En este blog he hablado en varias ocasiones del tiempo. Como por ejemplo en “Tic Tac”, artículo que escribí en una noche de insomnio en Londres (2012), para reflexionar sobre cómo Usain Bolt y Neil Armstrong pasaron a la historia por cuestión de segundos. En ese momento ambos eran noticia, Bolt por arrasar en los Juegos Olímpicos de Londres y Armstrong por su fallecimiento el 25 de agosto de ese mismo año.

bolt

Es obvio que detrás de esos segundos hay un trabajo previo detrás. Horas, días, meses y años de entrenamiento, aunque lo del jamaicano parecía más bien un don de la naturaleza por su insultante superioridad sobre sus rivales.

Eso fue hace 7 años. Casi 2.555 días, 1.095 días menos de los que necesitó Vincent Van Gogh para pintar toda su obra artística: 841 cuadros y 1.600 dibujos en 10 años. Es algo que descubrí en Pasajes de la historia, una sección del programa radiofónico La Rosa de los Vientos (Onda Cero) en la que el periodista Juan Antonio Cebrián hablaba de la vida de grandes personalidades de la historia.

Cebrián murió joven, muy joven. Solo tenía 41 años cuando su voz se apagó para siempre en 2007. Pero nos dejó una extensa obra literaria y muchos programas de radio realizados.

Bolt, Armstrong, Van Gogh y Cebrián. Son cuatro personalidades distintas que a priori no tienen mucho que ver, pero que les une, además de haber hecho algo extraordinario, dejar huella en poco tiempo.

Quizás el más diferente de todos ellos fuera Van Gogh, un genio al que le venció la locura pero que también se aprovechó de ella para crear obras impresionantes, como “Die Ebene von Auvers” (Campos de trigo cerca de Auvers), un cuadro pintado en 1890 que tuve oportunidad de disfrutar hace unos días en el Museo de Belvedere de Viena.

Campos de trigo cerca de Auvers

Si nos ceñimos a las palabras de Pablo Picasso, del que también hablé en el post “Sigo aprendiendo” en 2013, Van Gogh fue un verdadero artista, ya que: “un pintor es un hombre que pinta lo que vende. Un artista, en cambio, es un hombre que vende lo que pinta”.

No sé exactamente los cuadros que vendió Van Gogh pero me impactó conocer que algunas de sus obras más populares como “La noche estrellada” -cuadro que pintó mirando por la ventana- y “Los girasoles”, fueron realizadas durante su estancia en el psiquiátrico de Saint-Rémy, donde ingresó tras cortarse voluntariamente el lóbulo de su oreja izquierda.

De todo esto se pueden extraer dos conclusiones. Una es lo rápido que pasa el tiempo y otra la multitud de cosas que se pueden hacer con él. Evidentemente no al nivel de estos cuatro personajes pero sí para sentirnos orgullosos de nosotros mismos y para dejar huella entre los nuestros.

El tiempo. El tiempo es algo incontrolable (aunque los cronómetros digan lo contrario). A no ser que no tengas nada que perder. Un ex compañero de trabajo me contó que en uno de sus viajes en África con su ONG un grupo de nativos le impidieron el paso a él y a sus compañeros y solo hizo falta una frase para comprender la situación: “vosotros tenéis relojes, nosotros el tiempo”. No recuerdo qué les dieron pero sí que al final pudieron continuar su camino y su labor humanitaria.

Como se puede deducir, últimamente pienso mucho en el tiempo. Quizás sea por van a hacer 10 años desde que me licencié en Periodismo y desde que publiqué la primera entrada de este blog: “El monasterio suspendido”. O porque doy vueltas a situaciones que aún están a tiempo de solucionarse de un modo u otro y a otras en las que el tiempo juega a contrarreloj y pasa demasiado deprisa.

Lo que está claro, como le pasó a mi ex compañero de trabajo, es que no puedo controlar el tiempo, pero sí puedo hacer que pasen cosas con él. Y mientras decido (o hago sin darme cuenta) cuáles son esas cosas, estoy recurriendo a una técnica de la que hablé en el post Cambio de paradigma (2011): Fluir, término creado por Mihály Csíkszentmihályi, profesor de psicologia de la Universidad de Claremont (California).

Fluir es “cuando se experimenta es un estado emocional en el que la persona se encuentra totalmente absorta en una actividad para su propio placer y disfrute, donde el tiempo vuela”.

Normalmente el deporte es lo que me ha servido para fluir. Escribir en otras ocasiones. Pero hace poco descubrí que dibujar me tranquiliza, consigue pararme la pierna, tic del que hablé en Movimiento (2016), aunque como podéis apreciar el resultado no es el mismo que el Van Gogh. Pero quién sabe. Lo mismo dentro de diez años la historia es bien diferente. O si no que se lo pregunten a Vincent. 

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