Se busca guitarra


Esta mañana escuché a un bebé llorar mientras preparaba un Purifier (zumo de zanahoria con manzana, apio y jengibre) en mi trabajo. Y sonreí;  sonreí a carcajadas. Ese llanto es una buena señal. Indica que está sano y, aunque feliz en los cálidos brazos de su madre, necesita algo tan simple como dormir o comer.

 

Su única manera de comunicarse, hasta ahora, es llorando. Y para completar sus necesidades básicas recurre siempre a este recurso decidido, con energía y dispuesto a no parar hasta que consiga su propósito. Es débil pero persistente, tierno pero decidido. Sin embargo, a medida que se haga mayor, ya en la edad adulta, deberá tomar decisiones, asumir responsabilidades y, en definitiva, saber hacia donde orientar su vida. Y aquí muchos metemos la pata.

 

De nada nos sirve llorar. Sabemos comer por nosotros mismos y cuando irnos a la cama. Pero, a diferencia del bebé, a veces no somos conscientes de lo que queremos.

 

La primera cosa que deseé y pedí con desesperación fue una guitarra a los 5 años. Estaba de vacaciones en Sagunto en uno de los veranos más calurosos que recuerdo. A lomos de mi madre, después de pasar por una tienda de souvenirs, vi una guitarra preciosa y la quise con todas mis fuerzas. Mis padres dijeron que no. A cambio, tuvieron que soportar más de cuatro horas de llanto hasta que, sofocado, terminé dormido. 

 

Quiero una guitarra

Quiero una guitarra

Veinte años después recuerdo con nostalgia este momento que puedo visualizar gracias a las grabaciones de mi padre. No conseguí esa guitarra pero sabía perfectamente lo que quería. Ahora, estoy buscando desesperadamente una “guitarra”.  

 

Como una persona ninfómana que quiere evitar la horrible sensación de ansiar la práctica del sexo las 24 horas del día (aconsejo la película Shame de Steve McQueen), me mantengo a ocupado base de estímulos. Pero ansío rehabilitarme. Quiero  soñar, hacer algo que me llene, sentir que aprovecho cada segundo de mi vida. Y sé que, poco a poco, con esfuerzo, suerte y la fuerza del destino lo voy a conseguir. No en vano, un año después de mis vacaciones en Sagunto, mis padres me regalaron una guitarra con micrófono en la que canté, mejor dicho tarareé, Oliver y Benji con más fuerza que nunca.

 

Carlos Ruiz Zafón, en La Sombra del Viento, dijo que “El destino suele estar a la vuelta de la esquina. Como si fuese un chorizo, una furcia o un vendedor de lotería: sus tres encarnaciones más socorridas. Pero lo que no hace es visitas a domicilio. Hay que ir a por él”. Cada día me identifico más con esta frase. Aún no he encontrado mi destino. Pero de fondo me parece escuchar una hermosa melodía. Creo que es una guitarra. A por ella.

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Charlando con mi pasado más dulce


Todos los viernes suelo echar un vistazo a los periódicos y revistas españolas en las que puede haber una noticia de los clientes de la agencia de comunicación en la que trabajo. Pero cuando la portada de Alaska en Interviú se interpuso en mi camino, decidí acumular el trabajo para la semana siguiente. Y no porque me excitara, obviamente.

 

Así que, una semana más tarde, empecé mi ruta por Diario Médico, que, como El Mundo, suele incorporar una frase célebre en la parte superior de la portada: “Escribir es una forma de hablar sin ser interrumpido”. Me encantó. La escribí en mi libreta y a la vez me dio un nuevo tema para actualizar Lagunas del periodismo, que ya era hora. Este será un artículo en el que Diego no me interrumpirá, pero estoy seguro de que desearía haberme escuchado.

 

Hace unos meses me acerqué a Rivas para ver El árbol de la vida, una película made in National Geographic por sus imágenes espectaculares que no llegué a comprender. Sin embargo, valoré mucho la pájara mental del Director del filme, Terrence Malick, e intenté superarle con mis espontáneas reflexiones.

 

Dicen que es bueno escucharse a uno mismo, pero, ¿alguna vez habéis tenido el deseo irrefrenable de volver a vuestra infancia para hablaros a vosotros mismos? Algo así como la máquina del tiempo de Doraemon, ese gato sin orejas que parecía un mapache y con el que tantas veces merendé dorayakis.

 

Tú

Te envidio, Dieguito. Me gusta tu camisa ochentera, el pelo a lo afro y los labios casi pintados. Sobre todo, adoro tu sonrisa despreocupada. Eres como una esponja que, poco a poco, absorberá todo lo que vayas aprendiendo con tus sentidos. Con la vista lo tendrás más complicado, ya que usas gafas desde que tenías 10 meses y a veces un parche en el ojo bastante incómodo. Además, te operarán de estrabismo a los 6 años. Pero no te preocupes, pirata. En el hospital de El Niño Jesús te darán Coca cola y serás la envidia de todos los niños.

 

Sentirás dolor por tus múltiples caídas al suelo, pero te reirás con tus rodilleras chonis. Tranquilo, es normal que no entiendas esa palabra. Tampoco entenderás un dolor que va más allá del físico. No estarás abatido si ves a uno de tus mejores amigos llorar porque ha perdido a una persona a la que quiere mucho, sólo aturdido.

 

No hagas caso a la gente que dice que los niños sois muy sensibles. Todo lo contrario. Eres fuerte porque no asumes responsabilidades y vives en la ignorancia, aunque, curiosa paradoja, estás siempre aprendiendo. ¿Qué se siente al percibir todo como una novedad? Ya lo dijo Homer Simpson, que nació un año antes que tú: Yo no soy una persona que se impresiona fácilmente. ¡Mira! ¡Un coche azul!

 

No te estanques. Evoluciona como los pokemon. De lo contrario, tendrás la sensación, como a tu compi mayor le pasa, de que la gente que te rodea avanza, progresa y se atreve. Eres buen chaval, lo sé, y no te hablo para darte el sermón. Eso ni a ti ni a mí nos gusta, porque si de algo nos sentimos orgullosos, aparte de nuestra bonita dentadura, es de ser ateos y creer en nosotros mismos, aunque no lo suficiente.

 

Me tengo que ir. 22 años sin estar en contacto dan para mucho. Algo así como “Los pilares de la tierra”, un libro que realmente me parece infinito. ¿Dieguito? ¡Vaya! Te has dormido y no me he dado cuenta. Mejor será que te arrope con tus inseparables sábanas de Oliver y Benji. Mírate. Durmiendo pareces tan feliz…

 

Tomar el fresco (juntos)


Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el número de matrimonios rotos durante el año pasado volvió a crecer. Por su parte, la empresa de juguetes Famosa dio a conocer en 2010 un estudio en el que se observó que los niños prefieren cada vez más juegos sedentarios e individuales. Además, los últimos datos y estadísticas recogidas muestran que los españoles comemos menos en familia, una costumbre que, desgraciadamente, sólo es habitual en algunos domingos, festivos y fechas navideñas.

 

¿Qué tienen en común estas noticias? El individualismo. Hace unas décadas vivíamos bajo un ambiente de compañerismo, solidaridad y fraternidad. En situaciones difíciles, en crisis económicas, conflictos, y enfermedades, remábamos juntos en una misma dirección; o al menos, eso sentía yo en los años noventa y en las historias que me contaban mis abuelos –y bisabuela- sobre la segunda mitad del siglo XX. Por entonces, se compartían horas de radio, sartenes de gachas (yo lo sigo haciendo), juegos y conversaciones a veces anodinas, pero que estrechaban lazos entre una familia, un barrio o una comunidad de vecinos. Ahora, sin embargo, sé de personas que no conocen a su propio vecino del 2º B, cenan solas en el salón mientras ven la televisión, les cuesta expresar sus sentimientos e incluso, han llegado a decir eso de que “la mejor música es el silencio”. Personas, colores, diversidad.

 

Gachas

Las gachas de mi abuela

En efecto, nuestros valores han cambiado. La competencia, los recursos que creemos ilimitados, los avances tecnológicos y sociales nos proporcionan, en definitiva, una autosuficiencia ilusoria. Porque nos necesitamos, pero al mismo tiempo, desconfiamos unos de los otros. Cuando vamos a una tienda ya no decimos eso de “fíamelo que te lo pago mañana” o como dice mi amigo Pablineitor en su blog, pasamos de largo sin mirar al portero. Si lo hay.

 

Podría seguir escribiendo y citar decenas de ejemplos, pero me centraré en uno que añoro, recuerdo con nostalgia y sonrío cada vez que lo veo y practico: tomar el fresco.

 

A finales de agosto del presente año fui a una casa rural de un pueblecito de Ávila con casi toda la familia. Una noche, mientras paseaba con mi prima Esther, nos hinchamos a dar las buenas noches a las personas que, sentadas en sillas con varios años en sus respaldos, nos miraban y saludaban con recelo y curiosidad. Y empecé a recordar.

 

Recordé las noches cálidas en la calle Madrid de Mejorada del Campo, donde no  pasaban coches y en las que los niños del barrio ideaban juegos mientras los padres y los abuelos, acomodados en las típicas sillas de barrio, comentaban su vida con un ojo puesto en nosotros. Al menos, eso hacía “la Ninis”, “Julio” (y su ¡mande!) “la Carmen” (que se portaba genial en el aguinaldo), mi tía Chus”, “La Mari” y por su puesto, mis abuelos. Todos ellos, menos “La Mari” y mis yayos, han fallecido. Debe ser duro cómo la gente de tu quinta cae paulatinamente. Esos compañeros de juegos de cartas, momentos difíciles de la posguerra y conversaciones siempre típicas, pero adorables.

 

En los últimos veranos, sin embargo, mis abuelos se han tenido que ir a la plaza del pueblo con “La Pascuala” (cuyas galletas de coco están buenísimas) en un banco que no es el suyo, donde no hay tranquilidad y el “fresco” es diferente. Pero yo les escucho:

 

–           Diego, “Pa fría la ensalá como decía el Tío Fanegas”

–           “Cómo decía la tía asunción, otros ochenta y tantos no voy a vivir”.

–          “Pareces el borrico del tío Teodoro”

–          “Eres más nervioso que la perra de la tía Gabriela, que estaba sorda y enseguida se ponía a ladrar”.

–          “Con la mirada me basta, como decía el tío Matacán”.

–          “El padre de la Reymunda, el Tío Piloncho, se compró una pelliza muy pequeña que vio en un maniquí. Aunque no le valía, se la ataba con una cinta en el ojal”.

–          “Ese es huevoscosidos. Le llamamos así porque un toro le pilló un huevo”.

–          “Hay uno en el pueblo que puso a sus dos hijos Mariano”

–          “A ese le llamaban choruzo gordo porque nació con 5 kilos. Y a su hermano semental porque se tocó en el cine y salpicó a una mujer”.

 

Por eso, cuando me preguntan “Y este chico, ¿de quién es?”, digo con orgullo, “De Goyo y la Juliana”. Con ellos tomé el fresco. Y lo echo de menos. El fresco y todo lo que conlleva: despreocupación, tener la mente vacía y aclarar las ideas. Incompatible. Lo sé. Me siento raro. Es como si el propio blog me hubiera absorbido. Mi mente, mi optimismo e ilusión están en una laguna enorme desde hace un año. Pero no me hundo. Es como si no me apeteciera escribir. Pero sigo escribiendo. Porque cuando pase un tiempo, y si consigo lo que quiero, me gustará leer artículos como este. Me voy, necesito tomar el fresco. ¿Te vienes conmigo?

 

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Tomar el fresco

La velocidad del tabaco


Una historia entre Marco Simoncelli, Antoñete y la vida

 

Vamos. Reconozcámoslo. Nos gustan las noticias que pertenezcan a la triada de las “tres eses”: sangre, sexo y sudor (deporte). Si no, ¿cómo se explica que las noticias más leídas sean la desgraciada muerte del piloto Marco Simoncelli, el juicio del caso Marta del Castillo o las meteduras de pata de los famosos en Twitter? No digo que no sean interesantes e impactantes, pero sirven de cortina de humo para otras que nos afectan aún más. Como dijo Noam Chomsky, lingüista, filósofo y activista estadounidense a quién admiro cada vez que le recuerdo, hay que controlar y distraer al “rebaño desconcertado”.

 

Por algo creé y creo en este blog, Lagunas del periodismo. Para reflexionar y aportar nuevas temas y nuevas perspectivas. Y en este artículo, en principio algo enrevesado, el protagonista será el tabaco, la velocidad del tabaco.

 

Cuando recibí la noticia del trágico accidente de Simocelli, gracias al móvil de Pablinaitor, estaba tomando unas cervezas postpartido con Parásitos, un equipo de fútbol algo caótico pero luchador al que tengo la suerte de pertenecer. Desde entonces, me reafirmé en la idea de que hay que amar mucho, muchísimo a las motos para tener el valor de montarse en una de ellas y circular ya sea en competición, como en la vida cotidiana. ¿Qué se siente? Velocidad, libertad, autonomía, poder. No lo sé, ni lo quiero comprobar. Respeto mucho a la carretera, como los motociclistas, indudablemente, pero por muchas hondas y suzukis que haya, veo a un vehículo inestable, inseguro y débil a cualquier impacto. Apunten la primera palabra clave: velocidad.

 

Marco Simoncelli

De ahí pasamos a Antoñete. No me gustan los toros ni lo que se hace con ellos, pero tampoco me considero un activista nato para erradicar este supuesto “arte”. Y es que, la muerte del torero Antoñete me hizo reflexionar. “Le mató el toro del tabaco”, leo en algunos periódicos. Era una excusa perfecta para incidir en los peligros del hábito de fumar, pero los medios de comunicación prefirieron recordar a Antoñete en sus mejores momentos, como un tipo increíble, ¡un maestro! En vez de un inconsciente que prefirió irse de este mundo por el simple hecho de fumar. Y perdón por lo de inconsciente. Apunten la tercera palabra: tabaco.

 

Como Antoñete, 55.000 personas al año fallecen en España (y 5 millones en el mundo) a causa de esta droga, dejando atrás familias, proyectos, futuro. Yo mismo no conocí a mi abuelo paterno, pues falleció en 1986 a los 57 años de edad. “Le ha matado el tabaco”, confesaron los médicos a mis padres.

 

Ya sé que no estoy descubriendo el mundo con estos datos. Pero una vez leí eso de que “no aprendemos nada nuevo, simplemente se recuerda”. Con esta máxima, es necesario concienciar que el tabaco representa un problema de salud pública por varias razones: produce daños a terceros (fumadores pasivos), ocasiona enfermedades, perjudica al medio ambiente (es curioso, pero nadie critica la tala de árboles en este sentido o el desecho de colillas) y supone un tremendo gasto económico.

 

¿No os dan ganas de pegar una bofetada a los niños-adolescentes para los que un cigarro es como una rama de bambú de tamaño para los adultos? Supongo que, en general, no. Y es que, como está demostrado, los primeros fumadores nacen a los 13 años, una edad en la que queda un patrón de conducta establecido: fumo. Y si no fumo tengo síndrome de abstinencia.

 

Títeres ante el tabaco

Títeres ante el tabaco

¿Cómo es posible que la industria tabacalera utilice alrededor de 84000 millones de dólares al año en publicidad? (5000 veces más del dinero del que dispone la Organización Mundial de la Salud en la lucha antitabaco). En el fondo, admiro a esta industria, una de las más poderosas junto con la armamentística, porque cuando le aprietan por un lado, como a un globo, se hincha por otro. Si le prohíben mostrar su producto en los medios de comunicación, acude a la publicidad encubierta o, por ejemplo, a los pitillos light, que, a pesar de contaminar lo mismo, llenan los bolsos de las mujeres, ya que el género femenino tiene una percepción del riesgo mayor que el hombre.

¿Qué se puede hacer contra un producto que tiene entre alrededor de 4500 sustancias? Pensar en el futuro. El tabaco ya no requiere un análisis de situación. Sabemos de él que es la droga más adictiva (con un 32%), que destroza familias y que da sentido a la existencia de la Neumología, una especialidad médica encargada del estudio de las enfermedades del aparato respiratorio que, sin embargo, los expertos se plantean cambiar por el término Tabacosis. La esperanza reside en aumentar el precio del tabaco (España es uno de los países de la Unión Europea donde se compra más barato), establecer leyes y más leyes para dificultar su consumo y mostrar a los políticos el movimiento social para recordar, constantemente, que en España muere una persona por fumar cada 6 horas: la velocidad del tabaco.

 

La vida es muy corta para acortarla. Apunten la tercera palabra: VIDA.

 

Los niños de 0 a 7 años aprenden muchos conocimientos y hábitos mediante la observación. Prohibir fumar en espacios públicos ha sido un gran paso. No se pierdan el siguiente video: 

 


El árbol de la mesa redonda


¿Se puede escribir sobre un árbol? Heidi tenía un abeto que le susurraba, Los Hobbits, en El señor de los Anillos: Las dos torres, contaron con los vetustos árboles del misterioso bosque de Fangorn para acabar con el malvado Saramon. Aquí, en un nuevo artículo de Lagunas del periodismo y, conmemorando su primer aniversario, el protagonista será un pino, pero no cualquiera: “El árbol de la mesa redonda”. 

 

Primera parte

 

Majestuoso, ingente y servicial. Así es el “Árbol de la mesa redonda”, bautizado por los niños nacidos en la década de los ochenta que crecieron bajo su legado durante su infancia, la mejor época de la vida.

 

Rodeado por decenas de hogares y contemplado por una mesa de piedra, este pino está ubicado en La quinta San Fausto de Mejorada del Campo, un barrio del pequeño pueblo madrileño que destaca por los bloques de pisos que dan cobijo a la mayor parte de los mejoreños. Uno de ellos fui yo.

 

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Octubre, 1986. Mi madre y mi hermana disfrutan de una tarde otoñal bajo el árbol. A la izquierda, la mesa redonda.

En realidad, me siento un privilegiado. Residía en el bloque interno, el único en el barrio. Es como un cuadrado dentro de un gran rectángulo. Y, al vivir en un 3º, pude contemplar desde que nací hasta los 14 años todo el esplendor de esta belleza que me resguardó de la lluvia, dio sombra en el verano, me acompañó en las siempre malogradas huidas de casa y me escondió en aquellos juegos casi olvidados en la actualidad como: el bote botero, la liebre o el rescate.

 

¡Vaya! Llevo escritos tres párrafos. Párrafos ideados en un día cualquiera del pasado mes de marzo en el que escuchaba en mi Seat Ibiza “Julia en la Onda” de Onda Cero, un programa donde se habló solamente de los árboles y de su importancia en la vida, pues ellos han visto pasar la historia, nuestra historia.

 

Volvamos atrás. Llegó un día en el que, tras regresar de un campamento de verano, me encontré en un nuevo hogar, más grande y cómodo, pero sin el aliento ni el sonido del árbol de la mesa redonda. Pasé de contemplarle a él, a tener, literalmente, vistas a la Catedral de Justo, conocida y admirada en España y en muchos lugares del mundo. Quizás, el único punto de interés turístico del pueblo.

 

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Vista de la Catedral de Justo desde mi habitación

Y aunque está a menos de 800 metros, habré visto el árbol una vez en el último lustro. Por entonces tenía 15 años, seguía pagando con pesetas y hacía los deberes de segundo de la ESO en la misma habitación en la que estoy escribiendo este artículo.

 

Ahora, con casi 24 años, una licenciatura y algunas experiencias vividas escribiré lo que sentí al verle de nuevo y los recuerdos de los más ancianos del pueblo.

 

Segunda parte

 

Entre esos ancianos está mi abuelo, mejor dicho “yayo”, porque el primer término le hace sentirse más viejo a sus 80 años de edad. Y eso que, con un brazo dañado por el paso del tiempo y otro con un escaso porcentaje de movilidad debido a un accidente contra un camión mientras circulaba con su bicicleta, sigue cortando leña como un chaval. Su único nieto varón, aquí servidor, se limita a ayudarle, observarle y al mismo tiempo admirar su coraje, vitalismo y sentido del humor.

 

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Goyo en Mejorada del Campo, Septiembre de 2006. Vio morir a su madre Gregoria con 102 años de edad en 2009.

Él es Gregorio, mi verdadero árbol, aunque todos le llaman “Goyo”. Gracias a su don de gentes y al cariño que le tiene todo aquél que le conoce, tuvo la oportunidad de hablar con Claudio, el portero de la Marquesa de Hinojaras, Doña Josefina Salamanca. Le contó que la Marquesa fue quien plantó el famoso pino hace casi un siglo. De ahí a la leyenda o el cuento infantil de que tras la mesa redonda se escondía un pasadizo oculto que conducía a la tumba de Doña Josefina. Mi pandilla nunca se atrevió a vulnerar su reposo eterno y lo único que hizo fue merendar, jugar a las chapas o reír en la mesa con la atenta mirada del árbol.

 

Quizás no sea una información contrastada, pero por una vez y aunque vulnere el código deontológico del periodismo, me dejaré llevar por la imaginación.

 

Tras una mañana lluviosa y siete días después de empezar este artículo, decidí visitar al gran árbol de nuevo. El encuentro fue extraño, pues recordaba al pino más grande o simplemente, yo era más pequeño. Le vi triste, nostálgico y secundado por una mesa redonda acorralada por los típicos bancos del “Botellón”, un encuentro social que ha sustituido, en las tardes de los sábados, a los típicos juegos que erigían amistades y honestas competiciones.

 

Da igual. El patio mantenía esa fragancia primaveral que tanto añoraba y las hojas del pino, en las que siempre soñé con descender como veía en los cuentos infantiles, seguían amenazando con entrar al 3ºC,

 

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A la izquierda y en primer lugar, la terraza del 3ºC. Enfrente, el gran árbol.

Aunque en más da una ocasión las palomas del árbol depositaron sus excrementos en mi cuerpo o las orugas decidieron posar en mi cabeza, no le guardo rencor. No, a él no, pero sí a la vida. O a veces me lo pregunto. Porque en la Quinta San Fausto crecí con mucha gente despreocupada que, como dejó escrito hace cinco siglos Jean de la Bruyere, un moralista francés, no tenía ni pasado ni futuro, sino que gozaba del presente, cosa que rara vez nos ocurre a nosotros. Porque ellos eran niños. Porque C. lo fué y hace tres años dejo de latir su corazón por una larga enfermedad. 

 

Pero me quedaré con esos años de continuo asueto para sustituir a la actual felicidad intercalada. Si el árbol de la mesa redonda pudiera escribir (hablar no me importa) diría que merece la pena, que hay que continuar con voluntad, vitalismo y buen humor ante la incertidumbre y las “ofertas” de la vida. O, ¿lo estoy diciendo yo? Qué más da, al fin y al cabo todos los que le hemos conocido formamos parte de él.

 

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Nota

 

En el primer aniversario de Lagunas del periodismo quería agradecer a todos los laguneros que se han atrevido a pasar por aquí. Les conozca o no les conozca. Un blog es un grito, quién sabe si a sí mismo, para expresarse y contar lo que, con voz, a veces uno no se atreve a contar.

 

Con casi 5 millones de parados en España y un futuro que se antoja pesimista, es necesario escribir más que nunca para afrontar lo que ha pasado, pasa y puede pasar. Echando un vistazo al árbol, me doy cuenta de la metáfora de la vida. Gracias. 

 

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Las ramas de un árbol, las direcciones de la vida.

Reflexión sobre la infancia


Con 22 años se pueden hablar de pocas cosas con conocimiento, experiencia y sabiduría. Una de ellas es la mejor época de la vida: la infancia. En Lagunas del periodismo echaremos una mirada nostálgica a nuestros años de niñez para comprender cómo y cuánto ha cambiado la sociedad actual.

De esta forma, se puede analizar el ámbito educativo, sociológico, tecnológico, o el de ocio y tiempo libre, aunque empezaremos con un dato alarmante: según el Ministerio de Sanidad el 16% de los niños españoles son obesos, convirtiéndose, por detrás del Reino Unido, en el país con mayor índice de obesidad infantil en la Unión Europea. Por ende, el primer problema es el de la alimentación si se tiene en cuenta que hace 15 años sólo el 5% de los niños españoles padecía esta enfermedad.

 

¿A qué se debe este crecimiento?

 

La respuesta más sencilla, si me permiten un toque de humor, es que en España se come muy bien. Pero la raíz de la epidemia la encontramos en el sedentarismo y en la inactividad física más que en los hábitos alimenticios, aunque lleve la contraria a los especialistas del tema. En efecto, los niños de los noventa también comían bocadillos de chorizo, bollycaos y cuernos de chocolate, pero se criaban en la calle, donde bebían agua de la manguera, dejaban volar su imaginación construyendo cabañas, montaban en bicicleta, jugaban al rescate, a la liebre y a cualquier deporte.

 

Se trata de un cambio en el estilo de vida del que la tecnología ha tenido gran parte de culpa. Aunque muchos poseían una consola Nintendo o una Sega Mega drive, cuando hacían sus deberes, salían a jugar con la única condición de regresar antes del anochecer. No se localizaban por los móviles, sino por el telefonillo, por gritos o tirando piedras a la ventana. En definitiva, no tenían MP3, 99 canales de televisión por cable, cámaras de video, ordenador ni tuenti…tenían verdaderos amigos con los que compartir muchas experiencias, aprendían a defenderse de la vida, a respetar y comprender las leyes básicas de la sociedad.

 

Niños jugando

Con esto se intenta decir que no se ha sacado provecho de las ventajas de las nuevas tecnologías, como explorar, acceder a fuentes de información o la versatilidad en cuanto a las actividades académicas. De hecho, según El País Semanal del 29 de Marzo de 2009, el 21% de los menores que utilizan Internet lo hacen para asuntos relacionados con sus estudios, mientras que el 51% lo hace para chatear, un 42% para jugar y un 39% para descargar películas y música.

 

Después de analizar el ámbito alimenticio, sociológico y tecnológico pasamos al educativo con otro dato preocupante: España tiene un 30% de fracaso escolar, el doble de la Unión Europea. Hace unos años repetir curso significaba optar a una segunda oportunidad en una sociedad más optimista que se esforzaba por conseguir sus objetivos. Sin embargo, hoy en día nos encontramos con personajes públicos que demuestran que, sin el más mínimo sacrificio, se puede conseguir algo en la vida o a determinados deportistas que, lejos de promulgar los valores originarios del deporte (autodisciplina, compañerismo, esfuerzo) denotan narcisismo y afán lucrativo entre otras cosas.

 

Finalizando la reflexión sobre la infancia, los jóvenes españoles se sienten presa fácil de la devastación laboral y el pesimismo actual y según una encuesta de Metroscopia del año pasado, el 54% de los españoles situados entre los 18 y los 34 años dice no tener proyecto alguno por el que sentirse interesado o ilusionado.

 

En definitiva, mucho hay que cambiar para que los niños de hoy vivan mejor que sus padres o incluso que sus hermanos mayores. Atrás quedan esas películas de Disney que nos hacían soñar, las tardes de domingo con toda la familia, los juegos colectivos, el respeto mayoritario a los profesores…la nostalgia de la infancia.

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