Baracalofi


¿Se imaginan vivir sin dinero y sin trabajo voluntariamente?

 

Las fiestas de un pueblo, por muy malas que sean, es un idílico analgésico para desconectar de la ruina del país en el que vivimos, ver gente a la que no sueles ver a lo largo del año y recuperar, con unas cervezas de más, antiguas conversaciones o momentos que, en su día, nos produjeron sonrisas a carcajadas.

La mayor parte de estos momentos tiene como causa la sabiduría que no logramos entender de nuestros abuelos, esos que dicen “libiana” en vez de “lesbiana” o “Yugoslava” en vez de “Rubalcaba”. Esos niños ignorantes del moderno siglo XXI con arrugas que llaman “Jairo” a “Rio de Janeiro”, “Tronco Valera” a “Rocco Valera” o “dispensa – dispierta” a “despensa – despierta”.

Pero en ocasiones hay palabras que existen y creemos inventadas por su particular jerga, ya que condicionamos nuestro puro lenguaje a lo que dicta la Real Academia Española. El último de estos términos que salió a la luz en mi caso fue mientras disfrutábamos de una barbacoa familiar durante las fiestas de Mejorada del Campo (Madrid). Y lleva por nombre BARACALOFI.

  • Yayo, ¿qué significa baracalofi?, pregunté desconcertado.
  • El que vive del cuento, contestó con firmeza.

Podríamos relacionar este término con los “ninis”, esa generación que no estudia ni trabaja, unos porque no quieren y otros porque no tienen la oportunidad. Pero prefiero hacerlo con Heidemarie Schwermer, una mujer tan inteligente como posiblemente irresponsable, pero a la que este servidor admira. 

Heidemarie Schwermer lleva más de 16 años viviendo sin dinero

Heidemarie Schwermer lleva más de 16 años viviendo sin dinero

Procedente de Alemania, Heidermarie tomó una decisión radical cuando cumplió 50 años (hace 16): vivir sin dinero voluntariamente. Dejó su trabajo como fisioterapeuta, vendió su apartamento y empezó una aventura que en un futuro sería documentada en la película “Vivir sin dinero”.

Pero, ¿por qué lo hizo? “Me di cuenta de que cada vez necesitaba menos dinero y entonces pensé que podía tratar de vivir un año sin dinero”, afirma la alemana. Y lo que iba para un experimento anual, se convirtió en su apuesta de por vida. “Yo solo quería hacer un experimento y en ese año, pero me gustó mi nueva vida y ya no quiero volver a la vieja”.

Su forma de vida, en un principio criticada por familiares y amigos, consiste en hacer cosas por sus anfitriones, los cuales cambia semanalmente. No acepta propuestas permanentes, ya que “siento que me tengo que ir. Es mi trabajo estar con la gente. Soy como un peregrino de paz. Voy de casa en casa compartiendo mi filosofía”.

Podemos etiquetar a la señora Schwermer, de casi 70 años, de caradura o visionaria. Según ella, “Todos tenemos el mismo origen y que el mundo entero es un solo organismo. Somos pequeñas células y tenemos que trabajar juntos”.

Aunque el baracalofi voluntario es una utopía, hubo un momento en el que, salvando las distancias y las injusticias de la época, todos éramos un sistema con el trueque. Ahora, imploramos trabajo a multinacionales porque necesitamos dinero para poder comer.

Por eso, es necesario valorar a las personas emprendedoras, a los que comparten huertos urbanos y los que ofrecen clases de inglés a cambio de lecciones de tenis. Personas que, de alguna forma, luchan con un sistema egoísta y exigente que nos aleja de nuestra familia y amigos durnate casi diez horas al día, pero al que acuden, sin elección alguna, millones de españoles en la cola del Inem. 

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Bienvenidos al Titanic Hostel


Después de cumplir un mes como Kitchen Porter en uno de los diez hoteles ***** (Paris, hija, paso de poner el nombre) que hay en Londres, esta experiencia me ha servido para hacer las ya comunes y excéntricas comparaciones que suelo realizar en el blog.

Allá por el 15 de agosto acudí a una entrevista pactada un mes antes con Jaroslaw, un polaco que puso un anuncio en el forolondres con un perfecto castellano. Jaroslaw me cogió por tener estudios y cabeza y no sólo músculo, aunque he de añadir que le entregué dos currículum: uno que refleja mi verdadero progreso en el ámbito académico y laboral; y otro tuneado con supuestos trabajos de bar man y reponedor. Él valoró sólo el primero. Y yo le agradecí enormemente que por primera vez, alguien respetara en esta fucking city más de siete años recogidos en una hoja de papel. Además, Jaroslaw mencionó que los dos nacimos el mismo día, el 5 de agosto, y que Leo, como signo del zodiaco, es fuerte, orgulloso, con carácter y trabajador.

Minero de lujo

Nunca mejor dicho. Trabajo, generalmente, seis días a la semana, de 15:30 a 22:30 horas a 6.08 pounds la hora, porque por ley no me pueden pagar menos. Un cocinero español del área en el que estoy, room service, consciente de nuestra situación, me insinuó si como periodista no podría hacer algo. Supongo que desahogarme en Lagunas y apretar los huevos.

Nadie me obliga a seguir aquí, por supuesto, pero quiero demostrarme a mí mismo de lo que soy capaz, aunque mentalmente sea difícil. He pasado de escribir noticias de Paris H. en los 40 principales en 2010 a limpiar para ella en 2012. He pasado de trabajar para una gran consultora a nivel nacional e internacional, a quitar preservativos usados que los clientes, sobrados de dinero pero no de saber estar, depositan en el recipiente que mantiene frío el champán. Como le dije al cocinero, nuestro trabajo se puede equiparar al de los carboneros (no Sara) que estaban en las calderas del Titanic, ya que estamos llenos de mierda en un sitio de lujo, nos encontramos en la última planta y, si pasa algo, somos los primeros en palmarla -o en recibir las críticas mejor dicho-. Y eso que en mi primer día de trabajo hicimos un simulacro de incendios…

Las inmensas calderas del Titanic

En fin, hay que ser fuerte. ¡Soy Leo! What the fuck! Ladies and gentlemen, welcome aboard the Titanic Hostel (que no hotel).

Tic tac


Son las tres de la mañana. Desvelado y con las luces apagadas, escucho Londres, una ciudad que nunca duerme a diferencia del plácido pueblo madrileño de donde provengo, Mejorada del Campo. No es que tenga problemas de insomnio. Es esa vaga sensación de que es imposible descansar al cien por cien en este lugar al que yo llamo ginkana.

Y es que, Londres no hace más que ponerte a prueba. Y no sólo en los trabajos (trial shift) sino en todas las decisiones que tomas diariamente. Supongo que en eso consiste la madurez. En tomar decisiones, pero también en conocer nuestros límites.

De eso saben mucho Usain Bolt y Neil Armstrong. ¿Qué tienen en común ambos personajes? No me desafiéis también vosotros. En otra ocasión comparé a Marco Simoncelli con Manolete en “La velocidad del tabaco”. Volviendo al quid de la cuestión, a raíz del sorprendente y reiterado caso de Doña Cecilia Giménez, el diario La Razón ha publicado un artículo en el que recuerda que, según, Andy Warhol, todo el mundo tiene derecho a tener quince minutos de fama, aunque la anciana reniegue de ella.

Usain Bolt

Sin embargo, Bolt y Armstrong son famosos y han sabido convivir con el éxito y el reconocimiento. Uno, por ser el hombre más rápido del planeta, y además reincidente, y otro por ser el primer ser humano, y por ende también el más “rápido”, en pisar la luna en 1969. Mientras el atleta jamaicano triunfó hace unas semanas en los Juegos Olímpicos de Londres, el histórico astronauta falleció el pasado 26 de agosto a causa de una complicación postoperatoria.

Tanto Bolt como Armstrong pasarán a la historia por cuestión de segundos. ¿No es maravilloso? Ya sé que detrás de esos segundos, de esa primera huella en la luna y esos 9,72 en los 100 m lisos de Pekín 2008, sin olvidar su hazaña en los 200 m, existe una ardua, exigente e intensa preparación, pero no deja de ser fascinante de lo que es capaz el ser humano en un periodo tan breve de tiempo.

Sin embargo, otros han necesitado casi un año para darse cuenta de su incompetencia e inoperatividad, como la Policía Científica en el caso de Ruth y José, al confundir los huesos de los pequeños con los de roedores; o la clase trabajadora de España, ya que, como bien dijo la revista El Jueves en marzo de 2012, el gilipollas de la semana es la clase trabajadora que votó al PP, por pecar de ingenuos creyendo que saldrían ganando con un cambio de Gobierno.

Hablando de tiempo, son las 3:45 en Londres. Me voy a dormir pensando en una de mis frases célebres preferidas: “No cuentes el tiempo. Haz que el tiempo cuente”.

“We are rubbish”


Según el periódico británico “The Telegraph” el himno español está entre los peores del mundo. Desde que se dio a conocer esta noticia el pasado 27 de julio, ningún deportista español ha subido al podio en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, lo que significa el peor arranque de la delegación española desde Seúl 88.

Una de las mayores decepciones ha sido la eliminación de la selección española de fútbol, ese deporte que, tras los últimos éxitos cosechados, dos eurocopas y un mundial de forma consecutiva, ha hecho enorgullecer a toda una nación hasta tal punto, que se ve preparada para todo: “Soy español. ¿A qué quieres que te gane?”. Una pregunta con muchas respuestas, empezando por eurovisión, por poner un poco de humor.

Y es que, por mucho que duela, otra vez un periódico inglés (Evening Standard) ha reflejado de forma intrínseca lo que en el exterior piensan realmente de los españoles: “Somos basura”.

Evening Standard

Una de las cosas que más odio es que se asocie a España única y exclusivamente con los toros, la fiesta y el flamenco, aunque este último me encanta. De hecho, tengo amigos que me han llegado a contar que conocidos suyos extranjeros pensaban que cada hogar tenía un establo con toros.

Ahora, a punto de cumplir un mes de mi periplo en Londres, me he dado cuenta de que los ingleses, o al menos la mayoría, nos ven como un país inferior y arruinado. No importa que científicos españoles avancen en el tratamiento del VIH, siempre habrá noticias malas de la economía española y, cuando hay manifestaciones, de la supuesta violencia y la falta de educación de los españoles.

Y los exiliados tampoco somos los mejores abanderados, sin contar a Pau Gasol, que estuvo magnífico. Por ejemplo, cuando voy a una entrevista de trabajo y me preguntan qué haces en Londres, contesto que “busco las oportunidades que mi país de origen no es capaz de ofrecer”, cuando podría decir perfectamente “que estoy viviendo una nueva experiencia fuera de mi país”. Pero es inevitable. Estamos formados desde el pesimismo y el pesimismo conduce a la inferioridad.

¿En qué sentido? Pues  bien, tras realizar una prueba en el restaurante Le Pain Quotidien, donde trabajé gratis durante 4 horas, descubrí que los runners, es decir, los que se dedican a recoger las mesas, eran españoles, aunque éstos también hacían de camareros, una función que a ellos no les correspondía.

A pesar de todo, y qué fuerte suena, estoy deseando trabajar de runner. Poco importan mis estudios y mi experiencia laboral como periodista. A la mierda con la dignidad. Ahora mismo daría saltos si me contrataran en McDonald’s. Y es que, una vez que has echado más de 40 currículum (face to face) y aplicaciones online, te llegas a desesperar y te das cuenta de la razón que tienen portadas como las de El Jueves, la revista que sale los miércoles.

Portada de El Jueves

Ganamos y paseamos la supuesta y jodida marca “España” con Nadal, Alonso o la selección nacional de fútbol, pero a la hora de la verdad nadie nos quiere a nuestro lado. Podría decir, como el breve del periódico Evening Standard, que We are rubbish, pero prefiero terminar este artículo con una canción de, que curioso, un británico nacido en Líbano: Mika, We are golden.

Como diez bolos rectos


Voy a escribir este artículo al mismo tiempo en el que fluyen mis emociones. Son las 8 de la tarde del 25 de noviembre de 2011 cuando me dispongo a salir a Chamartín para jugar una partida de bolos con mi gente. De repente, un hombre entra por mi puerta y mi madre, que mañana se va de viaje a Nueva York, me dice con la mano en la frente: “No me acordaba que hoy venía el osteópata”.

“Yo tampoco”, me digo a mi mismo. Y no sé por qué. Había decidido poner fin a la escoliosis, una enfermedad crónica que puede impedir que tenga una buena calidad de vida en el futuro. Desde hace unos días llevo una plantilla en el pie izquierdo, me he apuntado a natación y, como en los dos últimos años, no falto al gimnasio. Actos que requieren esfuerzo, sacrificio y tiempo.

Pero en media hora un hombre ha conseguido más que yo mismo en toda mi vida (prudencia, Diego, prudencia). Tiene 48 años, es de Granada, ha estudiado Traumatología y estuvo casi un año en China conociendo a fondo el shiatsu, aunque es algo autodidacta.

 “Me quedan aún cinco pacientes”, confiesa. Pero trabaja con tranquilidad, confianza y placer. Es la primera conclusión a la que llego mientras estoy en calzoncillos tumbado boca abajo en una camilla con aceite de coco extendido sobre mi espalda.

“Tienes una escoliosis de grado 2. Hoy mismo te pondré la espalda recta”. Al principio, obviamente, no le hago mucho caso. Pero, como si tuviera trescientos interruptores en la espalda, empieza a colocar discos, ganglios y demás partes para encender la llama de mi esperanza. “Miren ahora”, dice el especialista a mis padres 3 minutos después.

Mi madre, absorta, esa increíble mujer ignorante que se siente culpable de mi problema (detectado cuando me estaba probando en Zara una americana para un viaje a Marruecos en el año 2005) se da cuenta de que algo está ocurriendo. La columna vertebral está más recta. Yo no lo veo ni lo noto.

Él sigue a lo suyo. Me estira los brazos, pone en su sitio piezas del puzle descolocadas y lo único que me pide es respirar profundo y que no le trate de usted. Se está empleando a fondo. Lo noto en su respiración forzada. Y no creo que sea por mi altura (1.91; quizás ahora algo más) ya que también trabaja con jugadores del Real Madrid, ni tampoco porque no le guste su trabajo: “Disfruto mucho con lo que hago. Tengo una clínica en Guadalajara pero prefiero estar aquí. No quiero estar sentado y recetar medicamentos.  Esto y estar con mi hija de 16 años me da la vida”.

“Vuelvan a mirar”. “Tienes un omoplato más grande que otro y eso no lo puedo remediar. No hago milagros.  Pero lo que he conseguido es que tus omoplatos se hagan ver”.

“Ponte de pie”. Vale. No fue como la escena de Capitán América, pero tuve complejo de Ana Obregón. Estoy recto. “Mañana te acordarás de mí. Tendrás dolores y molestias, no podrás jugar al fútbol el domingo (lo siento Parásitos) y aunque tu espalda intente encorvarse, los omóplatos y la columna vertebral lo impedirán inmediatamente”.

Sentí ganas de llorar. Estaba y estoy en estado de shock. Con la espalda enrojecida, me noto más ancho, las americanas no resbalan sobre mis hombros y a mis padres les brillan los ojos. Me acuerdo de Sonia, la chica de la óptica donde suelo comprar las lentillas que me pasó este contacto que le curó el cuello, de las fotografías que el osteópata me enseñó antes de la sesión sobre sus pacientes, de Granada y de la madre que la parió a mi nuevo traumatólogo: “Mi madre fue mi primer cliente. Tiene fribromialgia de grado 3 y prácticamente chilla cuando la tocas”.

Mi madre, por cierto, también tiene fibromialgia. Esta es la historia, algo desordenada, de un hombre que cobra 30 euros por colocarte la espalda una vez al mes. Seré prudente, pero ojalá los discos, los ganglios y la columna vertebral estén donde les corresponde.  Como diez bolos rectos sin una bola que los pueda derribar.

En la playa hace unos meses

Mi espalda después de la sesión

Alegato a los monumentos gastronómicos


Comer es un estado de humor. ¿Quién no se ha cabreado alguna vez cuando ha cenado un plato de lombarda o comido un simple (pero nutritivo, eso sí), plato de puré? Por eso, en un nuevo artículo en Lagunas del periodismo, se hablará del placer, del sabor, del gusto, de los colores, del mundo, de la comida.

Aún recuerdo con nostalgia cómo mi profesor de redacción periodística mandó, a unos pipiolos recién llegados al nido de la Facultad Ciencias de la Información, que hicieran un artículo de paella. Sí, sí; han oído bien, un artículo de paella.

Empezaré por algo más simple, la patata. Tuve una profesora de historia en cuarto de carrera que nos solía decir, entusiasmada ella, que la patata alimentó a Europa en los siglos XVIII y XIX creo recordar. “¡Hay que hacer un monumento a la patata!”, recitaba. Lógico. Es un alimento muy antiguo, utilizado por los pueblos de América antes de que Colón llegase por error a ella, que contiene una gran cantidad de proteínas, almidón, fibra, calorías y glúcidos. Pero yo soy malo y lo que me chifla son las patatas fritas, el alimento que más engorda según una investigación de la Escuela de Salud Pública de Harvard (EE.UU.).

Además de rebelde, soy exigente y como buen nieto, me he acostumbrado a las insuperables y alegóricas (creo que en el argot gastronómico se tiende a exagerar) patatas fritas de mi abuela, Juliana de la Fuente. La foto que veréis a continuación está colgada, con todos los honores, en la puerta de mi habitación y corresponde a la freidora donde mi yaya sólo, y cuando digo sólo es sólo, cocina patatas fritas para que éstas mantengan su sabor original y no se enrollen con el aroma de las croquetas, empanadillas y demás fritos.

Las patatas fritas de Juliana

Continúo por donde tendría que haber empezado. El desayuno. Ya he avisado en este blog del poder que tiene el marketing, de cómo nos puede llevar a comprar algo y, lo más preocupante, a habituarnos a algo, que en principio no teníamos pensado. Por eso, la canción de: “Yo soy aquél negrito, del África tropical, que cultivando cantaba la canción del Cola Cao…”, ha hecho mucho mal a la sociedad. El Cola Cao, digan lo que digan, se disuelve mal con leche fría y sabe raro. Para mí, dos cucharadas de Nesquik en un vaso de leche refrigerada (suelo comprar la de Puleva) resulta algo memorable, un placer que los dioses griegos degustaban en sus banquetes. Eso sin contar el sentimiento que produce rebañar el chocolate mezclado con las últimas gotas de leche del vaso u ojo, nuestro campanito preferido de cereales. Bueno, bueno, bueno.

Nesquik vs Cola Cao. Gana Nesquik.

Sin abandonar las comidas refrescantes, el Real Madrid tendría que hacer un partido de homenaje al Calippo de lima limón o si acaso, crear, como competencia del ayuntamiento de Madrid, una escultura al lado del oso del madroño con la figura de este helado.

Calippo de lima limón, un placer veraniego

Vale que a veces es complicado de ingerir, pues el recipiente se suele deshacer y acabamos con las manos pringosas, pero ese sabor a lima en verano, mientras vemos  “Aquí no hay quién viva” en Antena 3 neox tumbados en el sillón tras una jornada dura de trabajo, eso sí que no tiene oro (la frasecita de precio y mastercard me aburre).

Para ir terminando esta carta de restaurante, hace poco se intentó crear un himno para la selección española de fútbol. Por mi parte, crearía uno para las judías de caramelo (en inglés jelly bean). Me refiero a las judías de toda la vida (blancas, acules, rojas, verdes, amarillas y azules) y no a las nuevas con sabores exóticos que han salido al mercado. Tuve la oportunidad de cerrar los ojos mientras observaba una película del calibre “El origen del planeta de los simios”. Y no por qué me diera miedo (que también) sino para concentrarme en ese bienestar que produce masticar cada judía de caramelo. Se merecen un best seller o una tertulia en Intereconomía, porque todos se pondrían de acuerdo.

Judías de caramelo, también llamadas Jelly Bean

Tras este texto escrito con vehemencia en apenas unos minutos, como dice el refrán, “para gustos los colores” así que, como buen amante de la comida, me encantaría saber cuál o cuáles son vuestros tesoros gastronómicos. Yo podría decir más, como la tarta de frambuesa del Vips o un bocadillo de jamón ibérico con aceite y tomate en una chapata con una coca cola light. Pero ahora os toca a vosotros. ¡Buen provecho laguneros!

Espermatozoides y yayitas de manzana


Madrid Directo es un programa que ha aportado mucho a la televisión. Aún recuerdo esas tardes otoñales en las que, con mis yayitas de manzana, merendaba mientras escuchaba la voz de Inmaculada Galván.

Por entonces, yo no sabía que iba a estudiar periodismo y ni siquiera conocía exactamente en que consistía esa profesión, por mucho que leyera el Marca en verano, escuchara Carrusel Deportivo o cenara con Ernesto Sainz de Buruaga en los informativos de Antena 3.

Por hoy, en 2011, todo ha cambiado un poco. Inmaculada se fue de Telemadrid, Buruaga presenta “Así son las mañanas” en la cadena COPE y el equipo de Carrusel liderado por el gran Paco González y Pepe Domingo Castaño también se ha pasado a la cadena de los obispos. Pero algo sigue igual, el interés que tengo en vivir todas las cosas en primera persona y no perderme cualquier situación que pueda servir de aprendizaje.

Por eso, en plan periodista de Madrid Directo pero sin yayitas de manzana, me fui a una clínica de fertilidad para grabar, junto con mis compañeras de trabajo, un video promocional para el cliente con el que estábamos trabajando en nuestra agencia de comunicación.

Yayitas

Siempre quise ir a una clínica como esta. Hay pocas series de televisión que no hayan rodado una escena en la que el protagonista quiere donar su semen a cambio de dinero. Lo hizo Gorka (Adam Jezierski) en Física o Química y creo recordar que Raúl (Alejo Sauras) en Los Serrano. Ahora me tocaba a mí…

Pero como periodista. Me ofrecí voluntario para hacer de donante fictício en el video. En primer lugar, rodamos una escena con un médico que me informó sobre los requisitos para donar semen. Y ojito que aquí no vale cualquiera. Para empezar, necesitan una muestra para analizar el estado de salud del semen (alrededor del 15% de los donantes pasan la prueba), después un análisis de sangre para descartar cualquier enfermedad o condición que pudiera perjudicar el posible feto (como tener más de cuatro dioptrías de miopía) y finalmente un test psicológico. Además, se requieren al menos cuatro días de abstinencia sexual y una vez que tus espermatozoides han servido para el nacimiento de 6 vidas, no puedes volver a donar. ¿La recompensa? 50 euros a la semana (lo que haría un total de 250 – 300 por esta experiencia) y la sensación de haber colaborado con la humanidad.

DonaciónSemen

Pero para colaborar, para donar por placer (nunca mejor dicho), hay que pasar por un proceso algo extraño en “la salita del futuro”. Ahí rodamos la segunda escena del vídeo. Era una sala más pequeña que cualquier baño de vuestra casa, con una televisión que yo confundí con un espejo, un retrete, un inodoro típico de los aseos públicos y una pila de baño. A esto hay que sumarle una docena de revistas porno desfasadas y poco excitantes y una ranura por la que, como sucede en algunos hoteles para tirar la ropa sucia, depositas la muestra de tu semen que el laboratorio recibe a 37 grados.

La salita del futuro no me trajo buenas sensaciones: “Yo aquí no me concentraría, no hay ventilación, hay mucha luz y todo es de color blanco plateado”, dije al médico. Y éste contestó: “Se me olvidó decirte que el bote lo tienes que llenar entero”, “¿Entero? pero ¿quién consigue eso en unos minutos?”, dije con asombro. “No hombre. Me refería a que no puedes echar nada fuera del bote para que la muestra sea válida”, aclaró el médico. Una vez más, mi inocencia me jugó una mala jugada, aunque las risas estuvieron garantizadas durante todo el día. Por si fuera poco, una de mis compañeras se preguntó las razones por las que no tenían revistas para homosexuales y me dijo, bromeando, por qué no hacía algo que en casa  “lo haría gratis”.

Eso pensé yo. Pero cuando estuve apunto de dar mis datos al médico para pasar de periodista a donante oficial, me lo pensé dos veces. No fue por temor a que la clínica no garantizara la confidencialidad de mis datos, pues asegura el anonimato del donante de esperma y de la persona receptora del mismo, sino porque me gustan los niños. Imagino como sería criarlos, sentir su calor, su cariño, ver mi rostro reflejado en ellos y algún día, algún día, merendar juntos yatitas de manzana.

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