A principio de los años 90 subí por primera vez a un avión. Fue a Mallorca, uno de los destinos vacacionales más importantes del mundo, aunque para mí lo mejor fue contar osos polares desde la ventanilla mientras mis padres se esforzaban en explicarme que eran nubes en realidad.

Del viaje recuerdo pocas cosas. Una, y muy levemente, la habitación del hotel. Y otra, el Bollycao que mi madre me compró pero que nunca llegué a comer; ya que al abrir el envoltorio descubrí, con envidia, que mi hermana prefirió guardárselo para más tarde. De ahí nació un pique infantil con el fin de ver quién aguantaba más y que terminó en dos Bollycaos duros en la basura y todo, por no disfrutar de las cosas en su momento.

bollycao

Como si de un cuento corto se tratara, he ahí una paradoja. Aunque el mundo de ahora es mucho más rápido y prima la inmediatez por la influencia de la tecnología, si volviese a estar en esa situación, no solo no hubiese desperdiciado el Bollycao por eso, sino por una actitud que he aprendido por los reveses de la vida: hay que vivir deprisa.

Recuerdo esa frase en el MySpace de una chica que conocí durante un campamento de verano en Huelva. Formaba parte de un texto conmovedor en el que explicaba como su novio adolescente rompió la relación con ella de forma fría y tajante escondiendo que le quedaban pocos meses de vida; pero que la quería, y al final pudo decírselo antes de irse para siempre.

Podría seguir comentando malos momentos en los que he sido partícipe, como ocurre con alguno de los últimos post del blog, pero sería lanzarme latigazos cuando lo único que quiero es pegar un puñetazo sobre la mesa, aunque me duelan ya los nudillos. 

A ver si lo consigo. En verano, durante los tres meses que estuve en paro, fui una tarde al cine sin compañía por primera vez en mi vida. Tenía ganas de ver la película “Rumbos” y era el Día del Espectador. En una de las escenas, Manu pregunta a Koke, mientras éste conduce una ambulancia de madrugada por Madrid: ¿Tú que tomas para ser tan feliz?”. A lo que contesta: Decisiones”.

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Qué gran verdad. ¿Sabéis? Últimamente me han dicho que estoy loco por algunas decisiones que he tomado, aunque sigo teniendo la sensación de que la incertidumbre, el miedo o la apatía siguen influyendo de alguna medida en mí a la hora de dar un paso adelante. O quizás me exija demasiado.

No lo sé. Lo único que quiero expresar, en vísperas del comienzo de un nuevo año, es la importancia de atreverse, de hacerse notar en la vida al igual que en un trabajo, solo que la progresión personal siempre, o al menos en mi caso, te aportará más que la laboral.

Si quieres declararte a una persona, hazlo; si quieres cambiar de trabajo, hazlo (aunque a veces necesites un empujón), si quieres mudarte poniendo todo patas arriba, hazlo. No esperes a recibir noticias duras e irreversibles ni a los propósitos de año nuevo para vivir deprisa.

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Al abrir el envoltorio del Bollycao, aunque al final no lo pude disfrutar, si recuerdo sonreír con el cromo de los Simpsons que venía, porque no me lo esperaba; al igual que cuando tomo una decisión, antes de que se dejen ver sus consecuencias, no sé con qué me voy a encontrar. Unas veces sonrío y otras aprendo. Pero aunque me cueste, las tomo. O eso intento. Como el Bollycao que me tenía que haber comido en Mallorca.

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