El cáncer oculto del ser humano


En un mundo supeditado a la naturaleza pero también a la ciencia, resultaría increíble dudar de la buena voluntad humana si hubiese una cura para el cáncer o el VIH. Yo lo hago

 

Ganamos más dinero con los tratamientos del cáncer que con la cura de la enfermedad”. No os asustéis. Es una frase de un capítulo de Padre de Familia, en la que Carter Pewterschmidt, el millonario padre de Lois, consigue hallar la cura del cáncer tras contratar a dos científicos chinos, aunque en ningún momento lo comparte con el resto del mundo.

 

Temo que algún día la realidad supere a la ficción. Si es que no lo ha hecho ya. Al igual que se inventaron guerras (Irak, Segunda Guerra del Golfo 2003) para dar protagonismo a la industria armamentística, la más poderosa  por encima de la tabacalera, se ha dado demasiada importancia a determinadas enfermedades para vender vacunas, como la gripe H1N1, la cual fue mucho menos virulenta que la normal.

Conspiracion

 

Resultaría paradójico que se trabajase velozmente en la vacuna de una supuesta enfermedad (gripe H1N1) y se ocultaran avances e investigaciones en la cura de otras que realmente son un peligro para la sociedad. En la red cada vez son más los artículos que hablan de la conspiración del cáncer y del VIH y aunque es necesario siempre contrastar y creer en la buena voluntad del hombre,  también resulta inevitable que surjan dudas sobre los intereses millonarios de multinacionales, laboratorios y compañías farmacéuticas.

 

¿A dónde llega la estupidez humana? ¿Tiene sentido que nos paremos los pies con lo que han inventado nuestras manos? Me pregunto que más cosas podría haber aportado Steve Jobs, cuántas películas o series hubiese grabado Andy Whitfield o cuantos programas de televisión tendría en su currículum Concha García Campoy. No sería justo ni para ellos ni para sus familias que se jugase a ocultar secretos de estas enfermedades ni tampoco lo es que una persona dude de que esto sea posible. Pero dudo por naturaleza porque el mundo ya no me inspira confianza.

 

En una crisis económica generada por los bancos, los gobiernos rescatan a éstos y penalizan a los ciudadanos, aquellos que realmente sufren las consecuencias de una situación de la que no son culpables. Con esto ocurre lo mismo. Sólo que, si es cierto, va más allá de una crisis económica. Se trata de una crisis de la humanidad que, como los sicarios, da más importancia al dinero que a la vida. Estas multinacionales no se manchan las manos y utilizan el cáncer o el VIH (sicario) como un negocio lucrativo. Es el cáncer oculto del ser humano.

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Baracalofi


¿Se imaginan vivir sin dinero y sin trabajo voluntariamente?

 

Las fiestas de un pueblo, por muy malas que sean, es un idílico analgésico para desconectar de la ruina del país en el que vivimos, ver gente a la que no sueles ver a lo largo del año y recuperar, con unas cervezas de más, antiguas conversaciones o momentos que, en su día, nos produjeron sonrisas a carcajadas.

 

La mayor parte de estos momentos tiene como causa la sabiduría que no logramos entender de nuestros abuelos, esos que dicen “libiana” en vez de “lesbiana” o “Yugoslava” en vez de “Rubalcaba”. Esos niños ignorantes del moderno siglo XXI con arrugas que llaman “Jairo” a “Rio de Janeiro”, “Tronco Valera” a “Rocco Valera” o “dispensa – dispierta” a “despensa – despierta”.

 

Pero en ocasiones hay palabras que existen y creemos inventadas por su particular jerga, ya que condicionamos nuestro puro lenguaje a lo que dicta la Real Academia Española. El último de estos términos que salió a la luz en mi caso fue mientras disfrutábamos de una barbacoa familiar durante las fiestas de Mejorada del Campo (Madrid). Y lleva por nombre BARACALOFI.

 

  • Yayo, ¿qué significa baracalofi?, pregunté desconcertado.

  • El que vive del cuento, contestó con firmeza.

 

Podríamos relacionar este término con los “ninis”, esa generación que no estudia ni trabaja, unos porque no quieren y otros porque no tienen la oportunidad. Pero prefiero hacerlo con Heidemarie Schwermer, una mujer tan inteligente como posiblemente irresponsable, pero a la que este servidor admira. 

 

Heidemarie Schwermer lleva más de 16 años viviendo sin dinero
Heidemarie Schwermer lleva más de 16 años viviendo sin dinero

Procedente de Alemania, Heidermarie tomó una decisión radical cuando cumplió 50 años (hace 16): vivir sin dinero voluntariamente. Dejó su trabajo como fisioterapeuta, vendió su apartamento y empezó una aventura que en un futuro sería documentada en la película “Vivir sin dinero”.

 

Pero, ¿por qué lo hizo? “Me di cuenta de que cada vez necesitaba menos dinero y entonces pensé que podía tratar de vivir un año sin dinero”, afirma la alemana. Y lo que iba para un experimento anual, se convirtió en su apuesta de por vida. “Yo solo quería hacer un experimento y en ese año, pero me gustó mi nueva vida y ya no quiero volver a la vieja”.

 

Su forma de vida, en un principio criticada por familiares y amigos, consiste en hacer cosas por sus anfitriones, los cuales cambia semanalmente. No acepta propuestas permanentes, ya que “siento que me tengo que ir. Es mi trabajo estar con la gente. Soy como un peregrino de paz. Voy de casa en casa compartiendo mi filosofía”.

 

Podemos etiquetar a la señora Schwermer, de casi 70 años, de caradura o visionaria. Según ella, “Todos tenemos el mismo origen y que el mundo entero es un solo organismo. Somos pequeñas células y tenemos que trabajar juntos”.

 

Aunque el baracalofi voluntario es una utopía, hubo un momento en el que, salvando las distancias y las injusticias de la época, todos éramos un sistema con el trueque. Ahora, imploramos trabajo a multinacionales porque necesitamos dinero para poder comer.

 

Por eso, es necesario valorar a las personas emprendedoras, a los que comparten huertos urbanos y los que ofrecen clases de inglés a cambio de lecciones de tenis. Personas que, de alguna forma, luchan con un sistema egoísta y exigente que nos aleja de nuestra familia y amigos durnate casi diez horas al día, pero al que acuden, sin elección alguna, millones de españoles en la cola del Inem. 

Los últimos hombres del paleolítico


En pleno siglo XXI hay hombres cuyo estilo de vida se ha congelado en el tiempo. Concentradas sobre todo en el Amazonas, decenas de comunidades viven apartadas de Occidente. Son las tribus perdidas

 

¿Te acuerdas cuando teníamos dudas? Es una frase que un colaborador de Milenio 3 (Cadena Ser) utilizó para hacer referencia a la dependencia que tenemos, cada vez más preocupante, de la tecnología. No importa si no recordamos el nombre del artista que compuso tal canción o si olvidamos la calle donde se vendían esos crepes tan deliciosos, el móvil lo hará por nosotros en cuestión de segundos. Gracias a este aparato nos movemos como pez en el agua. Puede controlar nuestro sueño e incluso las calorías que gastamos al andar. Pero si nos lo quitan o simplemente se le acaba la batería, sufriremos ansiedad, estrés o alteraciones del estado de ánimo según los últimos estudios.  

 

La misma sensación tenemos cuando estamos en la jungla. Aunque nuestros descendientes provienen de ahí, nos movemos con torpeza en un ámbito donde no importa un móvil con su equipo al completo, sino las habilidades puramente humanas. Construir una balsa, degollar un animal o preparar una hoguera. Ahí somos desorientados, dependientes y débiles por naturaleza. Véase la Guerra de Vietnam (1955 – 1975), donde Estados Unidos no sólo se enfrentó a un país, si no a un enemigo más peligroso: la selva.

 

Tribus

Hay más de 150 tribus en todo el mundo que no tienen contacto con el exterior. La mayor parte de ellas se encuentran en el Amazonas.

Y es que, en un mundo donde el ser humano de Occidente ansía tener y controlar todo, hay cosas que aún se nos escapan. Sabemos que hay grandes almacenes, rascacielos y vehículos en todos los países, pero a día de hoy, en pleno siglo XXI hay corazones latiendo que no conocen estos progresos y que llevan un estilo de vida similar al del Paleolítico. Hablamos de unas comunidades cuya única responsabilidad es su propia supervivencia con lo que la naturaleza les ofrece. Exentos del uso del móvil, el ruido de un avión o la prensa rosa. Son las tribus perdidas, los últimos hombres libres del paleolítico. Un viaje a la prehistoria.

 

La película Avatar, de James Cameron, motivó a muchas personas a investigar más sobre las tribus perdidas según un estudio confirmado por el programa de misterio Milenio 3 (Cadena Ser). Pero este tema ha apasionado a miles de personas a lo largo del último siglo que incluso han dado su vida por llegar lo más lejos posible.

 

Algunas escenas de Avatar motivaron a muchas personas a investigar sobre las tribus perdidas.

Entre esos exploradores se encuentra el antropólogo británico Oliver Byron Borough. En 1978 Byron se adentró en la zona selvática de la frontera entre Ecuador y Perú con el objetivo de descubrir las tribus. El inglés consiguió contactar con una de ellas y no se le volvió a ver. Según las teorías más extendidas, le consideraron como un enemigo y fue ejecutado.

 

El último explorador célebre que pasó a formar parte del extenso elenco de exploradores perdidos fue el biólogo noruego Lars Hafskjold, quien intentó buscar con ahínco la tribu de los Toromonas en Bolivia, cuya existencia se tiene constancia desde el siglo XVI. Una vez en la selva, Lars decidió continuar su aventura sin su acompañante y desapareció. Las hipótesis apuntan a un secuestro, accidente en el río  e incluso a que pasó a formar parte de los Toromonas como sacerdote blanco.  

 

La tribu más famosa. El caso de los sentinel

 

El terremoto del océano índico en 2004 dejó muchas fotografías. Personas, hogares y pueblos arrasados coparon las portadas de los periódicos. Sin embargo, hay una imagen que conmocionó a todo el mundo: el retrato de los sentineles. Alejados del mundo exterior durante 60.000 años, esta tribu fue fotografiada por un helicóptero que sobrevolaba las islas de Andamán. Los sentineles, sorprendidos por ese invasor de hierro, respondieron con flechas ante el asombro de los pilotos.

Sentineles

Panorámica de los sentineles con flechas desde el helicóptero en 2004

Resulta inverosímil que en un mundo que creemos totalmente controlado, sigan habiendo alrededor 150 grupos en diferentes rincones del mundo que no saben nada del hombre occidental.

 

Perfil de los indígenas

 

Carlos Llandres, quien fue colaborador de la mítica serie “El hombre y la tierra”, dirigido por Félix Rodríguez de la Fuente, es un experto en los misterios que contiene la selva. Llandres tuvo la oportunidad de contactar con ese otro mundo y en la primera vez que intercambió conocimientos con una cultura primitiva, aseguró que se convirtió en otra persona. “Si quieres saber quién soy. Si quieres saber qué conozco, olvídate de quién eres y olvida lo que sabes porque si no vas a seguir pensando de nosotros que somos de una forma determinada. Quédate en blanco y te podemos enseñar quiénes somos”. Cuando Llandres escuchó estas palabras del Chamán y olvidó todos esos prejuicios, descubrió que las personas que formaban estas comunidades eran gente maravillosa e idénticas a nosotros en un entorno diferente. Sin embargo, también pueden ser feroces por la amenaza de mercenarios en búsqueda de oro y diamantes en estos territorios vírgenes. Riquezas que les pertenecen y que la codicia de occidente les intenta arrebatar. Para defenderla, los indígenas se mueven invisibles en la selva. Con el fin de evitar cualquier malentendido con las tribus, Llandres aconseja tener un comportamiento natural y noble en un territorio donde siempre te estás jugando la vida.

Chamán en el Amazonas

Los poderes de los indígenas siguen siendo un misterio

 

Otra persona importantísima  en éste ámbito casi de lo desconocido es el documentalista  y periodista José Manuel Novoa, quien aseguró que los indígenas, tan mimetizados con la naturaleza, no han perdido los poderes ni las facultades mágicas que la ciudad ha devorado en nosotros. Cosas cotidianas para ellos que para nosotros no tienen explicación.

 

Con magia o sin ella, resulta fascinante y misterioso que aún existan tribus perdidas en un mundo que creemos perfectamente conquistado. El afán del hombre occidental por seguir superándose día a día nos lleva a adentrarnos en el espacio y en las profundidades del mar. Pero no hace falta nada más que mirar de frente para contemplar la belleza de unas comunidades que nos enseñan en primera persona quienes fuimos miles de años atrás. Y así lo seguirán haciendo hasta que nuestra torpeza y codicia interfiera sobre ellos. De momento, la selva; la madre naturaleza les protege. Son los últimos hombres del paleolítico.

 

Salchichas y adrenalina


Se suponía que con el nuevo milenio comenzaba una época mejor. El Euro, una Europa más unida. Aún recuerdo pagar mi último bocadillo de salchichas con kétchup en 3º de la Eso con pesetas. Por entonces, envidiaba a los adultos porque recibían dinero, lo que para mí era una paga, a cambio de trabajar durante unas horas; mientras que yo tenía que hacer los deberes y asistir a clases extraescolares después de la jornada escolar. Joder, ¡cómo añoro esos tiempos!

 

Ahora, 12 años después, muchos niños no pueden asistir a Kárate, clases de inglés o ni siquiera a un colegio en condiciones, ya que su padre y/o madre y/o hermano mayor están sin trabajo por culpa de una crisis económica que parece estar convirtiéndose en una estabilidad -inestable- económica. ¿Es una crisis o un cambio mundial como opina el presidente francés François Hollande? No lo sé, pero siento que nos estamos acostumbrando a estar en la mierda.

 

Ya me lo advirtió una camarera española de mi hotel: “no te acostumbres a ser kitchen Porter o a un empleo tan bajo. Tú vales mucho más”. Me hizo reflexionar y decidí dimitir unas semanas después para estar con mi familia en Navidades y volver a Londres con más ganas, aún, de conseguir el éxito. Porque eso es lo que nos une a todos los extranjeros que llegamos a esta ciudad. Vivimos en pisos compartidos, algunos como yo, en albergues; estamos lejos de nuestras familias, aprendemos inglés como podemos, trabajamos en el sector de la hostelería y nos vamos olvidando paulatinamente de lo mal que está nuestro país de origen. Eso se podría acercar al éxito y a mi me encanta. Se trata de una adrenalina necesaria. No me importa despertarme a las 7:30 para ir a la academia, salir a las 12:00 para ir al gimnasio y comer rápido para terminar el día limpiando platos (aunque preferiría otra cosa) hasta las 23:00 horas. Me llena mucho.

 

¿Quieres adrenalina? Ven a Londres

¿Quieres adrenalina? Ven a Londres

Sin embargo, al hablar con compañera de trabajo de Room Service, procedente de Turquía y de 61 años, sale a la palestra otra reflexión que se resume en una palabra: sacrificio. Esta mujer lleva décadas trabajando en la hostelería y como consecuencia, no tiene un horario fijo de trabajo, pocas veces ha celebrado unas navidades con su familia y arrastra un problema en la pierna desde hace algún tiempo. “If you have a job like this, you must know that you have to sacrifice some things although your salary could be quite good”, me dijo.

 

Quizá por ser mi día de libre me sienta vago pero aún no logro comprender al ser humano y me pregunto, desde hace algún tiempo, si la felicidad consiste en trabajar casi 50 años de nuestra vida, aunque mi generación no podrá decir eso desafortunadamente, rodeados de estrés y alejados, al menos durante ocho horas diarias, de las personas que más queremos. Fabrizio, mi compañero italiano de habitación, ha estudiado y trabajado como ingeniero. “En Milán llegué a ganar 1500 euros pero era una rutina muy estresante. En Londres, de camarero, cobro casi lo mismo y estoy mucho más relajado”. Es un paso más a lo que intento explicar. En mi caso, me encanta mi profesión, Periodismo, pero creo que podría ser mucho más feliz con una casa construida con mis manos y unos alimentos sembrados y recogidos por mí hasta que mis fuerzas resistieran. O también con un chiringuito en Tenerife. ¡Calidad de vida man!

 

¿Por qué nos jubilamos a los 65 años? A esa edad somos más débiles, no tenemos el hambre de la juventud y asumimos que estamos en la recta final. ¿Es fruto de la ambición humana? ¿O de la ignorancia? ¿Para qué malgastar tantos años y energías de nuestra vida cuando podríamos cubrir nuestras necesidades básicas de otras formas más sencillas?

 

No sé si me explico. O no sé qué nos pasa. Pero ya no soy el único que piensa que hace unos años, la felicidad consistía en trabajar de lo que tú querías, tu vocación. Ahora, fruto de las circunstancias, creo que la felicidad, o al menos la estabilidad, es tener un trabajo digno que te permita ser medianamente autosuficiente y disfrutar de la vida hasta que la marea se calme. Al menos, para comparte un bocadillo de salchichas y pagar, esta vez, con euros (o libras). Como para irme de Londres. Aquí hay salchichas y adrenalina. Y mi depósito no está lleno. 

¿De qué color tengo los ojos?


Siento que Los Simpsons sea un ejemplo tan socorrido en este blog, pero ver los mismos capítulos durante 20 años hace que recuerde la mayor parte de las escenas, un perfil muy cercano al friki de la tienda de cómics (¡ouch! Lo he vuelto a hacer). Resulta que Marge, parienta lejana de la madre de Miguel Bosé, le preguntó un día a Homer de qué color tenía los ojos, tras más de dos décadas conviviendo juntos. Y Homer, absorto y perdido en sus distracciones -como en un mono tocando los platillos-, no fue capaz de contestar a la pregunta, aunque podría haber dicho todos los ingredientes de la cerveza al detalle.

 

Quizás estéis leyendo este artículo (¡insensatos!) en un Smartphone, un mercado que no para de crecer en España. Si es así, os invito a dejar el móvil y escuchar a la persona que os está hablando, a mirar al chico con ese flequillo tan bien peinado que acaba de subir al autobús o, simplemente, a levantar la cabeza y sentir los últimos retazos del sol en un jueves cualquiera. Y no hace falta que se le digas por whatsapp a tu amigo/a de Pilates. Guárdate ese momento para ti mismo/a.

 

¿De qué color tengo los ojos?

¿De qué color tengo los ojos?

Según un estudio desarrollado por CCP Móvil Seguro, uno de cada tres españoles prefiere perder un avión o el regalo de su pareja antes que su teléfono móvil y no se despega del aparato ni para ir al baño, entre otras conclusiones. Una reflexión interesante, aunque para llegar a ella basta sólo con observar. Observar, esa necesidad que incluso debían de cumplir Los Sims, el juego social-virtual por excelencia en el que se está convirtiendo nuestra vida.

 

Por ejemplo, en una fiesta en la que estuve hace un par de meses, se creó un grupo en el whatsapp por el que la gente se comunicaba, ¡aunque todos sus miembros estaban en la misma sala! No estoy dudando de su utilidad. Es una aplicación fabulosa para comunicarse a distancia (entiéndase una distancia amplia) en cuyas redes caeré muy pronto, si finalmente culmina mi proyecto en el extranjero. En definitiva, el whatsapp no es bueno ni malo, sino lo que nosotros hacemos con él. Lo mismo ocurre con una piedra, cuyo uso puede ir desde construir una catedral hasta romper la luna de un coche, sin duda tentador.

 

Lo bueno de los Smartphones es que, como dijo el gran Paquirrín, los hombres podemos hacer dos cosas a la vez: “cagar y tuitear”. De ahí que los chicos, según el estudio, sean más adictos que las chicas. Pero esto no quita que, si nos olvidamos el móvil, entremos en un estado de ansiedad, como han afirmado personas cercanas a mí, ni que Homer Simpson no sepa de qué color tiene los ojos su esposa: avellana. Mmmmm avellaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaanaaa.

 

Charlando con mi pasado más dulce


Todos los viernes suelo echar un vistazo a los periódicos y revistas españolas en las que puede haber una noticia de los clientes de la agencia de comunicación en la que trabajo. Pero cuando la portada de Alaska en Interviú se interpuso en mi camino, decidí acumular el trabajo para la semana siguiente. Y no porque me excitara, obviamente.

 

Así que, una semana más tarde, empecé mi ruta por Diario Médico, que, como El Mundo, suele incorporar una frase célebre en la parte superior de la portada: “Escribir es una forma de hablar sin ser interrumpido”. Me encantó. La escribí en mi libreta y a la vez me dio un nuevo tema para actualizar Lagunas del periodismo, que ya era hora. Este será un artículo en el que Diego no me interrumpirá, pero estoy seguro de que desearía haberme escuchado.

 

Hace unos meses me acerqué a Rivas para ver El árbol de la vida, una película made in National Geographic por sus imágenes espectaculares que no llegué a comprender. Sin embargo, valoré mucho la pájara mental del Director del filme, Terrence Malick, e intenté superarle con mis espontáneas reflexiones.

 

Dicen que es bueno escucharse a uno mismo, pero, ¿alguna vez habéis tenido el deseo irrefrenable de volver a vuestra infancia para hablaros a vosotros mismos? Algo así como la máquina del tiempo de Doraemon, ese gato sin orejas que parecía un mapache y con el que tantas veces merendé dorayakis.

 

Tú

Te envidio, Dieguito. Me gusta tu camisa ochentera, el pelo a lo afro y los labios casi pintados. Sobre todo, adoro tu sonrisa despreocupada. Eres como una esponja que, poco a poco, absorberá todo lo que vayas aprendiendo con tus sentidos. Con la vista lo tendrás más complicado, ya que usas gafas desde que tenías 10 meses y a veces un parche en el ojo bastante incómodo. Además, te operarán de estrabismo a los 6 años. Pero no te preocupes, pirata. En el hospital de El Niño Jesús te darán Coca cola y serás la envidia de todos los niños.

 

Sentirás dolor por tus múltiples caídas al suelo, pero te reirás con tus rodilleras chonis. Tranquilo, es normal que no entiendas esa palabra. Tampoco entenderás un dolor que va más allá del físico. No estarás abatido si ves a uno de tus mejores amigos llorar porque ha perdido a una persona a la que quiere mucho, sólo aturdido.

 

No hagas caso a la gente que dice que los niños sois muy sensibles. Todo lo contrario. Eres fuerte porque no asumes responsabilidades y vives en la ignorancia, aunque, curiosa paradoja, estás siempre aprendiendo. ¿Qué se siente al percibir todo como una novedad? Ya lo dijo Homer Simpson, que nació un año antes que tú: Yo no soy una persona que se impresiona fácilmente. ¡Mira! ¡Un coche azul!

 

No te estanques. Evoluciona como los pokemon. De lo contrario, tendrás la sensación, como a tu compi mayor le pasa, de que la gente que te rodea avanza, progresa y se atreve. Eres buen chaval, lo sé, y no te hablo para darte el sermón. Eso ni a ti ni a mí nos gusta, porque si de algo nos sentimos orgullosos, aparte de nuestra bonita dentadura, es de ser ateos y creer en nosotros mismos, aunque no lo suficiente.

 

Me tengo que ir. 22 años sin estar en contacto dan para mucho. Algo así como “Los pilares de la tierra”, un libro que realmente me parece infinito. ¿Dieguito? ¡Vaya! Te has dormido y no me he dado cuenta. Mejor será que te arrope con tus inseparables sábanas de Oliver y Benji. Mírate. Durmiendo pareces tan feliz…

 

Tomar el fresco (juntos)


Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el número de matrimonios rotos durante el año pasado volvió a crecer. Por su parte, la empresa de juguetes Famosa dio a conocer en 2010 un estudio en el que se observó que los niños prefieren cada vez más juegos sedentarios e individuales. Además, los últimos datos y estadísticas recogidas muestran que los españoles comemos menos en familia, una costumbre que, desgraciadamente, sólo es habitual en algunos domingos, festivos y fechas navideñas.

 

¿Qué tienen en común estas noticias? El individualismo. Hace unas décadas vivíamos bajo un ambiente de compañerismo, solidaridad y fraternidad. En situaciones difíciles, en crisis económicas, conflictos, y enfermedades, remábamos juntos en una misma dirección; o al menos, eso sentía yo en los años noventa y en las historias que me contaban mis abuelos –y bisabuela- sobre la segunda mitad del siglo XX. Por entonces, se compartían horas de radio, sartenes de gachas (yo lo sigo haciendo), juegos y conversaciones a veces anodinas, pero que estrechaban lazos entre una familia, un barrio o una comunidad de vecinos. Ahora, sin embargo, sé de personas que no conocen a su propio vecino del 2º B, cenan solas en el salón mientras ven la televisión, les cuesta expresar sus sentimientos e incluso, han llegado a decir eso de que “la mejor música es el silencio”. Personas, colores, diversidad.

 

Gachas

Las gachas de mi abuela

En efecto, nuestros valores han cambiado. La competencia, los recursos que creemos ilimitados, los avances tecnológicos y sociales nos proporcionan, en definitiva, una autosuficiencia ilusoria. Porque nos necesitamos, pero al mismo tiempo, desconfiamos unos de los otros. Cuando vamos a una tienda ya no decimos eso de “fíamelo que te lo pago mañana” o como dice mi amigo Pablineitor en su blog, pasamos de largo sin mirar al portero. Si lo hay.

 

Podría seguir escribiendo y citar decenas de ejemplos, pero me centraré en uno que añoro, recuerdo con nostalgia y sonrío cada vez que lo veo y practico: tomar el fresco.

 

A finales de agosto del presente año fui a una casa rural de un pueblecito de Ávila con casi toda la familia. Una noche, mientras paseaba con mi prima Esther, nos hinchamos a dar las buenas noches a las personas que, sentadas en sillas con varios años en sus respaldos, nos miraban y saludaban con recelo y curiosidad. Y empecé a recordar.

 

Recordé las noches cálidas en la calle Madrid de Mejorada del Campo, donde no  pasaban coches y en las que los niños del barrio ideaban juegos mientras los padres y los abuelos, acomodados en las típicas sillas de barrio, comentaban su vida con un ojo puesto en nosotros. Al menos, eso hacía “la Ninis”, “Julio” (y su ¡mande!) “la Carmen” (que se portaba genial en el aguinaldo), mi tía Chus”, “La Mari” y por su puesto, mis abuelos. Todos ellos, menos “La Mari” y mis yayos, han fallecido. Debe ser duro cómo la gente de tu quinta cae paulatinamente. Esos compañeros de juegos de cartas, momentos difíciles de la posguerra y conversaciones siempre típicas, pero adorables.

 

En los últimos veranos, sin embargo, mis abuelos se han tenido que ir a la plaza del pueblo con “La Pascuala” (cuyas galletas de coco están buenísimas) en un banco que no es el suyo, donde no hay tranquilidad y el “fresco” es diferente. Pero yo les escucho:

 

–           Diego, “Pa fría la ensalá como decía el Tío Fanegas”

–           “Cómo decía la tía asunción, otros ochenta y tantos no voy a vivir”.

–          “Pareces el borrico del tío Teodoro”

–          “Eres más nervioso que la perra de la tía Gabriela, que estaba sorda y enseguida se ponía a ladrar”.

–          “Con la mirada me basta, como decía el tío Matacán”.

–          “El padre de la Reymunda, el Tío Piloncho, se compró una pelliza muy pequeña que vio en un maniquí. Aunque no le valía, se la ataba con una cinta en el ojal”.

–          “Ese es huevoscosidos. Le llamamos así porque un toro le pilló un huevo”.

–          “Hay uno en el pueblo que puso a sus dos hijos Mariano”

–          “A ese le llamaban choruzo gordo porque nació con 5 kilos. Y a su hermano semental porque se tocó en el cine y salpicó a una mujer”.

 

Por eso, cuando me preguntan “Y este chico, ¿de quién es?”, digo con orgullo, “De Goyo y la Juliana”. Con ellos tomé el fresco. Y lo echo de menos. El fresco y todo lo que conlleva: despreocupación, tener la mente vacía y aclarar las ideas. Incompatible. Lo sé. Me siento raro. Es como si el propio blog me hubiera absorbido. Mi mente, mi optimismo e ilusión están en una laguna enorme desde hace un año. Pero no me hundo. Es como si no me apeteciera escribir. Pero sigo escribiendo. Porque cuando pase un tiempo, y si consigo lo que quiero, me gustará leer artículos como este. Me voy, necesito tomar el fresco. ¿Te vienes conmigo?

 

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Tomar el fresco

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