La felicidad del pasado


Vivimos pegados a la tecnología, pero compramos discos de vinilo y abrigos vintage. Se trata de una incongruencia, de apariencias ¿o de una llamada de socorro al pasado?

 

En una de las clases quizás menos productivas del Máster, Diego se sorprendió cuando la profesora presentó una aplicación que, en determinadas zonas de la ciudad, mostraba cómo era Londres hace muchos años mientras el usuario caminaba por la misma calle. Londres y viajar al pasado, qué combinación tan irresistible.

 

Y como el periodismo, bajo el punto de vista de este servidor, es cuestión de tener una gran capacidad asociativa, pensó en una reflexión que su abuela hizo recientemente: “hemos pasado mucha hambre, pero antes éramos más felices”. La infancia es la mejor época de la vida por saber juntar una inocente ignorancia con la inmensa capacidad de aprender todo, pero Juliana no se refería a una edad en concreto. Hablaba simplemente de felicidad siendo una anciana de 82 años con buena salud, un magnífico marido y rodeada de una amplia familia.

 

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Aunque uno no puede hablar por propia experiencia a los 26 años, antes las reuniones familiares no eran puro compromiso, sino una necesidad básica de recibir amor, cariño y empatía que actualmente sustituye la tecnología. Hemos mejorado en igualdad de género, en calidad de vida y muy poco en la presión social de emparejar a la gente, pero nos puede el egoísmo, la individualidad y el conformismo.

 

El Partido Popular de algún modo está retrocediendo al pasado con leyes como la del aborto, la más dura de la Democracia, pero es difícil repescar ese sentimiento del que habla mi abuela. Compramos discos de vinilo, abrigos vintage y admiramos obras muy antiguas. Pero por apariencia más que por otra cosa. Compartimos mensajes en Facebook cuando mueren famosos como Sara Montiel o Mandela, y en seguida nos olvidamos de ellos. La burbuja inmobiliaria frenó la intervención del hombre en espacios naturales y en pueblos de pizarra con neblina de una inmensa belleza, típicos de la Galicia más profunda que admiran los peregrinos del Camino de Santiago. Pero es temporal.

 

No respetamos el pasado y a veces ni lo comprendemos. Un médico es fundamental para salvar vidas y después de él, deberían estar más valorados los periodistas y los historiadores. Los periodistas por ser historiadores del instante (Albert Camus) y los historiadores por ser los periodistas del pasado. Dejemos a un lado el futuro, los propósitos del año nuevo y echemos la vista atrás para saber no sólo lo que nos hemos perdido afortunadamente (Guerras, enfermedades, hambres, etc.) sino lo que nos estamos perdiendo, la felicidad de Juliana. La felicidad del pasado.

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Enigmas


La incertidumbre no ha sido una buena pareja de baile del hombre desde sus orígenes: provoca estrés, sufrimiento y a veces desesperación. Hablamos de la falta de certeza de algo, como el futuro económico de un país, la nota de un examen o el análisis médico de una persona en concreto que nos convierte en seres inseguros y débiles.

 

Sin embargo, al igual que toda crisis es un riesgo pero una oportunidad de cambio, la incertidumbre representa una herramienta para mantenernos alerta, como los millones de búfalos, cebras o antípodes que cada segundo se sienten amenazados por los depredadores más peligrosos. La madre naturaleza, un concepto amplio y ambiguo que nos impresiona desde hace siglos pero que también nos preocupa; como el cambio climático, del que se habla mucho pero se hace muy poco en la sociedad actual.

 

En el noveno artículo de Lagunas del periodismo trataremos los enigmas y misterios resueltos y por resolver, sin ánimo de hacer competencia a Milenio 3, entrar en el mundo del tarot o viajar por una máquina del tiempo inventada por el hombre en su propia imaginación.

 

La vehemencia por el pasado

 

Empezaré por un viaje que hice con la Facultad de Historia de Alcalá de Henares a las cuevas del Cantábrico en el pasado mes de abril. Los lienzos rocosos de la cueva de Tito Bustillo o Covalanas me hicieron reflexionar sobre la posible frustración que padecen aquellos que se dedican a la prehistoria; aquellos que excavan durante semanas, meses e incluso años sabiendo que quizás nunca encontrarán nada. Estíbaliz, una joven estudiante con conocimientos sobre este tema, me dijo que ahí radica el encanto, en desvelar los misterios que esconde la superficie terrestre.

 

Pero yo no me conformaba y para aliviar mi inquietud impúdica pregunté a Charo (otra estudiante de historia muy experimentada) sobre el mejor descubrimiento de la historia. Ella no dudó en señalar a los Guerreros de Xian. Tuvo lugar en 1974, cuando unos campesinos que buscaban agua cerca del monte Li (China) encontraron fragmentos de una estatua pequeña de terracota que dieron paso a los 7.000 guerreros que montaban guardia en el mausoleo del emperador Qin Shi Huandi. Hace un mes, el equipo arqueológico de los Guerreros de Terracota de Xian ganó el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Lo que empezó siendo una leyenda culminó con un hallazgo que engrandece una disciplina fascinante y necesaria para recordar quienes fuimos: la Historia.

 

Los Guerreros de Xian

Mientras los Guerreros de Xian reposaban en soledad bajo tierra, Tutankamón fue despierto de su sueño eterno en el Valle de los Reyes (Egipto) por Howard Carter y su equipo en 1922. El 4 de diciembre del presente año, el diario El País publicó un interesante artículo en el que, a través de una página Web (http://www.griffith.ox.ac.uk/gri/4tut.html), podíamos acceder a todos los documentos y fotografías de un  hallazgo magnífico y maldito, pues la expedición inglesa, liderada por Carter, sufrió un sinfín de desgracias tras el descubrimiento. De hecho, en 1935, la cifra total de muertos relacionados con Tutankamón era superior a 20. Un egiptólogo afirmó haber descifrado la inscripción de la tumba en 1923 que decía así: “La muerte vendrá con alas ligeras sobre todo aquél que se atreva a violar esta tumba”. Sin embargo, dicha inscripción no pudo ser encontrada púes el muro donde residía fue derribado por el equipo del famoso arqueólogo. Un guión de película.

 

Hablando de inscripciones, a 40 kilómetros de Santiago de Compostela hay un pueblo que todo peregrino del Camino debe visitar, como hicimos mi compañero y yo en Agosto. Se llama Melide, donde dicen que está el mejor pulpo de Galicia y cuyas calles peatonales y frescura rural invitan a pasear sin rumbo. Conversando con dos jubilados del pueblo, nos dijeron que si descifrábamos la inscripción de una pequeña parroquia del pueblo “nos daban todo su dinero”. Mi amigo Eduardo, estudiante de historia y amante de las aventuras, lo intentó en vano. “Nadie lo ha hecho”, comenta uno de los ancianos. Este hecho acrecentó mi interés por los enigmas sin resolver.

 

El misterio de Melide

Tras este paréntesis y finalizando con el antiguo oriente,  la construcción de las Pirámides de Egipto, tan oscuras como majestuosas, representa uno de los mayores misterios de la humanidad bajo mi criterio. ¿Cómo se elaboraron y transportaron las piedras de estos monumentos sin los medios actuales?, ¿Cómo se pudo alcanzar una precisión y alineación tan perfecta y extrema? Aunque son muchas las teorías sobre este tema, no me atrevo a profundizar en las Pirámides hasta que no las vea con mis propios ojos. Y es que llevo la cultura egipcia en mis venas gracias al tatuaje de la llave de la vida.

 

La historia y la arqueología, dos disciplinas que han dejado un legado enorme en misterios descubiertos y por descubrir.

 

El presente y el futuro: la otra vida y la lucha contra la muerte

 

Desde sus inicios, la industria literaria y cinematográfica apostaron por el suspense como uno de los géneros más importantes en sus proyectos. Hoy lo vemos en las películas de Hitchcock, en libros como El Código da Vinci, o incluso en las telenovelas. La intriga, el suspense y la incertidumbre nos atrapan, una relación que  el filósofo norteamericano Noël Carroll explica a la perfección con la siguiente paradoja: “Conceptualmente, el suspense implica incertidumbre. La incertidumbre es una condición necesaria para que haya suspense. Cuando se elimina la incertidumbre de una situación, el suspense se evapora”.

 

Dicho esto, si la Prehistoria y los orígenes del hombre representan un misterio muy atractivo aún lo es más nuestro futuro, por el que podemos pronosticar y nunca se sabe si acertar; algo que puede llegar a desesperar en una sociedad donde lo queremos saber todo y de forma instantánea.

 

Esto conduce a hablar de dos temas: el espacio y la muerte. Sobre éste último, el gran escritor José Saramago hizo un espléndido relato con “Las intermitencias de la muerte”, en el que la gente deja de fallecer en un país cuyo nombre no es mencionado a lo largo de la obra. Se trata de la mayor utopía del hombre con la que lleva luchando durante siglos. No en vano, y volviendo a la cultura egipcia, la fe en la inmortalidad de los dioses y faraones supuso que se practicara el embalsamiento y la momificación.

 

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En pleno siglo XXI no hay más remedio que conformarse con los avances de la ciencia y con el progreso extraordinario del hombre que aspira a alargar y mejorar lo más posible su vida y bienestar.

 

Con ese fin, el biólogo inglés Aubrey de Grey aseguró a la agencia EFE en octubre que “el hombre vivirá mil años”. Y todo gracias a la medicina regenerativa, una rama de la bioingeniería que se sirve de la combinación de células, métodos de ingeniería, bioquímica y fisioquímica para mejorar o sustituir funciones biológicas. “Aplicar esta medicina al envejecimiento significa, sencillamente, reparar el daño acumulado durante la vida”, explica el científico añadiendo que “la inmortalidad es un absurdo porque supone reconocer la inexistencia del riesgo de muerte”.

 

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Por ahora, los investigadores españoles y del resto del mundo combaten el envejecimiento experimentando con animales, como analizando las células de los animales más longevos (ballenas, murciélagos) o aumentando un alto porcentaje la esperanza de vida en los ratones.

 

Aunque conseguir la inmortalidad es un tema casi de ciencia – ficción, Manuel Serrano, director del grupo de supresión tumoral del CNIO (Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas) explicó en el diario Público que será posible en un futuro con un gran ejemplo: “Henry Ford empezó en 1900 a hacer coches con un periodo de garantía, para que duraran 10 años, pero no más. Pensó: “¿Para qué voy a hacer piezas perfectas si este coche no lo va a usar nadie dentro de 50 años?”. Así es como estamos hechos nosotros. Ahora existen coches Ford de 1900, pero eso ha supuesto un esfuerzo constante del coleccionista para cambiar piezas. El día en que sepamos reparar y regenerar nuestros órganos será diferente. Que falla el hígado, se regenera el hígado. Que falla el corazón, se regenera el corazón. Es una cuestión de ir reparando piezas. Hoy no sabemos reparar y regenerar, sabemos hacer trasplantes, pero no rejuvenecer un órgano. Y no dudo que se podrá hacer en el futuro”.

 

¿Se imaginan que el hombre consiguiera el elixir de la vida? ¿Qué supondría para la sociedad? Hablamos de un enigma del que podríamos escribir hojas y hojas.

 

Lo mismo ocurre con la astronomía y la exploración espacial. La última edición de El País Semanal (11 de diciembre) ofrecía un reportaje interesante en el que aseguraba que, Barack Obama, Presidente de Estados Unidos, quiere que la industria privada lleve material y astronautas a la estación espacial para que la Nasa se centre en la exploración del espacio. Además, la famosa agencia gubernamental redactó sus nuevas y ambiciosas prioridades, como un viaje tripulado a un asteroide cercano hacia 2031, una misión para volver a la Luna y orbitarla, una tripulación a los satélites de Marte y por supuesto, un prometedor viaje al planeta rojo.

 

espacio

Cada vez son más modernas las tecnologías que determinados astrónomos utilizan para obtener señales de vida de una hipotética civilización extraterrestre; una labor que recuerda a aquellos que se dedican a la pesca, dotados de una paciencia infinita. Sin embargo, en este caso no se consigue llenar la “red”, lo que puede suponer una gran frustración. Así que las investigaciones se centran en los elementos que podrían hacer vida fuera de la Tierra, como el agua, células, moléculas orgánicas… De hecho, científicos de la Universidad de Edimburgo afirmaron hace un año que existen en la Vía Láctea al menos unos 40.000 planetas aptos para la existencia de vida extraterrestre. Otros investigadores como Paul Davies, de la Universidad de Arizona, piensan que no hace falta viajar al Espacio para saber si estamos solos en el Universo, pues esos seres pueden estar “bajo nuestras narices. “La mayor parte de los seres vivos son microbios y mirándolos no podemos estar seguros de si son ‘nuestros’ o alienígenas», teorizó.

 

Para finalizar con esta larga reflexión, podríamos añadir los posibles progresos y proyectos de las potencias mundiales que no muestran al público, indefenso ante su inmenso poder y que sólo puede esperar para compartir y decir que ha vivido momentos históricos como el descubrimiento de Tutankamon en 1922, el primer trasplante de un órgano vital en 1954 o el viaje a la Luna en 1969. Todo es posible.

 

El Camino de Santiago: sufrir para disfrutar


5:55 de la mañana. Pedrafita do Cebreiro (Lugo). Después de un largo viaje desde Madrid, siete personas (dos valencianos, dos mexicanos, dos madrileños y una malagueña) inician su peregrinación al Camino de Santiago bajo un ambiente gélido y neblino. La noche está cerrada y los más jóvenes, dos estudiantes inconscientes y avivados que planificaron el viaje el día anterior, tienen el reto de recorrer más de 160 kilómetros en 5 días; una locura. Pero qué importa, ellos están fuertes y los primeros cuatro kilómetros que conducen a la salida de la primera etapa los hacen en un santiamén. Por entonces, pesan más las ilusiones y las expectativas que la propia mochila, la cual no puede superar el 10% del peso del peregrino, primera regla.

 

Rumbo a Triacastela, primera etapa

Pero la expedición requiere de un líder y Juan José, un valenciano a punto de jubilarse, toma el mando. Horas después nos dijo que, junto a su esposa, llevaban cuatro años haciendo el Camino de Santiago por el Norte para llegar en año Santo y que la satisfacción de ir en grupo desde el inicio era mutua. Ellos también estaban desorientados y como delfines, buscaban una manada para unir fuerzas.

 

Estamos a 21.1 kilómetros de Triacastela, nuestro primer objetivo, y de momento, sólo trabajan las piernas. No hay tiempo para reflexionar. Nos dejamos guiar por las famosas flechas amarillas que nos acompañarán hasta la Catedral Santiago y por la dulce y extraña sensación de no saber lo que te espera en los siguientes 100 metros.

 

Cuando veo pueblos como Liñares u Hospital da Condesa, donde la epidemia de la tecnología aún no ha llegado, me pregunto por su futuro y deseo haber conocido sus calles 50 años atrás. Casas abandonadas de pizarra, parroquias prerrománicas y contados vecinos y animales intentan dar vida a un enclenque territorio. Bajo mi criterio, pueblos como éstos tendrían que ser reconvertidos en un museo que, como cualquier monumento antiguo, necesitará ser remodelado y cuidado para que futuras generaciones conozcan de primera mano cómo se vivía allí, el esplendor de la naturaleza y la magia del espacio rural.

Pedrafita do cebreiro

Después de llegar a Triacastela comienza el Camino del Albergue, una verdadera Odisea en año Xacobeo. Y es que los públicos ya no son gratuitos (cuestan cinco euros) y los privados oscilan entre 9 y 10 euros. A las 14:00 horas la mayoría ya están llenos ya sea porque los peregrinos han llegado antes que tú o reservaron por teléfono, pero la suerte nos sonríe para hacernos con las últimas dos plazas. Edu, mi compañero de viaje me dice que “para disfrutar a veces hay que sufrir”. Tiene toda la razón. Es cierto que tomar el sol en la playa con una piña colada sienta muy bien, pero comparado con unas chanclas y un banco en el centro del pueblo tras un largo día de insomnio y kilómetros recorridos, resulta irrisorio.

 

Antes de cenar un caldo gallego para reponer energías y entrar en calor nos encontramos con un panel en el que se observa un escrito de Joseph Rudyard Kipling, escritor y poeta británico nacido en la India. Entre sus frases, destaco dos que resumen los sentimientos de un peregrino bisoño: “Tarde o temprano el hombre que gana es aquél que creé que puede hacerlo” […] “Piensa en grande y tus hechos crecerán”. La ambición, el amor propio y la fuerza de la voluntad son tan o más importantes que la condición física y es de lo que tuvimos que tirar, junto con las barritas energéticas de Decathlon, para hacer 42 kilómetros el segundo día (siendo la media de 25).

En algún lugar de Galicia

Así que tuvimos que juntar dos etapas. La primera se presentó sencilla. Los 18.1 kilómetros hasta Sarria sirvieron para adaptarme con el mejor apoyo del viaje (además de mi amigo): un palo poco resistente que sin embargo duró hasta la estación de tren de Santiago, donde lo rompí al jugar a los samuráis. Durante el trayecto charlamos sobre el narcotráfico, el turismo, la gastronomía y la música con los mexicanos, y sobre las lenguas de España, la tauromaquia y nuestros proyectos en Londres con los valencianos. Todo mientras intercambiábamos canciones y palabras de ánimo con los peregrinos, la más famosa: “Buen camino”. También hubo tiempo de perderse, algo que siempre ocurre y que nos adelantó un voluntario de la Asociación de Amigos de los Caminos de Santiago de Madrid (Calle de las Carretas, 14), lugar donde se recoge la credencial, aunque también se puede solicitar en Galicia.

 

Después de comer en Sarria, donde muchos peregrinos inician su viaje para completar como mínimo los 100 kilómetros necesarios para obtener la compostelana, quedaban 22.4 kilómetros hasta Puerto Marín. La mayor parte de los viajeros ya descansaban en sus albergues y nosotros tuvimos que llamar siete veces por teléfono para reservar dos camas en nuestro destino. Otro punto importante del Camino es que siempre encontrarás un sitio donde dormir, ya sea en un albergue público, privado, un hostal o los polideportivos que suelen abrir a las 19:00 horas. Sin duda han sido los 23 kilómetros más largos de mi vida pues la etapa impedía llevar un ritmo constante y a las 15:00 horas hacía más de 30 grados. Una lesión en el abductor impidió que disfrutara con plenitud del atardecer del Miño, un río ancho y bello, la entrada a Puerto Marín. No sé si fue por el cansancio acumulado o la alegría de estar sentado durante más de diez minutos, pero aquí degusté el mejor filete de pollo con patatas que he probado en mi vida. Esa noche no hubo tiempo, ni ganas ni fuerzas de visitar el pueblo, la cama y un conjunto de cuatro cremas (Dove, vaselina para los pies, Halibut y Voltarén Emulgen) nos esperaban. El tercer día se presentaba más sencillo aunque imploramos al apóstol para no despertarnos con agujetas y ampollas. Nos hizo caso.

 

A 100 kilómetros de Santiago

El tercer día lo denominaría operación salida. Es domingo y mucha gente se aventura a hacer el Camino o simplemente una etapa. Otros, perdiendo el encanto de este viaje, pagan tres euros a una empresa para que trasladen sus mochilas a su destino. Vamos a Palas de Rei y nos esperan 25 kilómetros por un recorrido que, a diferencia de los anteriores, no aporta mucho. Si acaso los extensos y hermosos campos de trigo y maíz en los que puedes rememorar la escena de Gladiator, donde Russell Crowe sueña que vuelve junto a su familia a Hispania. Una vez que llegamos al albergue público de Palas de Rei nos permitimos el lujo de ir a la piscina. “Eso aliviará nuestros pies”, pensamos. Cometimos un grave error, pues el agua fría ablandece las heridas, ampollas y rozaduras. Así nos lo hicieron entender otros peregrinos más expertos. Tuvimos tiempo de volver a la realidad, ver las noticias, leer el Marca y acudir a una exposición del Opus Dei, donde nos sellaron la credencial y charlamos con dos jubiladas ansiosas de diálogo sobre la religión. Ellas dieron por hecho que nuestra peregrinación tenía una connotación religiosa, aunque les aclaré que afrontaba esta experiencia como un reto, como un libro que leer para seguir aprendiendo.

 

Quedan dos días para llegar a Santiago y nos vemos bien. Arzúa nos espera a 28.8 kilómetros. Edu me dice: “Mire donde mire no veo a nadie mejor que nosotros”. En mitad de la ruta paramos en Melide, donde dicen que está el mejor pulpo de Galicia. No lo probé, pero comí con los ojos cada calle y monumento con el sonido de las gaitas y una Estrella Galicia en las manos. El pueblo está en fiestas y dos de sus conciudadanos, ya jubilados, nos aconsejan reposar aquí, pues “hay muy buenas mozas”. Pero el deber nos llama y seguimos caminado hasta que nos encontramos con un quiosco sin dependiente. En él ofrecen plátanos, frambuesas y otros productos a cambio de un precio fijo que se tiene que depositar en una caja. “Esto es el espíritu del peregrino” dice una mujer.

 

Quiosco sin dependiente
Un quiosco sin dependiente. El espíritu del peregrino

Una vez en Arzúa, viví uno de los momentos más frustrantes de mi vida. A 35 kilómetros de Santiago los gemelos dijeron basta, se sobrecargaron, el esguince que me hice en un pie al apoyarlo mal kilómetros atrás reapareció y los ligamentos y las ampollas se unieron a la fiesta. Total, en urgencias me aconsejaron Ibuprofeno cada ocho horas y tres días de reposo. Cocinamos espaguettis, dormí con un matrimonio danés y jugué la mejor partida de parchís de mi vida con mi compañero, Edu. Al día siguiente, aún dolorido, pensé entre forzar y coger un autobús. Teniendo otro viaje por delante y mi futuro más próximo en Londres, escogí con éxito la segunda opción y paramos en el monte Gozo, a 7 kilómetros de Santiago, donde nos encontramos veinte euros, vimos la ciudad de lejos por primera vez y emprendimos el último trayecto para culminar el quinto día del viaje.

 

Monte del Gozo

Santiago. Ver la Catedral como peregrino es especial, único e irrepetible. Su fachada barroca, aunque sucia y antigua, es hermosa. Hace un día estupendo (no nos llovió en todo el viaje) y después de pasear por sus calles vamos a la Oficina del Peregrino para obtener el último sello, entregar la credencial y recoger la Compostelana. Hay dos, una religiosa, escrita en latín y por la que te liberas de tus pecados, y otra no religiosa, la que yo pedí y que dice así: “La S.A.M.J Catedral de Santiago de Compostela le expresa su bienvenida cordial a la Jumba Apostólica de Santiago el Mayor; y desea que el Santo Apóstol le conceda, con abundancia, las gracias de la Peregrinación. Santiago, 17 de Agosto de 2010. A Diego Ochoa de Alda Gutiérrez. En total, recorrimos más de 130 kilómetros andando y 28 en autobús. El único punto negativo del día fue que no pudimos abrazar al Apóstol, pues los turistas, los habitantes y los peregrinos tienen que hacer la misma cola para entrar (algo que no entiendo ni comparto). Así termina un viaje en el que aprendí arte (a medida que andábamos había una evolución desde el prerrománico al barroco y neoclásico), disfruté de la Galicia más profunda y rural al principio de la peregrinación y descubrí que a los gallegos les cuesta sonreír, entre otras cosas.

 

En la Catedral de Santiago

No me arrepiento de nada. Me prometí hacer de nuevo el Camino de Santiago, ésta vez mejor planificado y desde Francia, la ruta más bella según los peregrinos. Y es que los experimentos se pueden repetir, pero las experiencias son irrepetibles. ¡Buen camino!

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