El cáncer oculto del ser humano


En un mundo supeditado a la naturaleza pero también a la ciencia, resultaría increíble dudar de la buena voluntad humana si hubiese una cura para el cáncer o el VIH. Yo lo hago

Ganamos más dinero con los tratamientos del cáncer que con la cura de la enfermedad”. No os asustéis. Es una frase de un capítulo de Padre de Familia, en la que Carter Pewterschmidt, el millonario padre de Lois, consigue hallar la cura del cáncer tras contratar a dos científicos chinos, aunque en ningún momento lo comparte con el resto del mundo.

Temo que algún día la realidad supere a la ficción. Si es que no lo ha hecho ya. Al igual que se inventaron guerras (Irak, Segunda Guerra del Golfo 2003) para dar protagonismo a la industria armamentística, la más poderosa  por encima de la tabacalera, se ha dado demasiada importancia a determinadas enfermedades para vender vacunas, como la gripe H1N1, la cual fue mucho menos virulenta que la normal.

Conspiracion

Resultaría paradójico que se trabajase velozmente en la vacuna de una supuesta enfermedad (gripe H1N1) y se ocultaran avances e investigaciones en la cura de otras que realmente son un peligro para la sociedad. En la red cada vez son más los artículos que hablan de la conspiración del cáncer y del VIH y aunque es necesario siempre contrastar y creer en la buena voluntad del hombre,  también resulta inevitable que surjan dudas sobre los intereses millonarios de multinacionales, laboratorios y compañías farmacéuticas.

¿A dónde llega la estupidez humana? ¿Tiene sentido que nos paremos los pies con lo que han inventado nuestras manos? Me pregunto que más cosas podría haber aportado Steve Jobs, cuántas películas o series hubiese grabado Andy Whitfield o cuantos programas de televisión tendría en su currículum Concha García Campoy. No sería justo ni para ellos ni para sus familias que se jugase a ocultar secretos de estas enfermedades ni tampoco lo es que una persona dude de que esto sea posible. Pero dudo por naturaleza porque el mundo ya no me inspira confianza.

En una crisis económica generada por los bancos, los gobiernos rescatan a éstos y penalizan a los ciudadanos, aquellos que realmente sufren las consecuencias de una situación de la que no son culpables. Con esto ocurre lo mismo. Sólo que, si es cierto, va más allá de una crisis económica. Se trata de una crisis de la humanidad que, como los sicarios, da más importancia al dinero que a la vida. Estas multinacionales no se manchan las manos y utilizan el cáncer o el VIH (sicario) como un negocio lucrativo. Es el cáncer oculto del ser humano.

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Condenado a recordar


La Hipermnesia es un trastorno de la memoria muy extraño que registra cada detalle en la vida como si de un ordenador se tratara. La imposibilidad de perder el control o la certidumbre, ¿nos convierte en personas infelices o simplemente diferentes?  

No me acuerdo de olvidarte

Pepe Domingo Castaño (Tiempo de Juego, Cadena COPE) uno de los emblemas de la radio española, insiste anualmente en la clave de la felicidad cuando se acercan las fechas navideñas: “Para ser feliz hay que tener salud y mala memoria”. Que cada uno lo interprete como quiera, pero parece ser que Pepe Domingo se refiere a recordar, pero paradójicamente después olvidar, lo importante que es pedir perdón y hacerse el estúpido en determinados momentos de nuestra vida.

Precisamente porque el ser humano no es estúpido, aunque a veces lo parezca, se han descubierto en los últimos años enfermedades que parecían improbables de diagnosticar ante la desesperación de los que la padecen. En el caso de este servidor, esto ha pasado con un familiar muy cercano que desde hace años tiene Fibromialgia, un trastorno que implica fatiga y dolores musculares en ocasiones insoportables. “Me dolía mucho la pierna, pero los médicos no eran capaces de decir lo que tenía ni cómo tratarlo”.

Bradwilliams

Brad Williams lo recuerda todo. Tiene Hipermnesia

Si una persona con HipermnesiaHipertinesa tuviera también Fibromialgia, sería capaz de recordar, no sólo el momento justo en el que empezó a tener los síntomas sino, y gracias –o por desgracia- a una memoria autobiográfica prodigiosa, la ropa que llevaba en ese día -hubiese sido hace un mes o hace 15 años-, la conversación que tuvo con su primo en el coche o el número de cucharadas de colacao que echó al vaso. 

Memento

Memento

Evidentemente, hay muchas formas de convertir esta enfermedad en una habilidad, ya sea en una profesión (como policía) o en la vida cotidiana para aclarar un hecho del pasado. Pero puede ser una carga difícil de soportar, ya que normalmente la mayoría de las personas recuerdan, a veces sin muchos detalles, los acontecimientos que suponen un hito en nuestra existencia. Sin embargo, los que tienen Hipermnesia recuerdan cada evento del pasado y de una forma algo obsesiva. 

En mi caso, recuerdo una película que vi en primero o segundo de Periodismo. Se llama Memento, estrenada en el año 2000, y cuenta la historia de Leonard, quien sufrió un trauma cerebral que le causó amnesia anterógrada, es decir, es incapaz de almacenar nuevos recuerdos. Una de sus frases recoge cinco palabras que dan mucho que pensar: “No me acuerdo de olvidarte“. Es una manera fantástica de decirnos que lo que hemos vivido con mucha intensidad es difícil de olvidar si nos ha dejado huella.

Eso es lo que da sentido a nuestra vida. Somos seres imperfectos y necesitamos perder el control. Almacenamos cosas en nuestro cerebro, como el primer beso, las bodas de oro de nuestros abuelos o una delicada operación, pero dejamos espacio para lo que pueda venir en el futuro. Sin embargo, personas como Brad Williams no es capaz de seleccionar.  Lo recuerda todo. Tiene Hipermnesia. Y puede que sea feliz o no, pero es, por su desgracia, diferente. 

Como diez bolos rectos


Voy a escribir este artículo al mismo tiempo en el que fluyen mis emociones. Son las 8 de la tarde del 25 de noviembre de 2011 cuando me dispongo a salir a Chamartín para jugar una partida de bolos con mi gente. De repente, un hombre entra por mi puerta y mi madre, que mañana se va de viaje a Nueva York, me dice con la mano en la frente: “No me acordaba que hoy venía el osteópata”.

“Yo tampoco”, me digo a mi mismo. Y no sé por qué. Había decidido poner fin a la escoliosis, una enfermedad crónica que puede impedir que tenga una buena calidad de vida en el futuro. Desde hace unos días llevo una plantilla en el pie izquierdo, me he apuntado a natación y, como en los dos últimos años, no falto al gimnasio. Actos que requieren esfuerzo, sacrificio y tiempo.

Pero en media hora un hombre ha conseguido más que yo mismo en toda mi vida (prudencia, Diego, prudencia). Tiene 48 años, es de Granada, ha estudiado Traumatología y estuvo casi un año en China conociendo a fondo el shiatsu, aunque es algo autodidacta.

 “Me quedan aún cinco pacientes”, confiesa. Pero trabaja con tranquilidad, confianza y placer. Es la primera conclusión a la que llego mientras estoy en calzoncillos tumbado boca abajo en una camilla con aceite de coco extendido sobre mi espalda.

“Tienes una escoliosis de grado 2. Hoy mismo te pondré la espalda recta”. Al principio, obviamente, no le hago mucho caso. Pero, como si tuviera trescientos interruptores en la espalda, empieza a colocar discos, ganglios y demás partes para encender la llama de mi esperanza. “Miren ahora”, dice el especialista a mis padres 3 minutos después.

Mi madre, absorta, esa increíble mujer ignorante que se siente culpable de mi problema (detectado cuando me estaba probando en Zara una americana para un viaje a Marruecos en el año 2005) se da cuenta de que algo está ocurriendo. La columna vertebral está más recta. Yo no lo veo ni lo noto.

Él sigue a lo suyo. Me estira los brazos, pone en su sitio piezas del puzle descolocadas y lo único que me pide es respirar profundo y que no le trate de usted. Se está empleando a fondo. Lo noto en su respiración forzada. Y no creo que sea por mi altura (1.91; quizás ahora algo más) ya que también trabaja con jugadores del Real Madrid, ni tampoco porque no le guste su trabajo: “Disfruto mucho con lo que hago. Tengo una clínica en Guadalajara pero prefiero estar aquí. No quiero estar sentado y recetar medicamentos.  Esto y estar con mi hija de 16 años me da la vida”.

“Vuelvan a mirar”. “Tienes un omoplato más grande que otro y eso no lo puedo remediar. No hago milagros.  Pero lo que he conseguido es que tus omoplatos se hagan ver”.

“Ponte de pie”. Vale. No fue como la escena de Capitán América, pero tuve complejo de Ana Obregón. Estoy recto. “Mañana te acordarás de mí. Tendrás dolores y molestias, no podrás jugar al fútbol el domingo (lo siento Parásitos) y aunque tu espalda intente encorvarse, los omóplatos y la columna vertebral lo impedirán inmediatamente”.

Sentí ganas de llorar. Estaba y estoy en estado de shock. Con la espalda enrojecida, me noto más ancho, las americanas no resbalan sobre mis hombros y a mis padres les brillan los ojos. Me acuerdo de Sonia, la chica de la óptica donde suelo comprar las lentillas que me pasó este contacto que le curó el cuello, de las fotografías que el osteópata me enseñó antes de la sesión sobre sus pacientes, de Granada y de la madre que la parió a mi nuevo traumatólogo: “Mi madre fue mi primer cliente. Tiene fribromialgia de grado 3 y prácticamente chilla cuando la tocas”.

Mi madre, por cierto, también tiene fibromialgia. Esta es la historia, algo desordenada, de un hombre que cobra 30 euros por colocarte la espalda una vez al mes. Seré prudente, pero ojalá los discos, los ganglios y la columna vertebral estén donde les corresponde.  Como diez bolos rectos sin una bola que los pueda derribar.

En la playa hace unos meses

Mi espalda después de la sesión

La velocidad del tabaco


Una historia entre Marco Simoncelli, Antoñete y la vida

Vamos. Reconozcámoslo. Nos gustan las noticias que pertenezcan a la triada de las “tres eses”: sangre, sexo y sudor (deporte). Si no, ¿cómo se explica que las noticias más leídas sean la desgraciada muerte del piloto Marco Simoncelli, el juicio del caso Marta del Castillo o las meteduras de pata de los famosos en Twitter? No digo que no sean interesantes e impactantes, pero sirven de cortina de humo para otras que nos afectan aún más. Como dijo Noam Chomsky, lingüista, filósofo y activista estadounidense a quién admiro cada vez que le recuerdo, hay que controlar y distraer al “rebaño desconcertado”.

Por algo creé y creo en este blog, Lagunas del periodismo. Para reflexionar y aportar nuevas temas y nuevas perspectivas. Y en este artículo, en principio algo enrevesado, el protagonista será el tabaco, la velocidad del tabaco.

Cuando recibí la noticia del trágico accidente de Simocelli, gracias al móvil de Pablinaitor, estaba tomando unas cervezas postpartido con Parásitos, un equipo de fútbol algo caótico pero luchador al que tengo la suerte de pertenecer. Desde entonces, me reafirmé en la idea de que hay que amar mucho, muchísimo a las motos para tener el valor de montarse en una de ellas y circular ya sea en competición, como en la vida cotidiana. ¿Qué se siente? Velocidad, libertad, autonomía, poder. No lo sé, ni lo quiero comprobar. Respeto mucho a la carretera, como los motociclistas, indudablemente, pero por muchas hondas y suzukis que haya, veo a un vehículo inestable, inseguro y débil a cualquier impacto. Apunten la primera palabra clave: velocidad.

Marco Simoncelli

De ahí pasamos a Antoñete. No me gustan los toros ni lo que se hace con ellos, pero tampoco me considero un activista nato para erradicar este supuesto “arte”. Y es que, la muerte del torero Antoñete me hizo reflexionar. “Le mató el toro del tabaco”, leo en algunos periódicos. Era una escusa perfecta para incidir en los peligros del hábito de fumar, pero los medios de comunicación prefirieron recordar a Antoñete en sus mejores momentos, como un tipo increíble, ¡un maestro! En vez de un inconsciente que prefirió irse de este mundo por el simple hecho de fumar. Y perdón por lo de inconsciente. Apunten la tercera palabra: tabaco.

Como Antoñete, 55.000 personas al año fallecen en España (y 5 millones en el mundo) a causa de esta droga, dejando atrás familias, proyectos, futuro. Yo mismo no conocí a mi abuelo paterno, pues falleció en 1986 a los 57 años de edad. “Le ha matado el tabaco”, confesaron los médicos a mis padres.

Antoñete

Ya sé que no estoy descubriendo el mundo con estos datos. Pero una vez leí eso de que “no aprendemos nada nuevo, simplemente se recuerda”. Con esta máxima, es necesario concienciar que el tabaco representa un problema de salud pública por varias razones: produce daños a terceros (fumadores pasivos), ocasiona enfermedades, perjudica al medio ambiente (es curioso, pero nadie critica la tala de árboles en este sentido o el desecho de colillas) y supone un tremendo gasto económico.

¿No os dan ganas de pegar una bofetada a los niños-adolescentes para los que un cigarro es como una rama de bambú de tamaño para los adultos? Supongo que, en general, no. Y es que, como está demostrado, los primeros fumadores nacen a los 13 años, una edad en la que queda un patrón de conducta establecido: fumo. Y si no fumo tengo síndrome de abstinencia.

Títeres ante el tabaco

¿Cómo es posible que la industria tabacalera utilice alrededor de 84000 millones de dólares al año en publicidad? (5000 veces más del dinero del que dispone la Organización Mundial de la Salud en la lucha antitabaco). En el fondo, admiro a esta industria, una de las más poderosas junto con la armamentística, porque cuando le aprietan por un lado, como a un globo, se hincha por otro. Si le prohíben mostrar su producto en los medios de comunicación, acude a la publicidad encubierta o, por ejemplo, a los pitillos light, que, a pesar de contaminar lo mismo, llenan los bolsos de las mujeres, ya que el género femenino tiene una percepción del riesgo mayor que el hombre.

¿Qué se puede hacer contra un producto que tiene entre alrededor de 4500 sustancias? Pensar en el futuro. El tabaco ya no requiere un análisis de situación. Sabemos de él que es la droga más adictiva (con un 32%), que destroza familias y que da sentido a la existencia de la Neumología, una especialidad médica encargada del estudio de las enfermedades del aparato respiratorio que, sin embargo, los expertos se plantean cambiar por el término Tabacosis. La esperanza reside en aumentar el precio del tabaco (España es uno de los países de la Unión Europea donde se compra más barato), establecer leyes y más leyes para dificultar su consumo y mostrar a los políticos el movimiento social para recordar, constantemente, que en España muere una persona por fumar cada 6 horas: la velocidad del tabaco.

La vida es muy corta para acortarla. Apunten la tercera palabra: VIDA.

Los niños de 0 a 7 años aprenden muchos conocimientos y hábitos mediante la observación. Prohibir fumar en espacios públicos ha sido un gran paso. No se pierdan el siguiente video: 


Alegato a los monumentos gastronómicos


Comer es un estado de humor. ¿Quién no se ha cabreado alguna vez cuando ha cenado un plato de lombarda o comido un simple (pero nutritivo, eso sí), plato de puré? Por eso, en un nuevo artículo en Lagunas del periodismo, se hablará del placer, del sabor, del gusto, de los colores, del mundo, de la comida.

Aún recuerdo con nostalgia cómo mi profesor de redacción periodística mandó, a unos pipiolos recién llegados al nido de la Facultad Ciencias de la Información, que hicieran un artículo de paella. Sí, sí; han oído bien, un artículo de paella.

Empezaré por algo más simple, la patata. Tuve una profesora de historia en cuarto de carrera que nos solía decir, entusiasmada ella, que la patata alimentó a Europa en los siglos XVIII y XIX creo recordar. “¡Hay que hacer un monumento a la patata!”, recitaba. Lógico. Es un alimento muy antiguo, utilizado por los pueblos de América antes de que Colón llegase por error a ella, que contiene una gran cantidad de proteínas, almidón, fibra, calorías y glúcidos. Pero yo soy malo y lo que me chifla son las patatas fritas, el alimento que más engorda según una investigación de la Escuela de Salud Pública de Harvard (EE.UU.).

Además de rebelde, soy exigente y como buen nieto, me he acostumbrado a las insuperables y alegóricas (creo que en el argot gastronómico se tiende a exagerar) patatas fritas de mi abuela, Juliana de la Fuente. La foto que veréis a continuación está colgada, con todos los honores, en la puerta de mi habitación y corresponde a la freidora donde mi yaya sólo, y cuando digo sólo es sólo, cocina patatas fritas para que éstas mantengan su sabor original y no se enrollen con el aroma de las croquetas, empanadillas y demás fritos.

Las patatas fritas de Juliana

Continúo por donde tendría que haber empezado. El desayuno. Ya he avisado en este blog del poder que tiene el marketing, de cómo nos puede llevar a comprar algo y, lo más preocupante, a habituarnos a algo, que en principio no teníamos pensado. Por eso, la canción de: “Yo soy aquél negrito, del África tropical, que cultivando cantaba la canción del Cola Cao…”, ha hecho mucho mal a la sociedad. El Cola Cao, digan lo que digan, se disuelve mal con leche fría y sabe raro. Para mí, dos cucharadas de Nesquik en un vaso de leche refrigerada (suelo comprar la de Puleva) resulta algo memorable, un placer que los dioses griegos degustaban en sus banquetes. Eso sin contar el sentimiento que produce rebañar el chocolate mezclado con las últimas gotas de leche del vaso u ojo, nuestro campanito preferido de cereales. Bueno, bueno, bueno.

Nesquik vs Cola Cao. Gana Nesquik.

Sin abandonar las comidas refrescantes, el Real Madrid tendría que hacer un partido de homenaje al Calippo de lima limón o si acaso, crear, como competencia del ayuntamiento de Madrid, una escultura al lado del oso del madroño con la figura de este helado.

Calippo de lima limón, un placer veraniego

Vale que a veces es complicado de ingerir, pues el recipiente se suele deshacer y acabamos con las manos pringosas, pero ese sabor a lima en verano, mientras vemos  “Aquí no hay quién viva” en Antena 3 neox tumbados en el sillón tras una jornada dura de trabajo, eso sí que no tiene oro (la frasecita de precio y mastercard me aburre).

Para ir terminando esta carta de restaurante, hace poco se intentó crear un himno para la selección española de fútbol. Por mi parte, crearía uno para las judías de caramelo (en inglés jelly bean). Me refiero a las judías de toda la vida (blancas, acules, rojas, verdes, amarillas y azules) y no a las nuevas con sabores exóticos que han salido al mercado. Tuve la oportunidad de cerrar los ojos mientras observaba una película del calibre “El origen del planeta de los simios”. Y no por qué me diera miedo (que también) sino para concentrarme en ese bienestar que produce masticar cada judía de caramelo. Se merecen un best seller o una tertulia en Intereconomía, porque todos se pondrían de acuerdo.

Judías de caramelo, también llamadas Jelly Bean

Tras este texto escrito con vehemencia en apenas unos minutos, como dice el refrán, “para gustos los colores” así que, como buen amante de la comida, me encantaría saber cuál o cuáles son vuestros tesoros gastronómicos. Yo podría decir más, como la tarta de frambuesa del Vips o un bocadillo de jamón ibérico con aceite y tomate en una chapata con una coca cola light. Pero ahora os toca a vosotros. ¡Buen provecho laguneros!

Espermatozoides y yayitas de manzana


Madrid Directo es un programa que ha aportado mucho a la televisión. Aún recuerdo esas tardes otoñales en las que, con mis yayitas de manzana, merendaba mientras escuchaba la voz de Inmaculada Galván.

Por entonces, yo no sabía que iba a estudiar periodismo y ni siquiera conocía exactamente en que consistía esa profesión, por mucho que leyera el Marca en verano, escuchara Carrusel Deportivo o cenara con Ernesto Sainz de Buruaga en los informativos de Antena 3.

Por hoy, en 2011, todo ha cambiado un poco. Inmaculada se fue de Telemadrid, Buruaga presenta “Así son las mañanas” en la cadena COPE y el equipo de Carrusel liderado por el gran Paco González y Pepe Domingo Castaño también se ha pasado a la cadena de los obispos. Pero algo sigue igual, el interés que tengo en vivir todas las cosas en primera persona y no perderme cualquier situación que pueda servir de aprendizaje.

Por eso, en plan periodista de Madrid Directo pero sin yayitas de manzana, me fui a una clínica de fertilidad para grabar, junto con mis compañeras de trabajo, un video promocional para el cliente con el que estábamos trabajando en nuestra agencia de comunicación.

Yayitas

Siempre quise ir a una clínica como esta. Hay pocas series de televisión que no hayan rodado una escena en la que el protagonista quiere donar su semen a cambio de dinero. Lo hizo Gorka (Adam Jezierski) en Física o Química y creo recordar que Raúl (Alejo Sauras) en Los Serrano. Ahora me tocaba a mí…

Pero como periodista. Me ofrecí voluntario para hacer de donante fictício en el video. En primer lugar, rodamos una escena con un médico que me informó sobre los requisitos para donar semen. Y ojito que aquí no vale cualquiera. Para empezar, necesitan una muestra para analizar el estado de salud del semen (alrededor del 15% de los donantes pasan la prueba), después un análisis de sangre para descartar cualquier enfermedad o condición que pudiera perjudicar el posible feto (como tener más de cuatro dioptrías de miopía) y finalmente un test psicológico. Además, se requieren al menos cuatro días de abstinencia sexual y una vez que tus espermatozoides han servido para el nacimiento de 6 vidas, no puedes volver a donar. ¿La recompensa? 50 euros a la semana (lo que haría un total de 250 – 300 por esta experiencia) y la sensación de haber colaborado con la humanidad.

DonaciónSemen

Pero para colaborar, para donar por placer (nunca mejor dicho), hay que pasar por un proceso algo extraño en “la salita del futuro”. Ahí rodamos la segunda escena del vídeo. Era una sala más pequeña que cualquier baño de vuestra casa, con una televisión que yo confundí con un espejo, un retrete, un inodoro típico de los aseos públicos y una pila de baño. A esto hay que sumarle una docena de revistas porno desfasadas y poco excitantes y una ranura por la que, como sucede en algunos hoteles para tirar la ropa sucia, depositas la muestra de tu semen que el laboratorio recibe a 37 grados.

La salita del futuro no me trajo buenas sensaciones: “Yo aquí no me concentraría, no hay ventilación, hay mucha luz y todo es de color blanco plateado”, dije al médico. Y éste contestó: “Se me olvidó decirte que el bote lo tienes que llenar entero”, “¿Entero? pero ¿quién consigue eso en unos minutos?”, dije con asombro. “No hombre. Me refería a que no puedes echar nada fuera del bote para que la muestra sea válida”, aclaró el médico. Una vez más, mi inocencia me jugó una mala jugada, aunque las risas estuvieron garantizadas durante todo el día. Por si fuera poco, una de mis compañeras se preguntó las razones por las que no tenían revistas para homosexuales y me dijo, bromeando, por qué no hacía algo que en casa  “lo haría gratis”.

Eso pensé yo. Pero cuando estuve apunto de dar mis datos al médico para pasar de periodista a donante oficial, me lo pensé dos veces. No fue por temor a que la clínica no garantizara la confidencialidad de mis datos, pues asegura el anonimato del donante de esperma y de la persona receptora del mismo, sino porque me gustan los niños. Imagino como sería criarlos, sentir su calor, su cariño, ver mi rostro reflejado en ellos y algún día, algún día, merendar juntos yatitas de manzana.

El día en el que volví a llorar


Es curioso. La vida es curiosa. Ayer, 02 de junio, me pregunté que se sentía al llorar. Perdí esa sensación. Y no porque careciera de motivos para hacerlo, pues he tenido malas experiencias desde que en tercero de la ESO rompí en lágrimas tras devolver a un cachorro de raza boxer bautizado como “Duque”. Mi madre no soporta los perros. Lo comprendí, lo respeté y lo acepté.

Es la primera vez que hablo de esto públicamente. Algo superfluo si lo comparo con la soledad que he pasado en algunos momentos de mi vida y sobre todo, las desgracias entre mis seres queridos.

Pero ahora tengo compañeros, amigos. Eso es. Y de los buenos. Por eso, esta mañana me acerqué a la facultad para que Edgar, mi tocayo en el “Experto en comunicación social y salud” y procedente de Perú, me nombrara su representante para hacer los trámites necesarios y de esta forma, enviarle la titulación a su país. Me gusta actuar así. Confío en la buena voluntad de las personas, en la empatía y en el cariño.

A las 12:45 nos hicimos una foto en la Facultad Ciencias de la Información para inmortalizar el momento. Quién sabe si le volveré a ver. “En Perú serás tratado como un Rey”, me dijo entre risas.

UCM

Pero no hay que fiarse ni del Rey. A las 13:00 horas, tras realizar un Stop, conduje unos metros con mi coche (Saray para los conocidos) en primera cuando sentí un gran golpe, un latigazo contra un muro de hormigón. Un enorme Chevrolet Blanco cuyo conductor se bajó inmediatamente del coche para comprobar si su puñetera máquina estaba en buenas condiciones. Lo demás, era secundario, como opina el Señor Burns de los Simpsons.

Hecho esto, y aquí el servidor en estado de shock, me dijo esa persona, de unos 50 años, pelo blanco repeinado y vestimenta tipo Maximo Dutti lo siguiente: “Pensé que me habías visto”. Menos mal que el señor tenía un Stop, “saltado a la torera” y quería meter su juguetito en una calle prohibida. Quedamos en aparcar los coches e intercambiar los datos.

Fueron cinco los segundos los que tardé en, después de hablar con dos testigos de lo sucedido, perder de vista al Chevrolet. Yo no lo acepté hasta que Samuel, barrendero de la zona, me abrió los ojos inquiriendo: “Este se ha largado”.

Y rompí a llorar. Sentí esa agua salada caer por los poros de mi piel sin cesar, hasta que mi madre, mi ángel de la guarda, llegó para ayudarme con los papeleos, la depresión y la ansiedad. Y tras ella,  la policía, el Samur y la grúa. Los primeros, nada más aterrizar, pusieron tres multas a otros tres inconscientes que realizaron la misma acción que el Chevrolet. “El tío este es uno de guante blanco”, dijo un Agente. “Haremos un informe para evitar que esto vuelva a ocurrir” comentó otro. El equipo médico, por su parte, me tomó la tensión (muy alta) y analizó las contracturas de la espalda.

Sí. Lo sé. Lo mejor es que no me ha ocurrido nada grave físicamente. Y que, como dijo un miembro de Samur: “Debes saber que las apariencias engañan”. Pero a pesar de no tener la matrícula de ese individuo, quiero hacer una DENUNCIA. Una denuncia social.

No lloré porque mi coche quedara en muy malas condiciones ni por el dolor en el trapecio y en la espalda, lloré porque me sentí frustrado, abatido, timado, decepcionado. “Luego dicen de los jóvenes…” me comentó una señora en el Hospital del Henares. Pues sí, aquí hay de todo. Rubios, morenos, delgados, creídas, orgullosas, simpáticas, inconscientes, irresponsables, COBARDES. Por eso, no voy a dudar de las personas. De ellas me alimento. Saco lo mejor de mí. 

“Lo que más le importa a la gente es la gente”. Aún recuerdo esa frase, apuntada de la clase de no sé quién profesor en el Máster de comunicación social y salud. Os dejo con este razonamiento y para resumir, con el comentario de un lagunero en el artículo “Enigmas”, escrito hace unos meses. Hoy, no tengo ganas de escribir más. Gracias. 

“Desde mi interés general por todo, sin excepciones, me siento incluso identificado con lo leido, me interesa el ser humano en todos sus aspectos; nacimiento, formación, puestas en escena (vivir sin ir mas lejos), y cierre de la vida terrenal, asi que, si el planeta tierra es la casa de todos, yo pongo mi parte para que siga siendolo. Me entristece sobremanera los innumerables gestos “desinteresados” de tantas personas, mas o menos cultas. Hace poco estaba sentado leyendo en un banco de la calle donde los rallos de sol del otoño calentaban mi cuerpo. Cerca, una selección de contenedores de basura amplia donde, sin esfuerzo, cualquiera podia depositar su basura en el lugar designado para ello. Fueron muchas las personas que lo hicieron, pero ninguna en la forma adecuada para contribuir con lo que de cada habitante del planeta se espera; perdon, se desea visto lo visto. Cuando era joven no existian opciones, al menos tan cercanas. Hoy no hay excusas, pero es decepcionante nuestro comportamiento, tanto, que me gustaria que investigases sobre este tema en en pais nuestro que, poco a poco, estamos dividiendo como si se tratase de “una herencia de pocos”. Te animo a que sigas utilizando el periodismo como una ventana por la que solo entre el aire fresco, para ti y para quienes te seguimos.

Un abrazo de un seguidor gallego, ciudadano del mundo”.

Luiggi.

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