Soñar más que un burro


“Petra sueña más que cualquier persona”. Son palabras de un vecino de Valmeo, una pequeña localidad situada en la provincia de Cantabria. Petra no es su mujer, ni su madre o nieta. Es una burra feliz, porque acaba de ser mamá de Romero y según su dueño, sueña, como el resto de los burros, mucho más que los humanos.
Lagos de Covadonga

Lagos de Covadonga

El día siguiente, en los Lagos de Covadonga (Asturias), di con un puente rodeado por una intensa neblina. El enclave invitaba a soñar tanto o más que Petra, pero, porque soy humano, lo primero que pensé fue qué habría al otro lado.
¿Somos más felices que los animales?

¿Somos más felices que los animales?

Ser racional es lo que nos convierte más inteligentes que los animales. Pero, ¿de verdad nos hace también más felices? A pesar de mi convencido ateísmo, dejé de hacerme estas preguntas en el cementerio de Maeztu (Vitoria), donde visité, por primera vez, las tumbas de mi tatarabuelo Leoncio y de mi bisabuelo Julián. Los dos vivieron una larga vida, pero afrontaron momentos muy duros en la historia española, como la Guerra Civil.
tumba de mi bisabuelo

Tumba de mi bisabuelo

tumba de mi tatarabuelo

Tumba de mi tatarabuelo

¿Con qué soñaban Leoncio y Julián? Y sobre todo, ¿qué preguntas se hacían? Mi pregunta, evidentemente por delante de por qué sueñan tanto los burros, es en realidad una reflexión: lo que (no) hemos vivido y lo que nos queda por vivir. La llama de dos seres muy queridos se está apagando (una se apagó mientras terminaba este artículo, la otra ojalá que siga con mucha luz) por causas que, a pesar de nuestra inteligencia, todavía no sabemos controlar del todo. Es muy frustrante, porque les queda mucho por soñar, les queda mucho por vivir.
Petra y Romero

Petra y Romero

Y eso hace que me entren ganas de preguntar a Leoncio y Julián en qué consiste esto. Pero no están. Los burros, me dice el vecino de Valmeo, “están en peligro de extinción”. Sé que el racional soy yo, pero me da pena, primero por la belleza de este animal, y segundo, porque Petra todavía no me ha enseñado a soñar. A soñar como un burro con que todo esto no es más que una pesadilla.

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El legado de Christopher Mccandless


O como él prefería que le llamasen, Alexander Supertramp. El hombre que vivió completamente solo en Alaska durante 100 días. 

 

La felicidad solo es real cuando se comparte“. Fue la última reflexión de Christopher Mccandless (1968 – 1992) y quizás la primera anotación del escritor Jon Krakauer o del director y actor Sean Penn para contar la historia de Hacia rutas salvajes (Into the Wild). Una historia real que merecía ser compartida.
Christopher es un estadounidense con un excelente perfil académico, joven, atleta, procedente de una familia acomodada y con un futuro prometedor. Pero de repente, y sin despedirse, decide donar todos sus ahorros (24.000 dólares) a la caridad para huir de la civilización y perseguir un sueño: Alaska, donde vivió completamente solo durante más de 100 días en búsqueda de la verdad, de su verdad.

 

Christopher McCandless atleta

“Mi hogar es… mi camino”. Antes de llegar a Alaska, Christopher, que se cambió el nombre a Alexander Supertramp, abandonó su vehículo de segunda mano y viajó por Arizona, California y Dakota del Sur dejando escritas sus reflexiones de una prueba tanto física como espiritual, un acto de rebeldía ante una sociedad que le dictaba lo que debía hacer, ser y creer. Una odisea en busca de la belleza y la libertad, para dejar a un lado el materialismo y el estado de bienestar.
Supertramp encontró su particular paraíso en un autobús abandonado donde se asentó con un equipo muy humilde: una bolsa de arroz, un rifle con municiones, muchos libros (de plantas locales, León Tolstoi, Henry David Thoureau, etc.) y equipo de campamento; pero eso sí, rodeado del paisaje paradisiaco de Alaska.

Christopher McCandless experiencia

Lo que le pasó desde entonces no es objeto de este artículo, pues ya está contado. Lo que importa es todo su legado. Alex es la persona que mejor ha definido el término “Felicidad” para este servidor: “La felicidad de la vida proviene de los encuentros con nuevas experiencias, por eso no hay mayor felicidad que tener un horizonte eternamente cambiante, para que cada día tenga un nuevo y diferente sol”.
Supertramp podría haber seguido con una vida rutinaria que le garantizaba una sólida y cómoda madurez. Podría haber vivido de muchas cosas en su camino a Alaska: desde con unos trotamundos que le acogieron en su caravana o con un agricultor con una elevadora de trigo, a trabajar en un McDonalds o intentar ser adoptado literalmente por un anciano solitario impresionado por su carisma. Experiencias y más experiencias que le hicieron ser más fuerte, pero todavía vulnerable como todo ser humano. “Qué importante es en la vida no necesariamente ser fuerte, pero sí sentirte fuerte, midiéndote a ti mismo al menos una vez para saber de lo que eres capaz” (Christopher McCandless)”.
Como Christopher, tengo una ingente necesidad de sentirme fuerte. Conocí la debilidad cuando en el pueblo de abuelo, Maeztu (Vitoria), huí atemorizado de una inofensiva vaca al asiento trasero del Ford Azul de mis padres. Tenía alrededor de 6 años, pero desde entonces, mi relación con la naturaleza no ha hecho más que mejorar hasta el punto de no poder vivir sin ella.

 

Christopher McCandless bus

Pero la naturaleza si puede vivir sin mí, al igual que hizo con Chris. “He tenido una vida feliz y doy gracias al Señor. Adiós, bendiciones a todos”. Alex tuvo tiempo de decir adiós antes de irse para siempre. No. No se suicidó. Si algo amaba él era la vida, una vida primitiva. Su único problema fue tener un turbio pasado (según Chris “hay personas que creen no merecer el amor. Se suelen dirigir hacia los espacios vacíos, para así tapar las brechas del pasado”) y nacer en el siglo equivocado.

 

despedida Christopher McCandless

Sin embargo, debido a esa desgracia muchas personas ven a Alex como una referencia y aunque seguir sus pasos es una temeridad (más de uno ha intentado hacerlo), su experiencia hizo que me replanteara mi futuro.
Así que emprenderé un viaje. Mi primera parada será en Madrid capital, donde viviré alejado del confort familiar. Pero sé perfectamente que no será por mucho tiempo. Tan solo tengo que encontrar mi autobús particular y trabajar para conseguir un final diferente. Un final que de sentido a las últimas palabras de Alex: “La felicidad solo es real cuando se comparte“. 
*Este documental recoge la experiencia de Carine McCandless al visitar el autobús donde su hermano Chris estuvo más de 100 días.

 

Cuestión de sensaciones II


Charlando –de nuevo- con mi pasado más dulce

Tres años después de soñar el abrazo más intenso de mi vida, vuelvo a escribir sobre el enigmático inconsciente para compartir uno de mis sueños, a buen seguro, más recordados y significativos. En un principio, me propuse investigar en la Casa del Libro y después en Internet. Pero no. Esto era una cosa entre él y yo. Y nace de una conversación, más bien sermón, que di a un crío el 9 de febrero de 2012.Gracias

Por entonces, sólo quería aconsejarle de cómo actuar en los próximos 20 años. De lo mucho que envidiaba su sonrisa despreocupada, su ignorancia pero facilidad para aprender y las sábanas de Oliver y Benji con las que, agotado de escucharme, terminé por arroparle y despedirme con un beso en la frente.

Pero ese niño, como ocurrió con el abrazo que tuve con una desconocida soñando, volvió hace unos días para darme una lección. Mejor dicho, volví a visitarle, aunque esta vez fue él quién me ayudó a mí. Era Diego, un bebé grande de 4 kilos vestido de azul y tumbado alegremente en el sofá del piso donde se crió, la Quinta San Fausto. Yo, a mis 26 años, me acerqué sigilosamente pero en seguida contacté con sus ojos marrones oscuros, su tierna sonrisa y cara despejada. Y cuando iba a hablar para retomar la conversación pendiente, simplemente me agarró del dedo índice.

Y me desperté tiritando. Diego, un bebé de apenas unos meses en 1987, me abrió los ojos. A veces no hace falta hablar, preguntarse las cosas o darle muchas vueltas a la cabeza. Basta con seguir tu instinto, pensar con el corazón y actuar. Tengo mucho que agradecerte amigo, porque ahora más que nunca sé que tienes la razón.  Me lo diste todo sin pedirme nada a cambio. Y lo que es más increíble, descubrí que la supuesta desconocida a la que abracé en 2011 es simplemente una persona que me está esperando. 

Se busca guitarra


Esta mañana escuché a un bebé llorar mientras preparaba un Purifier (zumo de zanahoria con manzana, apio y jengibre) en mi trabajo. Y sonreí;  sonreí a carcajadas. Ese llanto es una buena señal. Indica que está sano y, aunque feliz en los cálidos brazos de su madre, necesita algo tan simple como dormir o comer.

Su única manera de comunicarse, hasta ahora, es llorando. Y para completar sus necesidades básicas recurre siempre a este recurso decidido, con energía y dispuesto a no parar hasta que consiga su propósito. Es débil pero persistente, tierno pero decidido. Sin embargo, a medida que se haga mayor, ya en la edad adulta, deberá tomar decisiones, asumir responsabilidades y, en definitiva, saber hacia donde orientar su vida. Y aquí muchos metemos la pata.

De nada nos sirve llorar. Sabemos comer por nosotros mismos y cuando irnos a la cama. Pero, a diferencia del bebé, a veces no somos conscientes de lo que queremos.

La primera cosa que deseé y pedí con desesperación fue una guitarra a los 5 años. Estaba de vacaciones en Sagunto en uno de los veranos más calurosos que recuerdo. A lomos de mi madre, después de pasar por una tienda de souvenirs, vi una guitarra preciosa y la quise con todas mis fuerzas. Mis padres dijeron que no. A cambio, tuvieron que soportar más de cuatro horas de llanto hasta que, sofocado, terminé dormido. 

Quiero una guitarra

Quiero una guitarra

Veinte años después recuerdo con nostalgia este momento que puedo visualizar gracias a las grabaciones de mi padre. No conseguí esa guitarra pero sabía perfectamente lo que quería. Ahora, estoy buscando desesperadamente una “guitarra”.  

Como una persona ninfómana que quiere evitar la horrible sensación de ansiar la práctica del sexo las 24 horas del día (aconsejo la película Shame de Steve McQueen), me mantengo a ocupado base de estímulos. Pero ansío rehabilitarme. Quiero  soñar, hacer algo que me llene, sentir que aprovecho cada segundo de mi vida. Y sé que, poco a poco, con esfuerzo, suerte y la fuerza del destino lo voy a conseguir. No en vano, un año después de mis vacaciones en Sagunto, mis padres me regalaron una guitarra con micrófono en la que canté, mejor dicho tarareé, Oliver y Benji con más fuerza que nunca.

Carlos Ruiz Zafón, en La Sombra del Viento, dijo que “El destino suele estar a la vuelta de la esquina. Como si fuese un chorizo, una furcia o un vendedor de lotería: sus tres encarnaciones más socorridas. Pero lo que no hace es visitas a domicilio. Hay que ir a por él”. Cada día me identifico más con esta frase. Aún no he encontrado mi destino. Pero de fondo me parece escuchar una hermosa melodía. Creo que es una guitarra. A por ella.

Eclipsado


Temo dejar de ser quien soy

 

“Dieguito es la persona qué conozco que más ha cambiado en la carrera”. Son palabras que Pablete, uno de mis mejores amigos y hermanos con el que tantas experiencias he compartido, me suele repetir cuando hacemos una quedada Chill out. No sé si es por esta época de incertidumbre, pero las conversaciones con la gente que me rodea cada vez son más profundas, sinceras y con ese punto de emoción que a unas veces gusta y otras incomoda.

Incomoda porque recordamos el pasado. Recuerdo mis veranos en Oropesa del Mar (Castellón) con toda mi familia, un hecho que ya no se puede repetir por diversas circunstancias. Recuerdo el hormigueo que sentía cada Navidad y recuerdo la primera vez que entré en una clase de Periodismo, un 3 de octubre de 2005 donde tuvo lugar un eclipse solar. No sé si ese eclipse anticipaba la llegada de una saga cinematográfica, bajo mi punto de vista lamentable (Crepúsculo), o una época gris para los estudiantes y en definitiva todos los españoles que habíamos recibido el primer lustro del nuevo milenio con el Euro y toda la ilusión del mundo.

Eclipse 2005

Perdón por lo de Crepúsculo, pero afortunadamente no he perdido ni un ápice de mi sentido del humor. No así con el optimismo. El pasado 24 de diciembre, cuando me tocó el turno en la “ronda de los deseos” del nuevo año, no supe que decir con una copa de sidra en la mano. Unos se referían al amor, otros al trabajo, viajes y próximos proyectos. Y todos, evidentemente, mencionamos la salud. Pero cuando me tocó ser egoísta y hablar sobre mí, simplemente no supe que decir.

Ese jodido vacío, esa sensación de hastío, la tuve, creo que por primera vez, trabajando como fregaplatos en el Hotel Hilton de Londres, Park Lane. Mientras limpiaba los carritos de room service agachado y con un mono sucio, le dije a Hermino, gallego de 61 años y una gran persona, “Hermino, nunca pensé que después de seis años estudiando iba a acabar de rodillas”. Los dos nos reímos mucho, pero por dentro me estaba descomponiendo.

Y si escribo estas palabras es porque me niego a aceptarlo. Puede que los políticos españoles, los bancos y los mercados nos priven de tener un trabajo, un mayor poder adquisitivo o unas vacaciones merecidas, pero nunca, nunca podrán intervenir en nuestra felicidad más directa. Un paseo por el campo con la familia, una cena improvisada con tu mejor amigo, una conversación sobre los motes de los vecinos con el abuelo, etc. Por poner un ejemplo, quizá inadecuado, aunque el autor de la matanza de Noruega esté en la prisión más lujosa del mundo, por muchas comodidades que tenga, no tendrá durante mucho tiempo uno de los valores más preciados por la humanidad: la libertad. Nunca os quitarán el derecho a ser felices.

Es tiempo de reconvertirse. Temo que se me olvide ser periodista con el paso del tiempo, temo dejar de ser el hombre en el que me he convertido gracias a cada una de las personas que ha pasado por mi vida. Temo no vivir más momentos como el de Oropesa del Mar. Pero lo que de verdad me da miedo, es que un puñetero eclipse, como una piedra en el camino, no me deje ver lo que de verdad importa: que siempre hay una oportunidad.

Aunque un poco tarde, ya tengo el deseo “egoísta” para 2013: una nueva oportunidad. Smile. 

341


Three – Four – One. Parece un código secreto o la denominación del típico avión norteamericano en el que Harrison Ford tiene que salvar como Presidente de EEUU a sus pasajeros o un grupo de personas infelices que acaban “Lost” en una isla mágica.

Pero no es más que el nombre de un autobús que transporta al día cientos de pasajeros desde Conde de Casal hasta Velilla de San Antonio pasando por Mejorada del Campo. Y esto no es la televisión, sino la realidad.

Aún sin mi coche, el pasado lunes emprendí otro curso gratuito en la Escuela Superior de Formación. Esta vez de inglés. El segundo día tuve que faltar. Tenía una entrevista para vender contratos de una conocida compañía energética a la que acudí a pesar de los sabios consejos de mi admirada Maruja Torres en El País Semanal: “Por mi experiencia, uno aprende a odiar a la mencionada compañía. Se muestran groseros y perdonavidas. A la gente la ha acostumbrado a abrirse camino a puñaladas en la jungla por un triste jornal o una triste comisión. Les dan cursillos de motivación y agresividad. Y luego los lanzan a la caza”, escribió la famosa periodista en su columna.

Y tenía razón. Sin sueldo fijo, trabajaría desde las 8:00 hasta las 19:30 de la tarde, un periodo en el que recibiría el cursillo (ellos lo llaman de formación) y los consejos de un coordinador para después soltarme a la caza (ellos lo llaman trabajo). Así que desestimé esta posibilidad menospreciando mi acuciante deseo de abandonar el paro de una vez.

Después de finalizar una licenciatura de periodismo, estudiar y trabajar durante tres meses en el extranjero, realizar un máster y cuatro cursos de formación desde junio de 2010, estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa, pero anhelaba una oferta que me permitiera crecer como periodista y como persona. 

Periodismo

Graduación de periodismo en la Facultad Ciencias de la Información de Madrid. Junio de 2010.

Y llegó. Recibí la propuesta en la mañana del jueves para realizar la entrevista esa misma tarde. Me preparé física pero no psicológicamente. No pude ni mirar la página Web de la empresa por falta de tiempo pero sí asumir una postura: la de la sinceridad. No me hizo tomar falta la pastilla (veritaserum) que el profesor Snape tenía en la saga Harry Potter para obligar a los alumnos a decir la verdad.

Dije que aportaría mi ignorancia secundado por la frase célebre de este blog: “aprendiz de todo, maestro de nada”. Que acudiría al “efecto esponja” para absorber todos los conocimientos y así aportar mi creatividad, dinamismo, perseverancia y la versatilidad en el trabajo en equipo. Yo soy quién mejor conoce mi DAFO, mis puntos fuertes y débiles.

De esta forma, salí contento y tranquilo de la entrevista. Mi madre, que me esperaba en un centro comercial, aún más. Encontró un vestido caro en oferta y ya tenía algo que ponerse en ese encuentro social a veces tan tedioso conocido como boda. Además, apreció un brillo optimista en los ojos de su hijo. 

Al día siguiente, me despedí de mis compañeros de inglés, subí al 341 y, aunque ya no necesitaba el billete sencillo para pedir la beca de transporte del curso, lo guardé como de costumbre. Me senté en mi parte favorita del autobús, cuatro asientos que emulan la cabina de una noria. Apoyé los pies en el asiento y miré al paisaje casi desértico.

De repente, a un kilómetro de Mejorada del Campo, tuve una llamada. El tono “I Like it” de Enrique Iglesias sonó enérgicamente. Y como Charlie y la fábrica de chocolate, recibí un billete para cumplir un sueño, para hacer algo que llevaba deseando hace mucho tiempo, un ticket para ser feliz.

Han pasado dos semanas de un accidente en el que choqué contra la cobardía, la confianza y el respeto. No sé si es cosa del destino pero el viernes fue el día en el que volví a sonreír. Y como nunca.

Autobús

Ticket del 341

No he creído oportuno dar detalles del trabajo. No sé cuando tiempo estaré ni si responderé a las expectativas. Sólo sé, que esta oportunidad, “mi oportunidad” como dijo mi brother Pablete y la canción que me dedicó de Taxi, es la de todos aquellos compañeros del periodismo (y en general) que luchan por hacerse un hueco en un momento tan complicado. No lo dudéis, el trabajo de un parado es buscar trabajo y para ello hay que insistir, formarse y sobre todo, ser vosotros mismos. 

Cambio de paradigma


Yo, yo mismo y la creatividad

Últimamente escribo basándome en mis propias experiencias. Aquello en lo que más puedo aportar como periodista y como persona. Por eso, el siguiente artículo está inspirado en un curso realizado entre el apogeo del movimiento 15M y una temporada de autoevaluación, autocrítica y resentimiento por mi parte.

El curso lleva por nombre “Creatividad”. Lo diré otra vez, “Creatividad”. Me gusta esa palabra. Pero, ¿Por qué estaba ahí? Alma, mi profesora durante dos semanas, lo resumió perfectamente: “Vivimos en un proceso de aceleración histórica. La creatividad es necesaria para adaptarnos a la crisis y captar nuevas oportunidades. Crear o morir. Y aquí, intentaremos reconectar con nuestro ser creativo, porque todos lo tenemos”.

Lo reconozco. También hice el curso para alargar la llegada de la agonía de la inactividad. Pero en gran parte, es por una de las frases célebres de este blog: “Aprendiz de todo, maestro de nada”. Empiezo bien, pues el conocimiento multidisciplinar es una de las máximas de la creatividad. Como la perseverancia, el inconformismo, la curiosidad o el entusiasmo. Todas ellas las tengo. O eso creo.  

Pero hay otros puntos que me faltan, como la capacidad intuitiva o la confianza en uno mismo. Y no me da vergüenza decirlo, porque sin darme cuenta, ya estoy utilizando una de las numerosas técnicas de creatividad: algo así, como un análisis DAFO. Pero no es mi intención aburriros con la teoría.

Lo que quiero es pellizcaros y despertar el hemisferio derecho, donde está la imaginación, la creatividad o lo subjetivo sin olvidarse del izquierdo, es decir, lo racional, analítico, lo verbal… Más que nunca es necesaria una combinación de los dos en un mundo exageradamente zurdo en este sentido.

Creatividad

La creatividad consiste en tener una actitud transformadora

¿Alguna vez os habéis preguntado por qué estudiamos en la escuela matemáticas, lenguaje o historia olvidándonos de la cocina, el baile y otros conocimientos? Cierto, siempre nos quedará “Dibujo”. Pero un dibujo riguroso. Una sociedad que castiga el error y elimina la creación de ideas o lo que es lo mismo, no permite al niño salirse de la raya con el pincel o dibujar aquello que le plazca. Y es que el fracaso, como el error, no es fracaso, sino aprendizaje.

A veces es necesario arriesgar, permitirse el lujo de equivocarse. Así, nos podemos encontrar con grandes descubrimientos como Cristóbal Colón y América o Erikson y la bombilla (más de 1000 veces intentó el genio crear dicho producto). Para eso, también hay que salir del estado de confort, evitar el complejo marioneta y no caer en el hábito o la rutina. Ideas no faltan: desde sentarse en clase en distintos sitios a lo largo del curso a cambiar los objetos de lugar en tu casa como hacía el pintor Pablo Picasso.

De esta forma, se puede concluir que la creatividad es una cuestión de actitud transformadora (ausente en muchos políticos). En vez de decir a ver que pasa, hay que decir a ver que voy a hacer. Cuestionarse las cosas, reinventarse. Ser proactivo y no reactivo. Buscar desafíos, oportunidades y saber aprovecharlas. 

HomerSimpson

Todos tenemos un ser creativo

¡Quieto parao! Me dice el otro Diego. Pides mucho. También me gustaría tener un cuerpo de maniquí o aprender alemán y chino para optar a más empleos; pero solo sé castellano y nivel intermedio (como decimos todos) de inglés. ¿O se puede conseguir?

Depende artista, “si quieres puedes”. “¿Has tenido la sensación de estar haciendo algo que te gusta tanto que pierdes hasta la noción del tiempo?”; “Pues eso me está pasando a mí en este artículo”. Y a esto se le llama “Fluir”, según un profesor de psicología de la Universidad de Claremont (California) y cuyo nombre casi no me atrevo a escribir: Mihály Csíkszentmihályi. Exótico, ¿verdad?

Consiste en un estado de auténtica y plena felicidad. ¡Vaya! Sin darme cuenta ya lo conocía. Cuatro años después pongo nombre a un término que inventé junto a mi gran amigo Héctor: “Alegría involuta”. “¿Me puedes explicar eso?”. “¡Claro! Mira, esta es la introducción: “En los últimos tiempos se ha utilizado con frecuencia la expresión “¡Qué alegría! cuyas derivaciones fueron creadas en el año 2007 por Diego Ochoa de Alda Gutiérrez con la expresa colaboración de sus compañeros universitarios, en especial de Héctor M. D.”. Y entre ellas está alegría involuta, es decir, satisfacción inmensa y plena.

idea

Nunca subestimes una idea

“Tío, en eso eres un experto. Aún me dan ganas de darte una colleja cuando das la vuelta a palabras como opaco (y dices oluís), yacimiento (o luego digo la verdad), sincero (o con uno)… o me hablas de tus deseos disparatados como: “Hacer un botellón de zumos y batidos”, “Bailar como Joaquín Cortés” o “dirigir un acto colectivo sobre una gilipollez”.

“Es posible, otro Diego”. Pero no todo es reírse. También, sin darme cuenta, en el anterior artículo de Lagunas del periodismo (blog que te aconsejo) utilicé la técnica de crear en sueños. Con ella se intenta aprovechar el poder creativo del sueño. Numerosos científicos y poetas han recalcado continuamente esta posibilidad. Entre ellos, Salvador Dalí.

“Interesante”. “Yo pensaba que la creatividad era un lujo y ahora resulta ser una realidad cotidiana”. Exacto, amigo. Hay muchos mitos entorno a la creatividad, como que es un don, cosa de locos, jóvenes o de personas antisistema. Pero para reconectar con nuestro ser creativo, basta con observar las cosas, tener empatía, asumir riesgos y, resumiendo, ser curioso, muy curioso. Como dice Roger Von Oech, un experto en esta materia, “Hágase el tonto, rompa las reglas, deshágase de su libro de respuestas, busque respuestas erróneas, busque la ambigüedad, cometa errores,….y ¡vuélvase creativo!”.

“Te veo bien Diego, te veo bien”. “Creo que este curso te ha servido más como persona que como profesional. Has conocido gente, desde psicólogos a diseñadores o ingenieros, te has sentido en tu salsa aportando ideas (como denominar a un posible grupo de rock Homicidio Musical), has bailado, cantado, escrito e incluso realizado una obra de teatro. Un apunte,  ¿Cómo se despidió de ti la profesora?”.

“Bueno, me dijo adiós chico súper creativo”.

“Alegría involuta”.

“¡Pues sí!”

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