El Gobernador de las Islas Marianas


¿Qué entiendes tú por escribir?

 

Hay verbos que resultan tan obvios y están tan asentados en nuestra vida cotidiana que no necesitan definición. Pero si te paras a pensar, con algunos de ellos es difícil encontrar a dos personas que digan exactamente las mismas palabras, como ocurre con “amar” y “viajar”. Y en esta segunda clasificación, aunque muchos la situarían en la primera, para mí está “escribir”.

 

La definición más común para la RAE es “representar las palabras o las ideas con letras u otros signos trazados en papel u otra superficie”. Qué fría y automatizada es, ¿verdad? Una más acertada y que yo compartí en el post de Charlando con mi pasado más dulce salió de “Diario Médico”: “Escribir es una forma de hablar sin ser interrumpido”. Pero han pasado cinco años desde este artículo y aunque las palabras permanecen, las personas cambian.

 

Escribir y quizás dentro de un nuevo lustro cambie de opinión, es simplemente desarrollar tu capacidad asociativa, una forma de plasmar tus recuerdos y sentimientos para autoconvencerte de lo que piensas, estés o no equivocado. Y para ti, seguramente signifique otra cosa. Pero lo importante es que tengas tu propia definición.

 

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Una vez, en la asignatura de “Periodismo de Agencias” (allá por 2009), el profesor nos dijo que tarde o temprano se nos olvidaría escribir. Acertó, sobre todo por tener un teclado allá donde vayamos. Qué lástima que todos sepamos escribir el teclado y no tocarlo como en el piano. O qué, por culpa de la firma electrónica, perdamos la costumbre de firmar a mano con un simple garabato que en ocasiones puede reflejar una compleja personalidad si entiendes de grafología. Qué tiempos aquellos en los que escribíamos cartas a personas que nos importaban y ahora intentamos impresionar, a veces por compromiso, con felicitaciones navideñas virtuales.

 

Perder la costumbre de escribir a mano es una realidad que por el progreso del ser humano diría que hay que aceptar. Pero lo que más temo es que perdamos el concepto y que veamos como algo normal la definición de la RAE.

 

No hace mucho, tras una felicitación navideña hecha a mano de quién considero que tiene la letra más bonita que he visto hasta ahora, dije a mi padre con sorna que él no sería útil en una mesa electoral por el tiempo que dedicaría a escribir con pulcritud el nombre de cada votante. Ahora guardo esa felicitación en el cajón de mi mesilla. 

 

No hace mucho, no sin ayuda, le regalé un árbol genealógico impreso para que continuara su proyecto número uno desde su jubilación; y que ha dejado momentos graciosos como nuestro supuesto antepasado que fue Gobernador de las Islas Marianas.

 

Islas Marianas

Me río de mi antepasado pero seguro qué él sabía escribir mejor que yo. Y que además, sabía perfectamente lo que significaba ese concepto.

 

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La sirena


Uno de los pocos buenos recuerdos que tengo de mis 8 años en el Colegio Público Jarama de Mejorada del Campo, es la música clásica de Mozart, Beethoven y compañía que servía como sirena para advertir de la hora de entrada y salida de la jornada escolar; una melodía que venía como anillo al dedo para la época más tranquila y despreocupada de la vida: la infancia.

 

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Generación del 87 del Colegio Público Jarama. A la izquierda, servidor.

 

El cambio al instituto con 15 años era un anticipo del futuro estrés en la edad adulta, empezando por la típica sirena que nada la diferenciaba de la de una cárcel. La verdad es que mi profesora de música podría haber propuesto algo parecido a lo del Jarama, pero lo único que aprendí de sus clases fue a tocar la flauta, lo que lleva a preguntarme por qué se obliga a los niños a utilizar solo dicho instrumento en esta asignatura, y la historia de la música clásica, pero no a escucharla como en mi niñez.

 

Cerca de cumplir los 30 y quince años después desde que entrara al instituto, han cambiado muchas cosas. De escuchar música clásica para entrar al colegio a ir aislado al trabajo con los cascos y las canciones que quiera gracias al Smartphone. De avisarme cuándo empezaban y terminaban las clases a asumir la responsabilidad de cumplir una jornada laboral.

 

No creo que esta reflexión sea fruto de la crisis de los 30; me siento afortunado por cumplir años con buena salud y crecer (yo no lo llamo envejecer), como me dijeron hace poco, consiste en ir cumpliendo etapas, como por ejemplo, terminar los estudios.

 

Cada una de estas etapas sirve de aprendizaje y seguro que la de los estudios no es exclusivamente el tema de la sirena del Colegio Público Jarama. Siempre me gusta ir más allá, desde el juego de palabras absurdo a conclusiones en un principio difíciles de llegar. Y esa vez, echando un vistazo por casa, me doy cuenta que esa sirena con música clásica que me transmitía calma y felicidad, está conmigo, solo que se ha transformado en pelirroja y tiene un acento muy especial, aunque no cante música clásica.

 

Sirenita

El Bollycao que me tendría que haber comido en Mallorca


A principio de los años 90 subí por primera vez a un avión. Fue a Mallorca, uno de los destinos vacacionales más importantes del mundo, aunque para mí lo mejor fue contar osos polares desde la ventanilla mientras mis padres se esforzaban en explicarme que eran nubes en realidad.

 

Del viaje recuerdo pocas cosas. Una, y muy levemente, la habitación del hotel. Y otra, el Bollycao que mi madre me compró pero que nunca llegué a comer; ya que al abrir el envoltorio descubrí, con envidia, que mi hermana prefirió guardárselo para más tarde. De ahí nació un pique infantil con el fin de ver quién aguantaba más y que terminó en dos Bollycaos duros en la basura y todo, por no disfrutar de las cosas en su momento.

 

bollycao

Como si de un cuento corto se tratara, he ahí una paradoja. Aunque el mundo de ahora es mucho más rápido y prima la inmediatez por la influencia de la tecnología, si volviese a estar en esa situación, no solo no hubiese desperdiciado el Bollycao por eso, sino por una actitud que he aprendido por los reveses de la vida: hay que vivir deprisa.
 
Recuerdo esa frase en el MySpace de una chica que conocí durante un campamento de verano en Huelva. Formaba parte de un texto conmovedor en el que explicaba como su novio adolescente rompió la relación con ella de forma fría y tajante escondiendo que le quedaban pocos meses de vida; pero que la quería, y al final pudo decírselo antes de irse para siempre.
 
Podría seguir comentando malos momentos en los que he sido partícipe, como ocurre con alguno de los últimos post del blog, pero sería lanzarme latigazos cuando lo único que quiero es pegar un puñetazo sobre la mesa, aunque me duelan ya los nudillos. 

 

A ver si lo consigo. En verano, durante los tres meses que estuve en paro, fui una tarde al cine sin compañía por primera vez en mi vida. Tenía ganas de ver la película “Rumbos” y era el Día del Espectador. En una de las escenas, Manu pregunta a Koke, mientras éste conduce una ambulancia de madrugada por Madrid: ¿Tú que tomas para ser tan feliz?”. A lo que contesta: Decisiones”.

 

rumbos

Merece la pena ver el vídeo. ¡Haz click en la imagen!

Qué gran verdad. ¿Sabéis? Últimamente me han dicho que estoy loco por algunas decisiones que he tomado, aunque sigo teniendo la sensación de que la incertidumbre, el miedo o la apatía siguen influyendo de alguna medida en mí a la hora de dar un paso adelante. O quizás me exija demasiado.

 

No lo sé. Lo único que quiero expresar, en vísperas del comienzo de un nuevo año, es la importancia de atreverse, de hacerse notar en la vida al igual que en un trabajo, solo que la progresión personal siempre, o al menos en mi caso, te aportará más que la laboral.

 

Si quieres declararte a una persona, hazlo; si quieres cambiar de trabajo, hazlo (aunque a veces necesites un empujón), si quieres mudarte poniendo todo patas arriba, hazlo. No esperes a recibir noticias duras e irreversibles ni a los propósitos de año nuevo para vivir deprisa.

 

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Al abrir el envoltorio del Bollycao, aunque al final no lo pude disfrutar, si recuerdo sonreír con el cromo de los Simpsons que venía, porque no me lo esperaba; al igual que cuando tomo una decisión, antes de que se dejen ver sus consecuencias, no sé con qué me voy a encontrar. Unas veces sonrío y otras aprendo. Pero aunque me cueste, las tomo. O eso intento. Como el Bollycao que me tenía que haber comido en Mallorca.

 

Movimiento


“Hay que seguir adelante teniendo en cuenta lo que hay a nuestro alrededor”.

 

“¡Papá la pierna!” Cuantas veces habré echado la bronca a mi padre por interrumpir mis horas de estudio con ese dichoso ruido. Ese tic nervioso que consiste en mover continuamente la pierna de arriba a abajo como si estuviera tejiendo compulsivamente, aunque su rostro refleje una tranquilidad pasmosa.

 

Y ahora, mientras escribo este artículo, me doy cuenta de que he caído en la misma trampa. En realidad ya lo sabía de antes, desde mi primer trabajo en la Cadena Ser allá por 2010, pero últimamente ese pisoteo se ha vuelto más frecuente, aunque en mi caso, sea más bien por una mezcla de inquietud e hiperactividad .

 

Dicen de Michael Phelps que para aliviar su Trastorno de Déficit de Atención de Hiperactividad, comenzó a nadar desde niño. Yo no soy ningún deportista de élite, voy al gimnasio, salgo a correr, juego al fútbol, nado y hago pilates. Pero también aguanto poco tiempo remoloneando en la cama, desayuno, como, meriendo y ceno cómo si me fuesen a quitar el plato, ando rápido a todos los sitios, hablo a veces sin pronunciar y por supuesto, hago el dichoso ruido con la pierna. Solo que, a diferencia de Phelps, de niño yo era muy tranquilo y ahora, como dice mi madre, el “trastorno” que tengo es el de “Culo Inquieto”. 

 

michael phelps

 

Me cuesta encontrar un punto intermedio; la mezcla entre ser impulsivo o racional, tranquilo -como aparento- o hiperactivo; en definitiva, alcanzar una temperatura de vida ideal como en las Islas Canarias. A veces pienso que es por vivir en Madrid capital, cuando siempre he sido más de pueblo, otras por no tener un trabajo más físico y menos intelectual, y otras, por situaciones y momentos que desconozco muy bien cómo afrontar. Quizás es un poco de todo, y si es así, teniendo en cuenta una vez más que de niño era muy tranquilo y pacífico, me pregunto si he aprendido a crecer. Y no hablo del síndrome de Peter Pan. 

 

El otro día dije a una persona, de las pocas que consiguen pararme la pierna, que a pesar de las circunstancias y de las irreparables malas noticias “hay que seguir adelante teniendo en cuenta lo que hay a nuestro alrededor”, como un soldado avanzado para asegurar un perímetro.

 

cafe

 

El movimiento. Abusando de él físicamente es cuando más activo, útil y vivo me siento. Pero también está presente en la toma decisiones, como aceptar un nuevo rol en tu puesto de trabajo o pasar de vivir en un piso a tener un hogar. Yo me entiendo. Lo que no entiendo, y quizás ahí es cuando no he aprendido a crecer, es por qué la vida priva completamente de disfrutar de ese movimiento a 900 personas al año en España. Personas por las se vaciaron cubos y cubos de hielo hace unos años, reflejando de forma no intencionada el dicho de “un jarro de agua fría” que supone estar en esa situación. Personas que antes veías en los medios de comunicación y ahora están más cerca de lo que nunca pudiste imaginar.

 

Para aliviar esa frustración no encuentro otra salida que seguir moviéndome y si algo he sacado en claro mientras escribo estas líneas es que lo de la pierna, en mi caso, no se trata de un tic nervioso, sino de una forma de expresar que quiero pisar el acelerador. Vivir deprisa. Porque no me importa correr si sé donde voy, aunque por el camino me encuentre con cosas que me dejen paralizado. Seguimos. Movimiento.

 

 

Año 2000


Año 2.000. Aún me acuerdo de Matías Prats informando del trabajo de los servicios de limpieza en la Puerta del Sol de Madrid después de la celebración de Nochevieja. Era solo un número, pero el inicio de un nuevo milenio suponía un gran cambio para todos, no solo de moneda, sino de mentalidad después de un siglo de guerras, hambre y falta de libertad.

 

año 2000 

Ese verano fue para mi el último en el Colegio Público Jarama de Mejorada del Campo antes de pasar al instituto, pero sobre todo, el último en el piso donde viví los primeros 14 años de mi vida. Para no ser una carga en la mudanza, mis padres me enviaron junto a mi hermana y a mi prima (y también vecina porque se mudó a nuestro lado) a un campamento en la Sierra de Madrid.

 

Cuando volví, me encontré con un chalet adosado recién construido y lo primero que hice fue comprobar que mis ahorros seguían en la hucha donde los dejé. Pocos días después, camino de ver a mis primos en el Ford Sierra rojo, mi madre notó que estaba algo triste: “Eres una persona a la que le cuesta adaptarte a los cambios”, me dijo. Pensé que era algo temporal, ya que en el enorme patio interior del piso (y con un árbol al que dediqué este artículo) no me faltaban amigos con los que jugar; amigos de los que me distancié al cambiar de vivienda. Pero parece que es algo de mi personalidad. 

 

Es cierto que tengo dificultades para adaptarme a los cambios (a veces pienso, ¿quién no las tiene?), pero a diferencia de mi época adolescente, no tengo miedo a ellos. Antes, con 16 años, solía comprar un Cornetto de fresa en las fiestas de mi pueblo y dar una vuelta para hacer ver a mis padres que tenía amigos (más allá de Juancar -al que ya no veo- y Carlos) con los que salir. Ahora y por primera vez en mucho tiempo, celebré mis 29 años rodeado de mucha y muy buena gente, aunque faltaron algunos más por las vacaciones. 

 

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Algunos de los invitados en mis 29 cumpleaños

 

Si tengo esos amigos, es debido a las decisiones que he ido tomando en todos estos años. Decisiones que repercuten en cambios. Cambios en mi personalidad (intentar ser más valiente, voluntarioso, abierto…) y en mi vida (trabajar en Londres, vivir en Madrid…), pero siempre con mi familia a mi lado. Cambios que hacen, 16 años después de ese campamento, que me encuentre finalizando mi tercera mudanza en Madrid y que mi prima (sí, la del campamento) esté ultimando los preparativos de su boda.  

 

Una mudanza, que se case un familiar, quedarme sin trabajo, viajar al extranjero… son cambios y experiencias que me podía imaginar. Lo que nunca pensé, es que en la noche del 5 de agosto de 2016, se iba a presentar sin avisar en mi casa y en mi cumpleaños, el que quizás es el cambio más importante. Un cambio, y al que no me está costando adaptarme, que ha sabido ver todo ese progreso que he intentado conseguir desde llegué del campamento con 14 años y una casa nueva. 

 

la felicidad solo es real cuando se comparte

Tengo la sensación, que la frase a la que tanto me apego para describir la profesión de periodista de “aprendiz de todo, maestro de nada”, va mucho más allá. Vivir, como ocurre con los Pokemon (ahora que está de moda Pokemon Go), es una constante evolución donde la humildad, la paciencia, la iniciativa y las ganas de aprender juegan un papel fundamental para conseguir nuestros objetivos: una buena casa, un buen trabajo, unos buenos amigos… Pero todo eso no se fortalece, no llega a tener todo el sentido si, como dijo el gran Alexander Supertramp, no se comparte. “Porque la felicidad solo es real cuando se comparte“. Y yo, por fin, por primera vez, la estoy compartiendo con alguien muy especial. Que haya llegado más tarde no me importa, solo ayuda a que lo viva con más intensidad. Con la misma intensidad con la que todos los españoles recibimos al año 2000. 

Terima kasih!


Un repaso a mi viaje en Malasia e Indonesia en mayo de 2016

 

Kuala Lumpur (Malasia). 7 y 8 de mayo

 

La humedad de Kuala Lumpur me recordó a las vacaciones de 2003 en Oropesa del Mar (Castellón), donde pasé uno de los veranos más calurosos de la historia.

 

Malasia, según nos contó Peter, el taxista del aeropuerto, se caracteriza por mezclar tres culturas: la malaya – mayoritariamente musulmana-, la china y la hindú, lo que le convierte en un país lleno de contrastes. Desde las omnipotentes Torres Petronas, llamadas coloquialmente allí “Torres Gemelas”, al Helipuerto donde tomamos unas cervezas para disfrutar de las mejores vistas de la ciudad, y siguiendo por algunas calles sin asfaltar, llenas de puestos ambulantes y edificios de dudosa construcción. Una mezcla de ciudad desarrollada y por desarrollar.

 

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Vistas desde el Helipuerto a las Torres Petronas

 

El día y medio que pasamos en Kuala Lumpur nos dio para poco más, aunque destacaría nuestra visita a las cueva de Batu, a la que nos desplazamos en Uber y donde empezamos a entender que éramos diferentes, ya que algunos lugareños se quisieron hacer fotos con nosotros, concentrados en ese momento para que los monos no nos robaran las mochilas.

 

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Cueva de Batu

 

Langkawi (Malasia), 9 al 11 de mayo

 

Aterrizar en Langkawi es algo parecido a la mítica escena de Parque Jurásico al llegar a la isla, solo que en vez de hacerlo en helicóptero y con la banda sonora de John William, yo lo hice en avión y escuchando un documental sonoro sobre Gladiadores.

 

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Aterrizando en Langkawi

El primer día subimos a lo más alto de la isla en teleférico (Langkawi cable car). Por suerte, el cielo estaba despejado y pudimos apreciar la riqueza natural de Malasia, preguntándonos desde la lejanía, si el hombre había puesto su pie en zonas tan agrestes y salvajes. 

 

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Teleférico de Langkawi

 

Después de esta excursión, hubo tiempo para degustar los cocktails y zumos tropicales de la zona en dos bares muy aconsejables: El Mali Mali, y el Thirsday. Apuntad si váis. Y abrid bien los ojos, ya que de camino al hostal nos encontramos con cosas tan increíbles como a un abuelo con sus cuatro nietos subidos en una moto pequeña, quien amablemente nos indicó el camino en medio de la oscuridad.

 

El día siguiente, el último en Langkawi, hicimos la excursión Mangrove, que incluye un viaje en lancha para conocer islas vírgenes donde los monos, ante la falta de alimentos en los árboles, nadan para pescar cangrejos, una visita a una cueva llena de murciélagos y a una piscifactoria en la que se podía meter el brazo entero en la boca de una raya de más de 100 kilos. Aunque lo que más me sorprendió fue como el Capitán de la lancha era capaz de visualizar desde la lejanía a serpientes bien camufladas entre las ramas.

 

Penang (Malasia), del 11 al 12 de mayo

 

Pengang fue posiblemente el sitio menos turístico del viaje, aunque descubrí la riqueza de la gastronomía hindú en un sitio donde tuvimos que comer con las manos, el sueño de cualquier niño.

 

comida hindu en penang


Comida hindú en Penang

 

Por desgracia, apenas atendí en el free tour para conocer la ciudad debido a las altas temperaturas, pero en un momento de lucidez escuché que el arte callejero de Penang -cuyo nombre viene de una fruta- fue iniciativa de un artista lituano hace más de 10 años.

 

arte callejero en penang


Arte callejero en Penang

 

 

Nuestra última parada en la ciudad fue en Penang Hill, donde hay unas vistas espectaculares. Subir fue sencillo, gracias a un innovador tren-teleférico en el que me enamoré de los ojos de una joven con rasgos árabes, aunque más tarde me dijeron mis amigos que llevaba lentillas, toda una decepción para mi; ¡los ojos son el espejo del alma! Pero bajar a pie fue otra historia. 

 

De todas formas, mereció la pena. Sobre todo por la charla que un hombre nos dio desinteresadamente de su religión en un templo hindú. Cómo Shiva representa en la foto el baile del universo, intentamos hacer lo propio en la foto.

 

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Penang Hill

 

Bukit Lawang (Indonesia), una experiencia inolvidable. Del 11 al 14 de mayo

 

El hecho de tener 6 horas de retraso en nuestro vuelo a Medán (Indonesia) con un trekking duro al día siguiente en la selva, bajaron un poco los ánimos del grupo, inconscente en ese momento de todo lo bueno que estaba por venir.

 

Los dos días que pasamos con nuestro guía Johnny (clavado a Mowgli) en la selva de Bukit Lawang fueron impresionantes e inesperados. Vimos 11 orangutanes salvajes; “a ese le he visto 6 veces en 10 años” me dice Johnny, y cuatro especies de monos distintas. 

 

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En el camino hasta el campamento comí la piña más rica del mundo y nos echamos unas risas viendo cómo los guías indonesios intentaban imitarme haciendo el caballo (el propio Johnny me envió un audio al Whatsapp relinchando días después para ver si mejoró su técnica). Ellos, a cambio, nos enseñaron unas cuantas palabras en su idioma y esta canción:

 

Jungle trek, Jungle trek

In Bukit Lawang

See de monkeys, see the snake

See the orangutan

Ey!

 

Una vez el campamento, se puede decir que el esfuerzo tuvo su recompensa. Nos trataron como a reyes, con una cena exquisita y al lado de un río salvaje cuya corriente hacía muy difícil el tomarse un baño, menos para los guías, que se movían como pez en el agua a la vez que fumaban como carreteros. “El tabaco aquí es muy barato. Menos de 1€ la cajetilla”, comenta Johnny, que conforme fuimos ganando confianza nos contó la anécdota más divertida del viaje: “hace dos años ligué con una holandesa y era mi primera vez, por lo que cuando fue a meterse mi banana en su boca la pegué un manotazo pensando que me iba a morder como los monos”.

 

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Uno de los guías, pensativo en el campamento

 

Tras pasar la noche casi en la itemperie, nos bañamos en una cascada antes de bajar al pueblo haciendo rafting en unos flotadores enormes. Tanto Johnny como Jimmy, los más “salaos” de los guías, nos maquillaron con arcilla de las piedras y nos vistieron al más puro estilo hawaiano.

 

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Del 16 al 18 de mayo. Isla Gili Trawangan (Indonesia)

 

Tras pasar la noche en Bali, donde solo nos dio tiempo a ver el barrio de Kuta (similar a Benidorm), cogimos un barco rumbo a la isla Gili Trawangan. A diferencia de Langkawi, Gili es mucho más paradisiaco, con un ambiente festivo y más internacional.

 

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Gili Trawangan

Tuvimos la oportunidad de conocer a varios estadounidenses que, como otras personas de Alemania o Australia, dedicaban un año sabático a viajar por Tailandia, Camboya, Vietnam, Malasia e Indonesia. Toda una aventura enriquecedora que desgraciadamente no nos podemos permitir en España.

 

Uno de esos afortunados estadounidenses, de San Francisco, nos contó en el viaje de vuelta a Bali que al ser su cumpleaños, en un curso de buceo scuba, la monitora le dio un beso en la boca debajo del agua para felicitarle. Bonito, ¿verdad?

 

Aunque hicimos una excursión de Snorkel, desgraciadamente ninguno de nosotros vivió una historia parecida. Pero nos hartamos a ver atardeceres, a bailar por la noche con unos indonesios y a matar cucarachas en el albergue. 

 

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Viendo el atardecer en Gili

 

Del 18 al 21 de mayo. Ubud, pueblo de Bali (Indonesia)

 

Para la última etapa del viaje, la más sagrada, contratamos a unos guías (un matrimonio y su sobrino) que a cambio de un buen precio nos enseñaron muy bien Ubud. Disfrutamos de la Danza Barong y de parte de los más de 10.000 templos hinduistas de la zona; de ahí a que se conozca a Bali (que en indonesio significa “ofrenda”) como la Isla de los Dioses. No en vano, destaca que aunque el 90% de Indonesia es musulmana, en Bali, en cambio, el 80% de sus habitantes son simpatizantes del hinduismo. 

 

 

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Besakih Mother Temple

 

No es de extrañar que Bali signifique “ofrenda”, ya que es difícil no toparse con alguna en cualquier parte: tiendas, coches, árboles y por supuesto, templos. Esta tradición es considerada como un símbolo de piedad y gratitud.

 

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Un hombre pone una ofrenda en un templo de Ubud

 

También tuvimos tiempo de descubrir, gracias a los guías, cómo vive una familia típica en Bali. Es raro no ver un pequeño templo en cualquier casa de clase media e incluso algunas de ellas se permiten vender Café Luwak, es decir, el más caro del mundo y que es obtenido de granos que, tras ser ingeridos por la Civeta, pasan por su tracto intestinal y son expulsados entre sus heces. El precio de un vaso ronda los 3.50€ y para mi gusto es más fuerte de lo normal y un poco afrutado. Merece la pena probarlo. 

 

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Café Luwak

 

Lo último que destacaría de Ubud, además que es de los pocos sitios donde tuvimos oportunidad de comprar algún detalle, son sus gigantes campos de arroz. Al más puro estilo de la película de “El Último Samurai”. Sin embargo, en la última noche de nuestro viaje, no fue arroz lo que cené en Fair Barung Bale, un sitio para cenar altamente recomendado en Tripadvisor y por nosotros. El dueño es un suizo afincado en Indonesia desde hace años que invierte una gran parte de los ingresos del restaurante a su ONG. Una labor social encomiable. 

 

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Campos de arroz en Ubud

 

Conclusión

 

Me acuerdo de hablar con Javi, uno de mis compis de viaje y a quién por cierto rompí sin querer un diente en una fiesta en la selva, que este viaje sería muy reflexivo para tomar decisiones en España. Pero vi tantas cosas, era tan diferente todo aquello, que acaparaba toda mi atención y esa curiosidad infantil que creí perdida. 

 

Si he publicado este post un mes después, fue porque sucedió algo inesperado. Al regresar a Madrid, debido a una reestructuración laboral, perdí mi puesto de trabajo. Y aunque al principio me entristecí, ya que han sido tres años dando mi mejor nivel en la empresa para ser despedido de esa forma, he de decir que estoy feliz. Quién sabe, quizás es la magia de Malasia e Indonesia que empieza a tomar decisiones por mí. Ahora es mi turno. Terima kasih! o en Indonesio, ¡muchas gracias!

 

yo

 

Agradecimientos 

 

Un viaje se recuerda para siempre no solo por el sitio que visitas, sino por la gente con la que vas. Y en este caso, no puedo estar más agradecido a Carlos, por acogernos, aconsejarnos y acompañarnos, a Inés, por guiarnos la mayor parte del tiempo, a Ana, con Inés la gran tesorera del grupo y la número uno en fotografía y a Javi, por su paciencia conmigo todo el tiempo y por invitarme a unirme en esta aventura. Gente TOP!

 

templos

Siento no sentar la cabeza


– “¿Qué tal Jesús?”
 – Bien Diego. Bueno a ver, ¿amor? 100%, ¿salud? 80%, ¿dinero? Ahí vamos… 

 

Hace más de 13 años que conozco a Jesús. Un gran amigo que solía empezar la conversación con este clásico de interrogatorio. Las respuestas no están actualizadas, ya que ahora Jesús va a ser padre de una niña, quiere aún más a su novia, tiene controlada su epilepsia y gana dinero, aunque en unas condiciones bastante malas.
  
Así de “sencilla” es la vida para Jesús: salud, dinero y amor; y sin embargo ha pasado por todo tipo de complicaciones, personales y económicas fruto de la crisis. Tres pilares sencillos muy difíciles de mantener estables y en los que supuestamente nos tenemos que basar para decir la típica frase de: “he sentado la cabeza”.

 

 

Siento no sentar la cabeza

¿Qué es sentar la cabeza? En ningún momento pensé en ello cuando viví en Londres entre 2012 y 2013, mi particular “Las Vegas”, es decir, donde cualquier cosa es posible, donde puedes dejar tu día a día atrás, ser quien quieras ser, divertirte y pasar tus limitaciones y miedos; un paréntesis en tu vida cotidiana. Pero ahora, con trabajo estable en Madrid desde hace más de dos años, mi formación académica casi completa e independizado, volver a Londres sería como volver al mismo campamento de verano un año después. Nada sería como antes.

 

A veces siento ir un paso por detrás de los demás. Siento hacer lo que se supone que debo hacer y no lo que realmente quiero. No consigo entender por qué el concepto de “sentar la cabeza” va ligado a tener un trabajo, independizarse, tener una pareja, vivir con ella, casarse y tener hijos. Quizás es porque no me ha salido bien la tercera parte, es decir, el encontrar a alguien que complete aún más mi vida. Una vida satisfactoria, siempre rodeado de buena gente, pero insuficiente. Y me enorgullece ser realista, porque lo que me importa es que los míos gocen de buena salud, y al mismo tiempo inconformista, ya que lo mejor siempre está al llegar; al menos que llegue un estado frecuente de éxtasis.

 

Como dijo un profesor en la carrera de Periodismo, “la felicidad no existe, solo existen los momentos de felicidad”. Coincido. Ser feliz es recolectar momentos, experiencias y decisiones, aunque a simple vista parezcan insignificantes. Y en el último año, he decidido vivir todos los posibles: viajar a Nueva York, Washington y Boston, reservar un Viaje para Malasia, operarme de los ojos, hacer un workshop con daneses en las oficinas de Google de Dublín, repasarme un tatuaje, ser portero de mi equipo de fútbol, contratar un nutricionista, ir a Fabrik por primera vez, conocer a todas las personas nuevas que pueda y tener cada vez más respeto, pero menos vergüenza.

 

Leí una vez el caso de una periodista norteamericana que lo dejó todo para irse a vender helados a una isla exótica. Decía que “si estás constantemente pensando que necesitas unas vacaciones, quizás lo que necesitas es una nueva vida”. Aún no quiero llegar a tal extremo, aunque me lo he planteado, pero estoy en busca de esa nueva vida a base de impulsos como los del anterior párrafo. Dejar que la racionalidad no gane en la balanza a los impulsos.

 

Por eso, sin darle dos vueltas, decidí publicar hace unas semanas mi primer rap: Miopía, que resume en apenas minuto y medio los últimos acontecimientos de mi vida, con el broche final de la operación de mis ojos en el momento en que necesitaba ver todo con mayor claridad. Curioso, ¿verdad? 

 

Si alguna vez Jesús (para mi Suso), decide volver a preguntarme: ¿salud? ¿dinero? ¿amor? Diré que de lo primero mi familia ha sido golpeada en 2015, pero miramos 2016 con toda la ilusión del mundo, lo segundo no me importa y lo tercero, que quiero y me quiere mucha gente, aunque aún no haya sentado la cabeza. Y sí, siento no sentar la cabeza. Interpretar ese “siento” como “sentir” o “pedir disculpas”, ya es cosa de los demás.

 

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