestra inteligencia, todavía no sabemos controlar del todo. Es muy frustrante, porque les queda mucho por soñar, les queda mucho por vivir.
Petra y Romero

Petra y Romero

Y eso hace que me entren ganas de preguntar a Leoncio y Julián en qué consiste esto. Pero no están. Los burros, me dice el vecino de Valmeo, “están en peligro de extinción”. Sé que el racional soy yo, pero me da pena, primero por la belleza de este animal, y segundo, porque Petra todavía no me ha enseñado a soñar. A soñar como un burro con que todo esto no es más que una pesadilla.

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El legado de Christopher Mccandless


O como él prefería que le llamasen, Alexander Supertramp. El hombre que vivió completamente solo en Alaska durante 100 días. 

 

La felicidad solo es real cuando se comparte“. Fue la última reflexión de Christopher Mccandless (1968 – 1992) y quizás la primera anotación del escritor Jon Krakauer o del director y actor Sean Penn para contar la historia de Hacia rutas salvajes (Into the Wild). Una historia real que merecía ser compartida.

 

Christopher es un estadounidense con un excelente perfil académico, joven, atleta, procedente de una familia acomodada y con un futuro prometedor. Pero de repente, y sin despedirse, decide donar todos sus ahorros (24.000 dólares) a la caridad para huir de la civilización y perseguir un sueño: Alaska, donde vivió completamente solo durante más de 100 días en búsqueda de la verdad, de su verdad.

 

Christopher McCandless atleta

“Mi hogar es… mi camino”. Antes de llegar a Alaska, Christopher, que se cambió el nombre a Alexander Supertramp, abandonó su vehículo de segunda mano y viajó por Arizona, California y Dakota del Sur dejando escritas sus reflexiones de una prueba tanto física como espiritual, un acto de rebeldía ante una sociedad que le dictaba lo que debía hacer, ser y creer. Una odisea en busca de la belleza y la libertad, para dejar a un lado el materialismo y el estado de bienestar.

 

Supertramp encontró su particular paraíso en un autobús abandonado donde se asentó con un equipo muy humilde: una bolsa de arroz, un rifle con municiones, muchos libros (de plantas locales, León Tolstoi, Henry David Thoureau, etc.) y equipo de campamento; pero eso sí, rodeado del paisaje paradisiaco de Alaska.

Christopher McCandless experiencia

Lo que le pasó desde entonces no es objeto de este artículo, pues ya está contado. Lo que importa es todo su legado. Alex es la persona que mejor ha definido el término “Felicidad” para este servidor: “La felicidad de la vida proviene de los encuentros con nuevas experiencias, por eso no hay mayor felicidad que tener un horizonte eternamente cambiante, para que cada día tenga un nuevo y diferente sol”.

 

Supertramp podría haber seguido con una vida rutinaria que le garantizaba una sólida y cómoda madurez. Podría haber vivido de muchas cosas en su camino a Alaska: desde con unos trotamundos que le acogieron en su caravana o con un agricultor con una elevadora de trigo, a trabajar en un McDonalds o intentar ser adoptado literalmente por un anciano solitario impresionado por su carisma. Experiencias y más experiencias que le hicieron ser más fuerte, pero todavía vulnerable como todo ser humano. “Qué importante es en la vida no necesariamente ser fuerte, pero sí sentirte fuerte, midiéndote a ti mismo al menos una vez para saber de lo que eres capaz” (Christopher McCandless)”.

 

Como Christopher, tengo una ingente necesidad de sentirme fuerte. Conocí la debilidad cuando en el pueblo de abuelo, Maeztu (Vitoria), huí atemorizado de una inofensiva vaca al asiento trasero del Ford Azul de mis padres. Tenía alrededor de 6 años, pero desde entonces, mi relación con la naturaleza no ha hecho más que mejorar hasta el punto de no poder vivir sin ella.

 

Christopher McCandless bus

Pero la naturaleza si puede vivir sin mí, al igual que hizo con Chris. “He tenido una vida feliz y doy gracias al Señor. Adiós, bendiciones a todos”. Alex tuvo tiempo de decir adiós antes de irse para siempre. No. No se suicidó. Si algo amaba él era la vida, una vida primitiva. Su único problema fue tener un turbio pasado (según Chris “hay personas que creen no merecer el amor. Se suelen dirigir hacia los espacios vacíos, para así tapar las brechas del pasado”) y nacer en el siglo equivocado.

 

despedida Christopher McCandless

Sin embargo, debido a esa desgracia muchas personas ven a Alex como una referencia y aunque seguir sus pasos es una temeridad (más de uno ha intentado hacerlo), su experiencia hizo que me replanteara mi futuro.

 

Así que emprenderé un viaje. Mi primera parada será en Madrid capital, donde viviré alejado del confort familiar. Pero sé perfectamente que no será por mucho tiempo. Tan solo tengo que encontrar mi autobús particular y trabajar para conseguir un final diferente. Un final que de sentido a las últimas palabras de Alex: “La felicidad solo es real cuando se comparte“. 

 

*Este documental recoge la experiencia de Carine McCandless al visitar el autobús donde su hermano Chris estuvo más de 100 días.

 

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