Una vez, en una entrevista a los hermanos Caballero, creadores de “La que se Avecina”, escuché que desde el segundo capítulo de la primera temporada, empezaron a nombrar los episodios con tres conceptos diferentes que sirvieran como una introducción a su sinopsis. “Okupas, flechazos y un golpe en el garaje” (T1 E2. 2007), fue el primero de ellos.
El orden de las palabras no es imprescindible para entender el argumento del episodio, pero hay veces que una simple alteración lo explica todo. Por ejemplo, en el libro “El sutil arte de que todo te importe una mi*rda” (Mark Manson), el autor comenta que si te falta motivación para conseguir un cambio importante en tu vida, hay que adoptar el principio “Haz algo”. Consiste en pasar de la inspiración – motivación y acción a la acción – inspiración y motivación, con el objetivo de aprovechar la reacción a esa acción como una manera de empezar a motivarte.
Esta introducción me da la oportunidad de hablar en este artículo de tres conceptos que, en mi opinión, están muy relacionados: el autoconocimiento, el miedo y el autocuidado.
El autoconocimiento
Cuando empiezas a dejar de negar las emociones negativas, en teoría, según el libro de Manson, “enfrentas los problemas de la vida, los mismos que, si estás eligiendo los parámetros correctos y los valores adecuados, deberían estar llenándote de energía y motivándote”.
Pero lo que sucede, según mi experiencia, es que empiezas a conocerte. Te sientes cansado, a veces apático, y la ansiedad no te deja dormir. Las cosas con las que solías disfrutar, ya se solo o acompañado (hacer deporte, ver un partido de tu equipo de fútbol o planificar una actividad de ocio), las haces, aunque no siempre, pensando en una recompensa o consecuencia. Y cuando la actividad que en teoría debería librarte del estrés te lo provoca, junto con el estrés que ya de por sí te genera, por ejemplo, el trabajo, deja de tener un efecto positivo.
Es ahí cuando debes parar. Parar y preguntarte a ti mismo: ¿Qué mensaje me está dando lo que estoy sintiendo?
El miedo
“Había descubierto que la mayoría de mis miedos no eran sino una creación de mi mente. La realidad adopta a veces la forma de un dragón aterrador que se desvanece en cuanto nos atrevemos a mirarlos de frente” (“No me iré sin decirte adónde voy”. Libro de Laurent Gounelle)”.
El miedo, como afirma la frase de Gounelle, en ocasiones es un dragón que se desvanece en cuando nos atrevemos a mirarlo de frente. Nos resulta difícil distinguir entre lo que es real, como una situación concreta del presente, y lo imaginario, como el futuro que está por venir, donde el miedo actúa como un protector.
La clave es centrarse en lo que estás sintiendo y comprender su origen. Porque las emociones no están sujetas a un juicio o a un momento de reflexión, sino que son el resultado de un disparador de malestar.
Una vez que identificas tu disparador de malestar, la solución pasa por hablarlo con los demás (si has pasado por el autoconocimiento y eres capaz de expresarlo), adoptar el principio “haz algo”: acción-inspiración y motivación, desintoxicarte en la medida que puedas de lo que te está provocando esa emoción negativa y, lo que me lleva al tercer y último punto, ser compasivo con uno mismo: el autocuidado.
El autocuidado
La historia del leñador y el hacha:
Dicen que una vez un leñador muy trabajador se presentó a una oferta de empleo en un bosque. Viendo su motivación y su energía, le contrataron enseguida. El jefe le dio un hacha y le mandó a cortar árboles.
Cuando acabó el primer día, el dedicado leñador había conseguido traer 18 árboles, una cifra impresionante. Pero el hombre era muy trabajador y quería demostrar que podía hacerlo todavía mejor, y al día siguiente salió a batir su récord. Sin embargo, al finalizar el día, solo pudo volver con 15 troncos.
Conforme iban pasando los días el leñador se esforzaba por superarse, pero pese a gastar tanta energía, cada vez volvía con menos árboles. Estaba desesperado.
Fue a hablar con su jefe y le explicó la situación.
– No lo entiendo. Por más que me esfuerce, cada día corto menos árboles.
El hombre que le había contratado le miró y preguntó:
– ¿Cuánto haces que no afilas el hacha?
– ¿Afilar? No tengo tiempo para afilar. Estoy muy ocupado cortando árboles.
Uno de los aprendizajes de este breve relato es la importancia de parar. El autocuidado no solo se trata de hacer cosas, sino de tomarse un momento para parar y ser compasivo con uno mismo, como el descanso que se le pide a un deportista para su recuperación muscular.
Cuando desarrollas un complejo de inferioridad y eres exigente y duro contigo mismo, sientes la necesidad de demostrar tu valía. Te sometes a una mayor presión y crees que debes demostrar constantemente tus capacidades, sin que eso implique necesariamente ser muy competitivo o tener la ambición de ser el mejor y superarte cada día.
Pero el valor, tú valía como persona no radica en si lo haces bien o mal en tu trabajo, en que hables bien, mal o regular el inglés, en que hagas 20 dominadas estrictas seguidas, cocines muy bien, superes el número de libros que leiste el año pasado o subas un post a la red social que sea que genere muchas interacciones.
El valor es intentar comprender y sostener estas emociones y sintonizar con el otro. Qué la persona con la que estás y es importante para ti, se alegre porque eres tú, eres así y estás ahí.
Cuando comienzas a conocerte y comprendes tus emociones, como el miedo, irás avanzando con malestar y reflexionarás sobre ese diálogo interno que te hará ver que tu pensamiento, a veces, está polarizado y pierde credibilidad.
El hecho que no debamos negar las emociones negativas no significa que no puedas dudar de determinados pensamientos negativos que no están para ayudarte. Acepta que no es posible darlo todo en todas las partes. Adopta el autocuidado como una forma cultivar de la compasión y la benevolencia hacia ti mismo.
El autoconocimiento, el miedo y el autocuidado. Fácil de decir y difícil de aplicar.
Intenta avanzar acompañado de ese malestar. Porque los problemas nunca se van, solo mejoran.
La que se avecina.
