Como diez bolos rectos

Voy a escribir este artículo al mismo tiempo en el que fluyen mis emociones. Son las 8 de la tarde del 25 de noviembre de 2011 cuando me dispongo a salir a Chamartín para jugar una partida de bolos con mi gente. De repente, un hombre entra por mi puerta y mi madre, que mañana se va de viaje a Nueva York, me dice con la mano en la frente: “No me acordaba que hoy venía el osteópata”.

“Yo tampoco”, me digo a mi mismo. Y no sé por qué. Había decidido poner fin a la escoliosis, una enfermedad crónica que puede impedir que tenga una buena calidad de vida en el futuro. Desde hace unos días llevo una plantilla en el pie izquierdo, me he apuntado a natación y, como en los dos últimos años, no falto al gimnasio. Actos que requieren esfuerzo, sacrificio y tiempo.

Pero en media hora un hombre ha conseguido más que yo mismo en toda mi vida (prudencia, Diego, prudencia). Tiene 48 años, es de Granada, ha estudiado Traumatología y estuvo casi un año en China conociendo a fondo el shiatsu, aunque es algo autodidacta.

 “Me quedan aún cinco pacientes”, confiesa. Pero trabaja con tranquilidad, confianza y placer. Es la primera conclusión a la que llego mientras estoy en calzoncillos tumbado boca abajo en una camilla con aceite de coco extendido sobre mi espalda.

“Tienes una escoliosis de grado 2. Hoy mismo te pondré la espalda recta”. Al principio, obviamente, no le hago mucho caso. Pero, como si tuviera trescientos interruptores en la espalda, empieza a colocar discos, ganglios y demás partes para encender la llama de mi esperanza. “Miren ahora”, dice el especialista a mis padres 3 minutos después.

Mi madre, absorta, esa increíble mujer ignorante que se siente culpable de mi problema (detectado cuando me estaba probando en Zara una americana para un viaje a Marruecos en el año 2005) se da cuenta de que algo está ocurriendo. La columna vertebral está más recta. Yo no lo veo ni lo noto.

Él sigue a lo suyo. Me estira los brazos, pone en su sitio piezas del puzle descolocadas y lo único que me pide es respirar profundo y que no le trate de usted. Se está empleando a fondo. Lo noto en su respiración forzada. Y no creo que sea por mi altura (1.91; quizás ahora algo más) ya que también trabaja con jugadores del Real Madrid, ni tampoco porque no le guste su trabajo: “Disfruto mucho con lo que hago. Tengo una clínica en Guadalajara pero prefiero estar aquí. No quiero estar sentado y recetar medicamentos.  Esto y estar con mi hija de 16 años me da la vida”.

“Vuelvan a mirar”. “Tienes un omoplato más grande que otro y eso no lo puedo remediar. No hago milagros.  Pero lo que he conseguido es que tus omoplatos se hagan ver”.

“Ponte de pie”. Vale. No fue como la escena de Capitán América, pero tuve complejo de Ana Obregón. Estoy recto. “Mañana te acordarás de mí. Tendrás dolores y molestias, no podrás jugar al fútbol el domingo (lo siento Parásitos) y aunque tu espalda intente encorvarse, los omóplatos y la columna vertebral lo impedirán inmediatamente”.

Sentí ganas de llorar. Estaba y estoy en estado de shock. Con la espalda enrojecida, me noto más ancho, las americanas no resbalan sobre mis hombros y a mis padres les brillan los ojos. Me acuerdo de Sonia, la chica de la óptica donde suelo comprar las lentillas que me pasó este contacto que le curó el cuello, de las fotografías que el osteópata me enseñó antes de la sesión sobre sus pacientes, de Granada y de la madre que la parió a mi nuevo traumatólogo: “Mi madre fue mi primer cliente. Tiene fribromialgia de grado 3 y prácticamente chilla cuando la tocas”.

Mi madre, por cierto, también tiene fibromialgia. Esta es la historia, algo desordenada, de un hombre que cobra 30 euros por colocarte la espalda una vez al mes. Seré prudente, pero ojalá los discos, los ganglios y la columna vertebral estén donde les corresponde.  Como diez bolos rectos sin una bola que los pueda derribar.

En la playa hace unos meses

Mi espalda después de la sesión

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Acerca de Diego Ochoa de Alda
"Un blog es un grito, quien sabe si a sí mismo, para expresarse y contar lo que, con voz, a veces uno no se atreve a contar".

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